Nombre Publicación
PROPOSITUM
Vol. 6 - No. 2 - Diciember

Período
Diciember

 


Año
2002

Volume
6

 


Número
2


FRANCISCANUM VITAE PROPOSITUM

Breve de aprobación de la Regla TOR renovada
por el Papa Juan Pablo II

8 diciembre 1982



LA MISTICA FRANCISCANA

"Amad al Señor"

(Prólogo a la Regla TOR)




Abreviaturas

Adm Admoniciones
1CtaF Carta a todoa los fieles, primera reacción
2CtaF Carta a los fieles, segunda redacción
CtaO Carta a toda la Orden
ExhAD Exhortación a la alabanza de Dios
FVCl Forma de Vida para santa Clara
1R Primera Regla(la de 1221)
2R Segunda Regla (la de 1223)
SalVM Saludo a la bienaventurada Virgen María
SalVir Saludo a las virtudes
Test Testamento
1C Celano: Vida primera
2C Celano: Vida segnda




PROLOGO

¡En el nombre del Señor!
El 8 de diciembre recordaremos con gratitud y con gozo un evento decisivo e importante en la historia de la Tercera Orden Regular de San Francisco.

Hace 20 años - el 8 de diciembre de 1882 - el Papa Juan Pablo II aprobó nuestra Regla, renovada, con el Breve Franciscanum Vitae Propositum - el proyecto de vida franciscana.

En una memorable carta del 15 de agosto 2002, la Hermana Carola Thomann, Presidenta de la CFI-TOR, hablaba de este evento de manera entusiasmada y detallada.

Yo también comparto su entusiasmo, ya que tuve el enorme privilegio de ser un miembro del grupo de trabajo internacional que preparó la Regla y la Forma de Vida.

Estuve presente en la Asamblea General del 1 al 10 de marzo 1982 y vi cómo las y los Superioras/es Generales del mundo entero se reunieron para aceptar esta Regla de Vida, lo cual se hizo gracias a un buen método de trabajo.

"En el nombre del Señor". Palabras de San Francisco a sus discípulos, a quienes eligieron la vida de penitencia.

¡En el nombre del Señor! Palabras de San Francisco a nosotros, hermanos y hermanas de la Penitencia.

Escuchemos estas palabras, recibámoslas, llevémoslas en el corazón y hagámoslas fructificar, porque entonces "el Espíritu del Señor" descansará sobre nosotros y hará su morada en nosotros.

Leamos y meditemos el Prólogo de la Carta a los Fieles 1,1: Palabras que nos dirige San Francisco a nosotros, hermanos y hermanas de la Penitencia, palabras cargadas de sentido y de consecuencias.

Francisco nos invita a seguir las huellas de Nuestro Señor Jesucristo, empezando por hacer penitencia, dejándonos guiar por el "Espíritu del Señor" (vida espiritual) para encontrar la vida divina.

 

Hna Marianne Jungbluth
Franciscana de la Sagrada Familia
Würzburg, Noviembre 2002




LA MISTICA FRANCISCANA

"Amad al Señor"

(Prólogo: Regla TOR)

 

1."El señor me dió"

El documento más importante que nos informa sobre el camino espiritual de San Francisco es su Testamento. Allí Francisco describe - poco antes de su muerte - los eventos más importantes de su vida y resume brevemente la evolución y los objetivos de su Orden. En la primera frase, confiesa que fue Dios quien tomó la iniciativa: "El Señor me dio de esta manera, a mí el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia". Como un estribillo, encontramos esta confesión, sobre todo en la primera mitad del Testamento: "El Señor me dio... (Test 1,2,4,6,14,23,39).

Francisco revisó su vida y reconoció que Dios le conducía. Verbos sencillos como "ir", "conducir" y sobre todo "revelar" muestran en qué medida Francisco describe su camino con palabras que reflejan la experiencia del espíritu. El no atribuye sus obras a su quehacer, sino que las atribuye a la gracia de Dios, el "Altísimo, única fuente de todo bien"(Adm 8).

Francisco actúa como un 'Poverello', un pobrecillo que incesantemente alerta a no gloriarnos excepto en nuestras flaquezas (Adm 5,8,11,12,13,28): la primera parte del Testamento de Francisco es realmente un acción de gracias por todo cuanto el Señor ha hecho para él y por él como también para los Hermanos "que el Señor le dio" (Test 14).

2. "Por inspiración divina"

Francisco está convencido de que la vida de un hermano menor presupone una llamada. Cuando habla de cómo recibir a los hermanos, dice: "Si alguno, queriendo, por divina inspiración, abrazar esta vida, viene a nuestros hermanos, sea recibido benignamente por ellos" Regla 1221, 2:1). El carisma, el don divino, está unido a la propia voluntad. Estos dos elementos son condiciones necesarias para una nueva vida. A partir del segundo paso, tanto la propia voluntad como la obra del Espíritu juegan un papel, tanto que el candidato debe "vender todas sus cosas y procurar distribuir todo a los pobres, si quiere y puede hacerlo según el espíritu sin impedimento". (...) Pero "si se presenta alguno que tiene voluntad espiritual de dar sus bienes y está impedido para hacerlo, abandónelos y le basta" (Regla 1221,2:4-11). Para entrar en la comunidad, la inspiración es un factor importante. La decisión de unirse a los hermanos no debe ser guiada por intereses egoístas, sino que ha de nacer de una motivación espiritual.

Y es lo mismo para "cualquier hermano que quiera ir entre sarracenos y otros infieles" (Regla 1221 16:1). El testimonio de un misionero presupone la llamada individual; los ministros deberían examinar, pero no dudar en dar su permiso cuando reconocen que el candidato es capaz (Regla 1221, 16:3-4; Regla 1223, 12:2).

Francisco entendió su propia conversión y salida del mundo (Test 1-3) como obra de Dios. Y así consideraba también la Orden de las Pobres Hermanas. Ya en 1212-1213, escribió a Clara y a sus hermanas: "Ya que, por divina inspiración, os habéis hecho hijas y siervas del altísimo sumo Rey y Padre celestial y os habéis desposado con el Espíritu Santo, (...), quiero y prometo dispensaros siempre, por mí mismo (...) un amoroso cuidado y una especial solicitud" (Forma de Vida 1).

No solamente Francisco hace esta profunda declaración teológica al decir que las Clarisas son esposas del Espíritu, sino que considera toda su vida como una inspiración divina. Es un carisma, un don espiritual. Hace esta misma declaración 23 años más tarde por medio de las palabras: "Audite, poverelle... Escuchad, pobrecillas, por el Señor llamadas (Exh Cl 1).

La convicción que Francisco tiene de que Dios le conduce encuentra eco en Clara. En su Regla y en sus Cartas, Clara también habla de inspiración divina.

En el caso de Francisco y de sus compañeros, misioneros, como también en el caso de Clara y de sus hermanas, es cuestión de "llamadas del Espíritu Santo". Hay que ahondar en esta expresión a partir de una perspectiva franciscana y llevarla a cumplimiento en la vida.

3. La experiencia de mansedumbre en el Espíritu

La intervención de Dios no suprime la acción del ser humano. Por el contrario, y como leemos en el Testamento de Francisco, el ser humano guiado por Dios, se muestra activo: va al encuentro de los pobres. Es éste un punto sobre el cual Francisco insiste. La inspiración divina es como un fuego que le quema por dentro y le impulsa a ir adelante: fuera de Asís, su carrera de mercante es asegurada. La idea que le fascina le impulsa a emprender obras increíbles. Pero no se limita a dejarse encantar, sino que se ocupa de los leprosos. La medida en que la acción del Espíritu agarra su cuerpo y su alma se manifiesta en que Francisco juzga su conversión casi con referencia al gusto: "Y, al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulzura de alma y cuerpo" (Test 3).

El paso de la amargura a la dulzura, en el momento de abrazar a los leprosos que le provocaban disgusto, indica la experiencia real de la presencia del Espíritu que da fruto: libertad, gozo, amor, mansedumbre (Ga 5,13-23). A menudo Francisco tuvo esta experiencia del Espíritu. En dichas circunstancias cantó en francés: por ejemplo, después de que su padre le desheredara públicamente, cuando atravesó el bosque y explicó a los ladrones: "Soy el heraldo del gran Rey" (1 Cel 167). "Dolcezza" = dulzura en la lengua del trovador - es para Francisco la señal del acontecer de una vida nueva creada por Dios, una señal que manifiesta el renacer en el Espíritu Santo. En su Carta a los Fieles, explica esto de una manera más detallada usando la oposición "amargo-dulce". "Pero todos aquellos que no llevan vida en penitencia (...), son unos ciegos, pues no ven a quien es la luz verdadera, nuestro Señor Jesucristo. No tienen sabiduría espiritual, porque no tienen en sí al Hijo de Dios que es la verdadera sabiduría del Padre (...). Mirad, ciegos, engañados por nuestros enemigos, la carne, el mundo, el diablo, que al cuerpo le es dulce cometer pecado, y amargo servir a Dios" (2EpFid 53.66-69).

4. "El espíritu de la carne - el espíritu del Señor"

Como hace en su carta a los Fieles, Francisco a menudo opone la sabiduría del Espíritu y la sabiduría de la carne y del mundo (SalVir 9:10; EdRest 5; Adm 27:1; cf 1Co 2:6-16). Para él - al igual que para San Pablo - la carne, sarx (Rom 8), es una expresión que describe la mortalidad de los seres humanos, su flaqueza, los sentimientos opuestos a Dios que los habitan, su egoísmo y tendencia al mal. Es por esto que puede decir: "nosotros, miserables y míseros, pútridos y hediondos, ingratos y malos" (Regla 1221, 23:8).

El espíritu y lo espiritual - a lo que San Pablo llama pneuma - por el contrario es lo que procede de Dios y a El conduce. El espíritu del Señor mora en la persona "espiritual"; Dios reina en ella; se alejan de ella las tendencias de la carne que enmascaran su semejanza con Dios (Adm 5:1). El espíritu del Señor ocupa el lugar del "Yo". Francisco nos da numerosos ejemplos que ayudan a reconocer a una persona espiritual. "Así puede conocerse si el siervo de Dios tiene el espíritu del Señor: si, cuando el Señor obra por medio de él algo bueno, no por ello se enaltece su carne, pues siempre es opuesta a todo lo bueno, sino, más bien, se considera a sus ojos más vil y se estima menor que todos los otros hombres" (Adm 12).

Poseer el espíritu del Señor significa que "no debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino, más bien, sencillos, humildes y puros (2CtaF 45-46). Nos abrimos más al espíritu del Señor por la obediencia, sobre todo a las divinas inspiraciones, que a los demás y a toda la creación. "La santa obediencia confunde a todos los quereres corporales y carnales; y mantiene mortificado su cuerpo para obedecer al espíritu y para obedecer a su hermano, y lo sujeta y somete a todos los hombres que hay en el mundo; y no sólo a los hombres, sino aun a todas las bestias y fieras, para que, en cuanto el Señor se lo permita desde lo alto, puedan hacer de él lo que quieran"(Sal Vir 14-18). El ser humano ha de aprender a desprenderse de sí mismo, para ponerse a disposición y sintonizar con el Espíritu y así poder descubrir la voluntad de Dios en todas las cosas. Esta voluntad se manifiesta también por medio de las criaturas que no son dotadas de razón y que actúan según los límites que Dios les ha dado. Es por ello que todo tormento y sufrimiento que el ser humano puede aguantar de parte de los animales debe soportarse con espíritu de obediencia.

En la Regla de 1221, 17:9-16, Francisco compara el espíritu de la carne y el espíritu del Señor y lo hace con detalles. Al espíritu de la carne se le conoce por el orgullo y por el vano deseo de ser glorificado por la sabiduría de este mundo, por "la prudencia de la carne" (Rom 8,6), por el deseo de hablar mucho y no hacer nada, por la piedad exterior y la hipocresía. Mientras que, el espíritu del Señor se manifiesta a través de la humildad, de la paciencia y de la "paz del espíritu" (Regla 1223, 17:15).

Para Francisco, la "carne" es, casi siempre, un término simbólico que le sirve para describir actitudes. Toma el ejemplo de Jesús (Mc 7,21-23) y de Pablo (Rm 8,6); 1 Cor 2,6-16. Interioriza, espiritualiza la idea del pecado, colocándolo en el espíritu del hombre, en el corazón impuro, en la voluntad egoísta y pecadora (cf también Regla 1221, 22: 5-8). En sus admoniciones, llama la atención sobre los pecados de la mente, como por ejemplo la obstinación, el apego a una función, el orgullo, la vanagloria, la envidia, la venganza, la calumnia, la ira (Adm 2-11). Esto corresponde a lo que Celano dice de Francisco: "Fijaba la atención, ante todo, en las falsas espiritualidades: (vita spiritualia), luego juzgaba las falsas externas" (1 Cel 51).

5. "Tener el espíritu del Señor y su santa operación"

En casi todos sus escritos, Francisco pone en guardia en contra "del espíritu de la carne". Es comprensible pues, el porqué tan a menudo pida a sus hermanos que "se apliquen a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el espíritu del Señor y su santa operación (Regla 1223, 10:8). Respecto a la Regla 1221, 17: 9-16) Francisco describe las actitudes negativas más brevemente en la Regla de 1223 10: 7-12 y explica las actitudes positivas con más pormenores. Al catálogo de los pecados que los hermanos deben evitar le sigue el catálogo de las virtudes: oración, paciencia, amor por los enemigos, constancia. Estas virtudes son los frutos del espíritu (cf Ga 5: 22-26). Las virtudes revelan la obra del espíritu del Señor en las personas.

Por su origen divino, Francisco llama "santas" todas las virtudes; todas proceden del Señor (SalVir 4); "por la gracia e iluminación del Espíritu Santo, son infundidas en los corazones de los fieles" (SalBVM 6). Como tales, son las actitudes de Dios mismo. "Tú eres misericordia, paciencia, mansedumbre, nuestra esperanza, nuestra fe, nuestro amor" (Alabanzas de Dios).

Aparte de la Regla 1223, 10:8, los escritos hablan cuatro veces más de la "santa operación". Por ejemplo, en la Carta a todos los Fieles, "Lo damos a luz por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros. (1 CtaF 1:1; 2 CtaF 53). A todos aquellos a quienes llegue esta carta "rogamos, en la caridad que es Dios (cf 1 Jn 4,16), que reciban estas palabras en espíritu de humildad y de amor, perseverando y haciendo el bien hasta el fin, porque son espíritu y vida" (1CtaF 2,19,21).

Ahora podemos entender por qué San Francisco creía que todo lo bueno depende de Dios y es inspirado por El. Las palabras de Jesucristo y las palabras de Francisco están llenas de un buen perfume (cf 2 Co 2,14-16; Ef 5,2), porque - susurradas, inspiradas por Dios - dan espíritu y vida; y es por esto que deben ser recibidas con amor más que como simples actos humanos bajo el impulso del Espíritu Santo. En lo referente a su Testamento, Francisco desea que sus palabras "se entiendan sencillamente y sin glosa, y las guardéis con obras santas hasta el fin" (Test 39). No basta comprender las cosas, sino que hay que pasar a la acción que está muy estrechamente unida a las obras inspiradas por el espíritu del Señor. Nuestras acciones deben ser guiadas por Dios y cumplidas por su fuerza hasta el fin. Hoy en día, acción significa actividad, fuerza, realización, perseverancia, autoridad que son esencialmente rasgos masculinos. En línea con San Lucas, Francisco habla también de las obras de María; es cuestión de abrirse al Espíritu y de obtener de El aquello que debemos transmitir al mundo.

6. "El espíritu del Señor vive en sus fieles"

Para Francisco, el protagonista no es el hombre, sino Dios. El Señor lo guió, le dio hermanos y le reveló la vida según el Evangelio. Los Hermanos Menores en general, y en particular los misioneros, Clara y sus hermanas, siguen la "divina inspiración". Para que los no creyentes crean y para que los Cristianos se conviertan, se necesita la luz y la gracia del Espíritu Santo (SalVir 6).

Sin embargo, somos "miserables y malos" (Regla 1221, 23:8). Y es por ello que Francisco pide: "Concédenos, en tu misericordia, (...) querer siempre lo que te agrada a fin de que podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, y llegar, por sola tu gracia, a ti, Altísimo (...). (Carta a toda la Orden, 50-52). Según Francisco, el ser humano no tiene capacidad de hacer el bien por sí sólo; en su miseria, debe siempre algo al Creador. Aquel que se atribuye a sí mismo la capacidad de hacer el bien o "que envidia a su hermano por el bien que el Señor dice o hace en él" (Adm 8:3) incurre en un pecado de blasfemia en contra del Espíritu Santo.

Esta visión del hombre recuerda la teoría luterana de la gracia ("solamente por la gracia") cuando Francisco dice respecto de la Eucaristía: "Así, pues, es el espíritu del Señor, que habita en sus fieles, el que recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor. Todos los otros, que no participan de ese mismo Espíritu y presumen recibirlo, se comen y beben su sentencia" (cf. 1 cor 11,29) (Adm 1:12-13). El fundamento de esta frase que a primera vista es difícil de captar, se encuentra también en la admonición: Dios es espíritu (Jn 4:24) (...) Y no puede ser visto más que en el espíritu, porque el espíritu es el que vivifica; la carne no es de provecho en absoluto (Jn 6,64) (Adm 1: 5-6). Los discípulos que vieron a Jesús como hombre vieron también y creyeron según el espíritu y la divinidad que éstos son verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo (cf Adm 1:9). Lo divino corresponde a lo divino. Ya que Dios es espíritu, lo que le corresponde es el reino de lo divino. Hay que verlo con los ojos del espíritu (Adm 1:20), con los ojos del espíritu del Señor que mora en sus fieles (cf Adm 1:20).

¿Quién es el Señor cuyo espíritu mora en los fieles? Es posible contestar inmediatamente: El Espíritu Santo. Ahora bien, la Admonición 1 usa el término "Señor" (dominus) para indicar al Jesús histórico que proclama el Evangelio (vs. 1,3,8,22), o el Cristo Eucarístico (vs. 9,12,22). Por tanto debemos completar el "espíritu del Señor" (verso 12) con el "espíritu del Señor Jesucristo". Francisco aquí se refiere a Juan y a Pablo: en su discurso de despedida, Jesús habla del "espíritu de verdad que enviaré desde el Padre" (Jn 15,26); cf 16, 17: 13-14; 1 Jn 3: 24). Pablo es más claro aún: "Más ustedes no son de la carne, sino del Espíritu, pues el Espíritu de Dios habita en ustedes. El que no tuviera el Espíritu de Cristo, no sería de Cristo" (Rom 8,9). Si vivimos en el espíritu de Cristo, el espíritu de Dios mora en nosotros. "Si los insultan por el nombre de Cristo, ¡felices ustedes! porque el Espíritu que comunica la gloria descansa sobre ustedes" (1 P 4,14; cf Carta a los fieles 1,6).

Cuando Francisco habla del espíritu del Señor está pensando sobre todo en la condición de Jesús: en su humildad, su obediencia a la voluntad del Padre, su amor por sus enemigos y su cruz. Son éstas también las características de los verdaderos discípulos de Cristo, de los siervos de Dios. Como varias admoniciones lo indican, el siervo de Dios que posee el espíritu del Señor, no se vanagloria ante Dios y los hombres, sino que se somete, ama a sus enemigos, persevera en la persecución y aguanta la enfermedad y "por el amor de nuestro Señor Jesucristo, conserva la paz de alma y cuerpo" (Adm 15,2; cf Adm 2-9; 11: 13-15; 19; 22-25).

7. "Sírvanse unos a otros por la caridad del Espíritu"

"El Espíritu del Señor" ilustra sobre todo la condición de Cristo y su eterna presencia entre quienes le siguen. Si reconocemos esto, entendemos mejor los textos de la Regla de 1221. El Capítulo 5 trata de las relaciones entre los hermanos. Según Mt 20, 25-26 - el que quiera ser el mayor entre vosotros ha de ser vuestro siervo - en la Regla de 1221, 5: 13-14 leemos: "Y ningún hermano haga mal o hable mal a otro; sino, más bien, por la caridad del Espíritu, sírvanse y obedézcanse unos a otros de buen grado". "Por la caridad del Espíritu" significa: el amor que Jesús nos ha mostrado, su espíritu que mora y actúa cuando las personas siguen sus mandamientos. Refiriéndose a Gálatas 5,13, Francisco describe el servicio y la obediencia a los que deben dedicarse los hermanos, por la caridad y el espíritu de Jesús.

Que Francisco piense aquí al ejemplo de Cristo lo confirma la frase siguiente: "Y es ésta la verdadera y santa obediencia de nuestro Señor Jesucristo" (Regla 1221, 5:15). Es evidente que el paso desde "la caridad del espíritu de Jesucristo" al "Espíritu Santo" no está lejos (cf Rom 5:5; 15:30). Podría decirse que los hermanos han de servir y obedecer unos a otros desde la caridad del Espíritu Santo que moraba y actuaba en Cristo y ahora mora y actúa en sus fieles.

"Y, dondequiera que estén o en cualquier lugar en que se encuentren unos con otros, los hermanos deben tratarse espiritualmente y con amor y honrarse mutuamente sin murmuración" (Regla 1221, 7:15). Según lo que se acaba de decir, esta extraña orden significa que los hermanos deben encontrarse, no sólo humanamente sino espiritualmente, en el espíritu de Cristo. Y dondequiera se encuentren, lo que les une es el espíritu divino. En lo referente a los ministros, Francisco dice que "deben visitar frecuentemente a los hermanos, amonestándolos y animándolos espiritualmente" (regla 1221, 4:2). También las Hermanas pobres desean vivir juntas en unión de espíritus y prometiendo seguir la mayor pobreza (cf Prólogo a la Regla de Clara).

Las actitudes y los comportamientos son dictados por el espíritu del Señor. Es él el que une a la comunidad y la mantiene unida. No hay realidad más profunda para el ser humano que el espíritu de Dios. Consciente de esto, Francisco quiso introducir esta directiva en su Regla: El ministro general de la Orden debe ser el Espíritu Santo (2 Cel 193).

8. "La letra mata, el espíritu da vida"

La vida según el espíritu de Cristo no se deja encerrar en formas definidas. Y es a partir de esta experiencia que el impulso vital atraviesa toda la historia de la Orden. Los hermanos deben "comportarse espiritualmente (spiritualiter) y no carnalmente (carnaliter)" (Regla 1221, 5:4-5; 16:5). Deben tener la misma actitud que Cristo tuvo: seguir al Señor y no los propios deseos. Es en este sentido que Hugo de Digne, en su Explicación de la Regla, la interpreta de manera original. En el Capítulo VI de la Regla no confirmada encontramos la expresión "spiritualiter" : "Si los hermanos, donde quiera que estén, no pueden guardar nuestra vida, recurran, lo antes posible, a su ministro" (cf Regla 1221, 6:1). Mientras que ciertos grupos en la Orden se limitaron más tarde a la letra de la Regla, aquí encontramos el viejo concepto que afirma que el Evangelio y la Regla, que fluye del anterior, deben seguirse espiritualmente, es decir según el espíritu de nuestro Señor Jesucristo. La Regla no es vida, pero también el opuesto es verdad - la vida y el espíritu que emanan de Cristo, sus palabras que ofrecen espíritu y vida constituyen la Regla y marcan las experiencias y las inspiraciones fundamentales de los primeros Franciscanos.

"Espíritu" es la palabra clave para comprender y explicar la forma de vida franciscana. Inspirado por el espíritu del Señor, Francisco aspiraba a la vida evangélica abierta al Espíritu y llena de El. Como ocurre tambien en Juan, hay un vínculo estrecho entre el significado literal y el significado espiritual del texto. El verdadero significado de las letras bíblicas viene del Espíritu: es él el que da vida a la letra. Por consiguiente, Francisco opone una exégesis no espiritual del Evangelio. En la Adm 7, cita a Pablo: "La letra mata, pero el espíritu vivifica" (2 Cor 3:6). Y añade un consejo profundo, preciso y universal: no es cuestión de conocer las palabras (del Evangelio) y de explicarlas a los demás para vanagloriarse de ello, sino de lo que se trata es "de seguir al espíritu de la divina letra"; el conocimiento no tiene un mérito personal, sino que viene de Dios y debe convertirse en acción. La exégesis no debe apuntar a incrementar el propio conocimiento, sino que ha de llevar a la acción y a la oración. Dios se complacerá más si seguimos las Escrituras en lugar de limitarnos a leerlas, dice Francisco a la hora de ofrecer el primer ejemplar del Nuevo Testamento como regalo a la Orden. (2 Cel 91; cf 2 Cel 67).

9. "Esposas del Espíritu Santo" como María

Con la antífona mariana del Oficio de la Pasión, la oración que es obligatoria antes y al final de todas las Horas, Francisco saluda a la Madre de Dios: "Salve, Virgen María, entre todas las mujeres del mundo no hay ninguna como tú; tu eres hija y sierva del altísimo sumo Rey Padre celestial; tú eres la madre de nuestro Señor Jesucristo, y te has desposado con el Espíritu Santo". Francisco no se dirige a María de manera aislada, sino que lo hace en relación con las tres Personas divinas. Ella es lo que es porque ha sido elegida por Dios. Su título "sponsa Spiritus Sancti" (esposa del Espíritu Santo) no se encuentra en ningún otro documento del tiempo de Francisco. Es posible, pues, que él mismo lo haya acuñado.

Más importante aún es que el místico de Asís no reserva este título a María, sino que lo extiende a las Hermanas pobres y a todos los fieles. Dice a las hermanas: "os habéis hecho hijas y siervas del altísimo sumo Rey Padre celestial" y "os habéis desposado" con el Espíritu Santo (Forma de Vida 1).

Asimismo, la descripción de la vida de penitencia se abre con la bienaventuranza: "¡Oh, cuan dichosos y benditos son los hombres y mujeres que practican estas cosas y perseveran en ellas! Porque se posará sobre ellos el espíritu del Señor y hará en ellos habitación y morada. Y son hijos del Padre celestial, cuyas obras realizan. Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo. Somos esposos cuando el alma fiel se une, por el Espíritu Santo, a nuestro Señor Jesucristo. Le somos hermanos cuando cumplimos la voluntad del Padre, que está en los cielos. Madres, cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por el amor divino y por una conciencia pura y sincera, y lo alumbramos por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros" (Carta a los Fieles 1: 5-10).

En esta síntesis de mística franciscana que se prolonga en las dos cartas, en un canto jubiloso y en oración sacerdotal (Jn 17), el aspecto carismático de la experiencia de Dios celebra su gran triunfo. Francisco desborda de gozo a la idea que Dios mora en los seres humanos. Según él, los que aman a Dios y hacen obras dignas de penitencia (cf Carta a los Fieles) crecen en su verdadera vocación de hombre: imagen de Dios (Gn 1:26),morada del Padre y del Hijo (Jn 14:23), templo del Espíritu Santo (1 Cor 6:19). De manera asombrosa, Francisco saca su energía vital del misterio de la Trinidad que mora en cada persona. Para él no es sólo un insondable artículo de fe, sino algo personal que une a cada cristiano con Dios y lo convierte en familia de Dios. Y Francisco, al mismo tiempo que insiste en esta dignidad de cristianos, insiste también en la acción. Ve los dones y sus exigencias. Por la fe y por el bautismo, recibimos al Espíritu Santo y nos incorporamos a Cristo (Carta a los Fieles 51). Somos sus hermanos si hacemos la voluntad del Padre como la hizo él; somos sus madres si le llevamos en nosotros, al igual que lo hizo María y le engendramos al conducir una vida cristiana (Carta a los Fieles 52-53). Y es así que la misión, la contemplación, el envío nacen de la mística.

El Espíritu, que es abierto y obediente al espíritu del Señor, condujo a Francisco por el camino hacia Cristo y lo hizo conformar con Cristo, creando una unidad con Dios en las tres Personas que le llenan de gozo. El Poverello de Asís es un hombre carismático en el verdadero sentido del término. Y todos cuantos siguen su exhortación: "Hagamos siempre en nosotros habitación y morada a Aquel que es el Señor Dios omnipotente, Padre, e Hijo y Espíritu Santo" (Regla 1221, 22:27) tendrán parte en su espíritu.

Padre Leonhard Lehmann OFM Cap., Roma


 

Referencia

Este texto forma parte de una serie de artículos que componen el librito 16 de Fernakurs Franziskanische Spiritualität
(Curso por Correspondencia sobre la Espiritualidad Franciscana)
editado por INFAG - Interfranziskanische Arbeitgemeneinschaft (Waldbreitbach, 1983)

Copyright concedido a la oficina de INFAG en Warzburg RFA,
el 21 de octubre de 2002 por la Presidenta, Hermana Matilde Haßenkamp.

 


 

Ejercicio

1. Reflexión personal

Piensa en tu propia historia, la historia de tu vida. ¿En qué situaciones podrías decir: El Señor me dio,el Señor me condujo, el Señor ha....

2. Reflexión personal y en grupo

- Hacer una lectura integrada de la Regla
- Examinar los valores de fondo en cada capítulo

 


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