![]() Nombre Publicación PROPOSITUM Vol. 7 - No. 2 - Diciember |
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'Ver más claramente con Santa Clara'. Es éste el título de un seminario que la Asociación Interfranciscana (INGAG Interfranziskanische Arbeitsgemeinschaft) ofrecerá a jóvenes religiosas en la primavera del 2004. Clara de Asís, esta mujer fascinante, esta Santa incomparable, ha sido la que ha visto claramente y reconocido pronto lo esencial de la vida y ha actuado en consecuencia.
En su Testamento, Clara da una mirada retrospectiva a su vida y a los comienzos de la comunidad de Hermanas con las que había vivido en San Damián, cerca de Asís, donde vivieron juntas una forma de vida monástica. Habla de su conversión, de su vocación y de la estrecha conexión que tienen con la Orden de los Hermanos Menores. Recuerda a San Francisco, que las fundó, las plantó y las ayudó en el servicio de Cristo (Cf. Test Cl 37 y 49) y se llama a si misma siempre con el término de 'plantula', 'su plantita'.
Pero cuando se la compara con Francisco, Clara es igual a él. Aquella que llamó a San Francisco 'verdadero enamorado e imitador de Jesucristo' (TestCl 5), fue ella misma una amante ardiente y una buscadora radical de Dios y de Cristo.
Y encuentra su camino, porque 'el Hijo de Dios se ha hecho Camino para nosotras' (TestCl 5).
Jesucristo es el punto central de todos los pensamientos de Clara, el centro de su amor. El es el Espejo, en el que ella se mira cada día. En El ella reconoce las simas de los Misterios Divinos, la esencia del mundo exterior y la íntima naturaleza de su propia persona. La naturaleza esencial de la vida de Jesús, cuyas huellas trata de seguir, consiste, para ella, en Su humilde abajarse a la pobreza de la vida humana, donde se encuentra la riqueza misma que es Dios.
La espiritualidad de Santa Clara es, por un lado, la misma que la de San Francisco, pero por otro lado, ella sintoniza más, diríamos de manera más 'femenina', con las aparentemente insignificantes mociones del corazón humano.
Sus escritos son pocos, y a pesar de ne ofrecernos un fácil acceso a la contemplación de la humildad de Jesús, son sencillos en el profundo sentido del término. Con el paso del tiempo la profunda sustancia espiritual contenida en los escritos de Santa Clara se muestra claramente a nuestra manera analítica de mirar las cosas, acostumbrados como estamos a mirar sólo el significado superficial de las cosas.
¡Ver más claramente con Clara! Sus intuiciones, resultado de décadas de contemplación, nos llevarán a la profunda claridad que satisface nuestros anhelos: mirar a Dios, contemplarLo.
Hermana Marianne Jungbluth
Hermana Franciscana de la Sagrada Familia
Wurzburg (Alemania) - Noviembre 2003
"Se proponen vivir esta conversión evangélica
en espíritu de oración, de pobrez y de humildad"
(Reg TOR 1,2)
En pos de la Pobreza y a imitación de la Vida de Santa Clara.
En su legado a Santa Clara y a sus Hermanas, San Francisco las apremia a que
segan a Cristo en Su pobreza y en Su vida. Pobreza y Vida: estas dos palabras
expresan la quintaesencia de la Forma de Vida de Santa Clara y su espiritualidad.
En el Capítulo VIII de su Regla, Santa Clara escribe:
"Las hermanas no se apropien nada para sí, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna. Y cual peregrinas y forasteras en este siglo, que sirven al Señor en pobreza y humildad, vayan por limosna confiadamente. Y no tienen por qué avergonzarse, pues el Señor se hizo pobre por nosotras en este mundo. Esta es la excelencia de la altísima pobreza, la que a vosotras, mis queridísimas hermanas, os ha constituido en herederas y reinas de los cielos, os ha hecho pobres en cosas y os ha sublimado en virtudes. Sea ésta vuestra porción, la que conduce a la tierra de los vivientes. Adheridas enteramente a ella, hermanas amadísimas, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo y de su santísima Madre, jamás tengáis otra cosa bajo el cielo." (Regla de Santa Clara Capítulo VIII, 1-6)
Aquí Santa Clara pone el sello inconfundible de su propia vida de pobreza sobre el legado que le había dejado San Francisco. Al hacerlo, Santa Clara indica el contexto de su opción por la pobreza. La pobreza tiene sentido para la vida de comunidad y sus relaciones con Dios. Clara no defiende la pobreza como fin en si misma. La pobreza no es la meta última de su vida, sino que es la base para que las Hermanas establezcan relaciones entre sí y la precondición para una intensa relación con Dios en Jesucristo. Así que la Pobreza sirve para crear una tal relación y hacerla posible. Al vivir su vida, Santa Clara descubre que toda relación interpersonal, y especialmente la relación con Dios, requiere su espacio, necesita distanciarse, por así decirlo, de las cosas que en la vida nos atan, para ser receptivos y sensibles hacia los demás y más precisamente serlo para poder discernir la voluntad de Dios. En la vida de Clara la pobreza apunta hacia este objetivo, es decir, la 'Pobreza' es la creación de un espacio en el que podemos estar abiertas a las necesidades de los demás y estar allí para Dios. Y así Clara dispone que su estilo de vida se fundamente en una Pobreza radical, de la que las tareas materiales no son sino una parte y una parcela, como también la aceptación paciente de enfermedades físicas y la prontitud en resistir a la acumulación de riquezas en un vano intento de tener seguridades materiales. Si Clara lucha en su tiempo para conseguir del Papa el asentimiento al 'Privilegio de la Pobreza', que le permite rechazar cualquier dote como posesión, es porque desea crear las precondiciones necesarias para establecer esa reciprocidad hacia Dios, la humanidad y el mundo que desea alcanzar viviendo una vida de Pobreza, renunciando así a todas las trampas de seguridad que pondrían una barricada entre ella y Dios y ella y el mundo. En lugar de acumular riquezas y propiedades, y estar al seguro, lo cual divide de la gente y de Dios, Clara vive una Forma de Vida imbuida del espíritu de Pobreza que requiere el ejercicio del amor mutuo, reflejo del Amor de Dios por la humanidad.
Para Santa Clara, la Pobreza es esencial en su estilo de vida. En su Testamento
escribe:
"El altísimo Padre celestial, por su misericordia y gracia, se
dignó iluminar mi corazón para que, a ejemplo y según la
doctrina de nuestro beatísimo padre Francisco, poco después de
su conversión, hiciese yo penitencia. Y, a una con las pocas hermanas
que el Señor me había dado a seguida de mi conversión,
voluntariamente le prometí obediencia según la luz de la gracia
que el Señor nos había dado por medio de su vida maravillosa y
de su doctrina". (Test. Clara 24-26)
Con estas palabras que concluyen su Testamento, Santa Clara hace alusión
a la expresión del Testamento de San Francisco que sirve de título
a la Forma de Vida:
"El Señor me dio de esta manera, a mí el hermano Francisco,
el comenzar a hacer penitencia." (Test. Francisco 1)
Siguiendo el ejemplo de Francisco, Clara entiende una vida vivida según
la Pobreza, como una vida de penitencia. Este término 'Penitencia' para
el lector moderno evoca irremediablemente las oscuras profundidades de las prácticas
penitenciales de la Edad Media - flagelación, ayuno exagerado y demás.
Naturalmente, sí que encontramos estos ayunos exagerados en la vida misma
de Santa Clara, que tanto San Francisco como el Obispo de Asís habían
prohibido por razones de salud. Sin embargo Clara nunca exige de las demás
estos extremos de abnegación en el ayuno y en la penitencia. Por el contrario,
aconseja la práctica de la moderación. Por ejemplo, escribe a
Inés de Praga:
"Ahora paso a responder a las cuestiones que me pediste te aclarara,
a saber: 'cuáles son las fiestas que acaso nuestro muy glorioso san Francisco
nos aconsejó que celebráramos especialmente con variedad de manjares';
opino que en cierto modo es lo que piensas. Sepa, pues, tu prudencia que, exceptuada
las débiles y enfermas - para con las cuales nos aconsejó y ordenó
que procediéramos con toda la discreción posible, proporcionándoles
cualquier género de manjares -, ninguna de las que estamos sanas y fuertes
deberíamos tomar sino comidas cuaresmales, ayunando todos los días,
tanto feriales como festivos, fuera de los domingos y del día de Navidad,
en los cuales deberíamos comer dos veces al día; y fuera, también,
de los jueves, en los tiempos acostumbrados, en los cuales el ayuno queda a
la discreción de cada una, y la que no quiere no estaría obligada.
Pero el hecho es que nosotras las sanas ayunamos todos los días fuera
de los domingos y de la Navidad. Y tampoco estamos obligadas a ayunar en todas
las Pascuas, como lo ordena el escrito del bienaventurado Francisco, ni en las
festividades de Santa María y de los Santos Apóstoles, a no ser
que tales fiestas caigan en viernes. Pero, como queda dicho arriba, las sanas
y fuertes tomamos en todo tiempo comidas cuaresmales.
Mas nuestra carne no es de bronce, ni nuestra fortaleza es de piedra (Job 6,12);
sino que somos por naturaleza frágiles, y fáciles a toda flaqueza
corporal. Digo esto porque he oído que te has propuesto un indiscreto
rigor en la abstinencia, por encima de tus fuerzas. Carísima, te ruego
y suplico en el Señor sabia y discretamente, y así, conservando
la vida, podrás alabar al Señor y ofrecerle un obsequio espiritual
(Rom. 12,1) y tu sacrificio condimentado con la sal de la prudencia (Lev 2,13).
(III Carta a Inés de Praga, 29-41)
Este aparte de la Tercera Carta de Clara a Inés indica no sólo la razonable actitud de Clara y su idea del ayuno, sino que además revela su sensibilidad, su capacidad de entender la situación y los problemas de otras Hermanas. Aquí también es obvio que para Clara las prácticas penitenciales y ascéticas como el ayuno no son para ganarse méritos ni son un deber impuesto, sino que más bien sirven para abrir la propia vida al encuentro con Dios. Como en San Francisco, también en Santa Clara la aproximación a este punto está cerca del concepto bíblico de 'conversión de vida'. Lo que importa para Santa Clara es la 'conversión' bíblica, una conversión de vida vivida ante Dios y para los hermanos. Para ella, esto es la vida: ser para alabar y dar gloria a Dios, el Señor. Una vida de penitencia es pues un camino que hay que seguir, un camino de conversión, de amor y alabanza a Dios y de entrega a Dios en Jesucristo. Para Clara, la Pobreza y una vida de penitencia son fundamentos básicos, en el sentido evangélico, que abren la persona humana haciéndola receptiva a los Dones de Dios que El en Su Gracia desea derramar sobre nosotros.
El Señor me dio Hermanas
Una vida de penitencia según el espíritu del Evangelio, que encuentra
su expresión en la práctica de la Pobreza, se asocia en la mente
de Clara a la idea de fraternidad, de una vida entre hermanas basada en el amor.
Santa Clara lo dice en el Capítulo VI de su Regla al hablar de la Forma
de Vida de San Francisco que éste compuso para Clara y sus Hermanas:
"Ya que, por divina inspiración, os habéis hecho hijas
y siervas del altísimo sumo Rey Padre celestial y os habéis desposado
con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección
del santo Evangelio, quiero y prometo dispensaros siempre, por mi mismo y por
medio de mis hermanos, y como a ellos, un amoroso cuidado y una especial solicitud". (Regla de Clara, Cap. 6,3-4)
Este texto de San Francisco, que Clara nos transmite, proclama en unas pocas frases los principios básicos, y guía para la vida, que Francisco sacó de su propia experiencia de una Fe viva y dio a Clara y a sus Hermanas para su camino de vida.
Clara y sus Hermanas eligieron vivir según la Perfección del Santo Evangelio. La Buena Nueva del Evangelio es el fundamento de su Forma de Vida. El impulso dinámico de esta Buena Nueva va dirigido hacia la creación de una relación con Dios Padre, en el Espíritu Santo, con Quien las Hermanas se han esposado - para usar un lenguaje de su tiempo. La vida vivida según el Evangelio, es pues, un encuentro con Dios, una relación con Dios. Esta intensa relación con Dios no puede vivirse en soledad. Al igual que Francisco, Clara se da cuenta de que una relación con Dios vivida según el Evangelio, supone relacionarse con nuestros hermanos y hermanas, lo cual en la práctica significa relacionarse con los Hermanos y las Hermanas en religión. Sus Hermanas las monjas son para Clara dones de Dios. Porque el Evangelio no puede vivirse en soledad, Clara quiere vivir el Evangelio en compañía de otras mujeres, en compañía de los Hermanos de San Francisco y en la gran comunión de los santos en la Iglesia. La Palabra de Dios, si se la entiende correctamente, crea siempre una comunidad, y solamente en relación con nuestro prójimo - en el caso de Clara con cada una de sus Hermanas en religión - la Palabra de los Evangelios puede ser realmente viva. Por esta razón, Clara deliberadamente no quiere la forma eremítica y su Comunidad de Hermanas no es una Orden de anacoretas. En la construcción bella y dolorosa de una forma de vida en común, Clara quiere plasmar la llamada del Evangelio. Está dispuesta a luchar para que el espíritu de esta vida se viva en comunidad. Cuando la Iglesia oficial trata de prohibir los contactos con los frailes, Clara y sus Hermanas empiezan lo que quizá sea la primera huelga de hambre en la historia de la Iglesia. 'Si no nos está permitido partir juntos el Pan Espiritual,' parece haber dicho, 'entonces tampoco queremos el pan terreno'. Clara logra lo que quiere, no porque es una obstinada incorregible, sino porque está profundamente convencida de que la vida según el Evangelio no conduce, no debe conducir a la soledad, que aliena del mundo, sino que por el contrario, debe estar en medio del mundo, en una comunidad de Hermanos y Hermanas.
El Pesebre y la Cruz
Pobreza, una vida de penitencia, y una vida vivida en comunidad como expresión
de una vida en comunión con Dios: para Clara estos tres elementos constituyen
el fundamento mismo de la esencia de su fe. Por medio de una vida de Pobreza
y de su vida de penitencia en comunidad con las Hermanas, Clara intuye con mayor
profundidad el significado de lo que el Hijo de Dios predica y proclama desde
el Pesebre hasta la Cruz. Agarrándose a la experiencia de su amor por
Jesucristo que yace en el pesebre y está clavado en la cruz, comparte
esta experiencia en sus cartas a Inés de Praga:
"Mira - te digo - el comienzo de este espejo, la pobreza, pues es
colocado en un pesebre y envuelto en pañales.
¡Oh maravillosa humildad,
oh estupenda pobreza!
El Rey de los Angeles,
el Señor de cielo y tierra,
es reclinado en un pesebre.
Y en el centro del espejo considera la humildad: por lo menos, la bienaventurada pobreza, los múltiples trabajos y penalidades que soportó por la redención del género humano. Y en lo más alto del espejo contempla la inefable caridad: con ella escogió padecer en el leño de la cruz y morir en él con la muerte más infamante... Y, así, te inflamarás más y más fuertemente en el fuego de la caridad, ¡oh reina, esposa del Rey celestial! (Carta IV a Inés de Praga, 19-27)
Clara está abrumada por el amor de Dios. ¡El Altísimo,
el Omnipotente, el Señor mismo se ha hecho Hombre por amor a la Humanidad,
se ha hecho Hombre para redimir a Su pueblo! Pesebre y Cruz: ante esto, estamos
ante el fundamento mismo de la espiritualidad de Clara. Cuando todo está
dicho y hecho, es del Pesebre y de la Cruz que Clara saca su radicalidad, su
Pobreza y su Forma de Vida. Clara está cautivada y seducida por el mensaje
de Amor que lee en el Evangelio: por la Encarnación y la muerte en la
Cruz de Su Hijo, Dios se identifica con Su pueblo perdido. Clara quiso dar en
toda su vida una respuesta adecuada al Misterio de Fe. En su relación
intuitiva con el Pesebre y la Cruz - para ella signos externos del Amor de Dios
que busca a la humanidad en su estado de abandono - Clara siente en las profundidades
de su alma que es el recipiente de los dones de Dios. El Pesebre y la Cruz,
signos que manifiestan la liberación de la humanidad y su retorno a la
vida, hacen comprender a Clara y a sus Hermanas que su vida tiene su origen
en las fuentes mismas del Amor que Dios tiene a su pueblo. Clara siente que
ha recibido el don mismo de la Vida. Esta actitud que la asegura de la dote
tan rica que ha recibido se desprende de su entendimiento. Ella sabe que cada
día recibirá más dones. Por tanto, quiere que sus Hermanas
y ellas mismas se abandonen a Dios todos los días de su vida y Le dediquen
a El su vida entera. Como Dios se dio a la humanidad en el Pesebre y en la Cruz,
así Clara se entrega y entrega su vida a Dios una y otra vez, representando
a toda la humanidad. El Pesebre y la Cruz se convierten, pues, en símbolos
de libre ofrenda del sacrificio de la propia vida en la certeza de encontrar
la vida real, la plenitud de vida y la dicha eterna. Cuando Clara y sus Hermanas
perciben que esta mayor felicidad se halla en el encuentro vivo con Jesucristo,
Dios hecho hombre, pueden renunciar a cualquier forma de riqueza terrenal y
de fama mundana. Su renuncia a la pobreza, al honor y a ventajas humanas no
es una abstinencia polémica dirigida en contra del mundo y de los tesoros
de este mundo. Al contemplar el Pesebre y la Cruz Clara descubre una riqueza
mucho mayor que llegará a ser para ella la verdadera esencia de su vida
y su esperanza de vida eterna. Su relación con el Niño en el Pesebre
y con Jesús que muere en la Cruz llega a ser la esencia de su vida, aquello
que la llena, dando sentido y significado a todo. Y esto obviamente significa
que la riqueza de este mundo deja de ser necesaria. En la firme seguridad de
que esto es así, Clara escribe a Inés, hija de un rey, lo que
sigue:
"Vos hubierais podido disfrutar más que nadie de las pompas y
de los honores y de las grandezas del siglo, con la gloria suprema de desposaros
legítimamente con el ínclito Emperador, como correspondía
a la dignidad de él y a la vuestra. Y lo habéis desdeñado
todo, y, con entereza de alma y enamorado corazón, habéis preferido
la santísima pobreza y la escasez corporal, uniéndoos con el Esposo
del más noble linaje, el Señor Jesucristo... El guardará
Vuestra virginidad siempre intacta y sin mancilla... y ya os abraza estrechamente
Aquel que ha ornado vuestro pecho con piedras preciosas y ha puesto en vuestras
orejas por pendientes unas perlas de inestimable valor, y os ha cubierto con
profusión de joyas resplandecientes, envidia de la primavera, y os ha
ceñido las sienes con una corona de oro, forjada con el signo de la santidad...Ya
que Vos habéis comenzado con tan ardiente anhelo del Pobre Crucificado,
confirmaos en su santo servicio." (Carta I a Inés de Praga -
5-13)
La Forma de Vida de Santa Clara no supone ninguna renuncia a la belleza del mundo, ni tampoco es negación del gozo y desprecio por las cosas materiales. Clara no se retira del mundo porque piensa que éste sea peligroso. Aquel que ve su actuar en esta luz confundiría las verdaderas intenciones de Santa Clara. Ella ha descubierto, en Jesucristo, las profundidades de su relación con Dios, y frente a esa relación, todo lo demás es de segundo orden e insignificante. Las riquezas y los placeres que este mundo ofrece pierden su poder de atracción. Clara ha descubierto un gran tesoro, ese tesoro escondido en el campo del que habla la Biblia, esa perla de gran valor por la que el mercader de la parábola del Evangelio vende todo lo que tiene (cf. Mt 4,44-46). Clara renuncia a muchas cosas para poderse dedicar enteramente a Cristo Jesús. En esta relación invierte toda su naturaleza esencialmente femenina. Clara no se entrega y no se abandona al mundo, sino que entrega si misma y el mundo desplegándose y desplegándolo en esta relación de amor.
*
Aplicación* Frente a los desafíos radicales que en Evangelio nos presenta ¿cómo
nos portamos en nuestro ámbito personal y cómo actuamos en la
vida comunitaria?
* En una vida según el Evangelio, ¿cuáles son los elementos
que consideramos importantes en la formación de nuestra espiritualidad?
* ¿Cuáles son las dimensiones de Jesús que pueden dejar
un sello en nuestra manera de vivir para que sea creíble?
P. Johannes-Baptist Freyer OFM,
Grottaferrata
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