![]() Nombre Publicación PROPOSITUM Vol. 10 - No. 1 - Junio 2007 |
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Los admirables orígenes de la Regla y Vida de la
Tercera Orden Regular
Hermana Nancy Celaschi, OFS
El llamado a sanar: El diálogo interreligioso en la tradición TOR
Hermana Margaret Carney, OSF
Diálogo Interreligioso y Vida Religiosa
Hermano Elias D. Mallon, SA
Un Llamado a ser Artifices de Paz: Vida Franciscana en Mision
Hermana Violet Grennan, MFIC
La Ecologia LatinoAmericana y la Cosmovision Franciscana
Prof.Ricardo Antonio Rodrigues
La Congregación FranciscanaClarisa entre los pobres en Kenya
Hermana Mello, FCC
Relevancia de la Espiritualidad Franciscana en el Futur
Nuevas maneras de vivir (de expresar) la Espiritualidad
Franciscan (Artículo colectivo)

A raze del Concilio Vaticano II, la Iglesia invitó a todas las congregaciones religiosas a una renovación radial de la vida religiosa. Así que las congregaciones empezaron a volver a las fuentes auténticas, al Evangelio y al espíritu de su fundador o fundadora. Los Documentos Conciliares, sobre todo la Constitución Lumen Gentium y el Decreto Perfectae Caritatis parecieron alentar estas demandas. La Tercera Orden Regular de San Francisco empezó a pensar que quizá había que revisar su Regla promulgada por el Papa Pío IX en 1927. El esfuerzo incansable de los Hermanos y de las Hermanas de la TOR vieron la luz el 8 de Diciembre de 1982, cuando el Papa Juan Pablo II aprobó la “Regola y Vida”. Se dieron cuenta de su rol especial en la Iglesia, en la edificación del Reino de Dios mediante su testimonio.
Hemos dedicado el ultimo número de Propositum a preparar el Octavo Centenario del nacimiento de Santa Isabel de Hungría, el 17 de Noviembre 2007. Este año nuestra atención se centra en otro evento importante: el 25º aniversario de la aprobación de la “Regla y Vida de los Hermanos y de las Hermanas de la Tercera Orden Regular de San Francisco”. El año jubilar nos invita a reflexionar y a evaluar los años pasado y a mirar hacia adelante con nuevos sueños en el corazón para revitalizar el Carisma de nuestra Tercera Orden Regular de San Francisco. Dios ha derramado sobre nosotros incontables gracias por la persona de San Francisco y sus instrucciones sobre todo a través de los valores de Conversión, Contemplación, Pobreza y Minoridad. Estamos llamados y llamadas, en especial, a vivir la Regla según su espíritu, a caminar en la fe y con gratitud, a crear solidaridad y paz entre nosotros, en nuestras Familias Franciscanas, en el mundo entero y especialmente con los pobres y necesitados. Nuestra presencia en el mundo debe ofrecer una vida nueva, sentido, ánimo y esperanza a todos.
En el primer artículo la Hermana Nancy Celaski, OFS, nos habla de los ilustres orígenes de la Regla y Vida TOR y nos ayuda a mirar el camino realizado por nuestros antepasado a lo largo de los siglos, así como a examinar el proceso en el que se ha implicado nuestra generación. La Hermana Margaret Carney, OFS, reflexiona sobre el Diálogo Interreligioso según la Tradición TOR y se centra en los valores de Conversión, Contemplación, Minoridad y Pobreza. La Hermana Margaret piensa que es un llamado a sanar. El Padre Elías D. Mallon, SA, reflexiona sobre el Diálogo Interreligioso y la Vida Religiosa. Está convencido de que el Diálogo forma parte del testimonio que religiosos y religiosas y todos los Cristianos dan del amor infinito de Cristo. Según la Hermana Violet Grennan, MFIC, el llamado a ser constructores de paz en nuestro mundo abarca toda la vida para ser la encarnación de la paz y empieza con nosotros mismos. Tenemos el agrado de presentarles el estudio y la reflexión del Profesor Ricardo Antonio Rodrigues sobre Ecología Latinoamericana y la Visión Franciscana del Mundo. Según él, la mística de la creación, basada en la Espiritualidad Franciscana, puede conducirnos a ser auto sostenibles, de una forma nueva y sabia. La Hermana Mello, FCC, ofrece una vision del servicio gozoso y desinteresado de las Hermanas Franciscanas Clarisas entre los pobres, abandonados y olvidados de Kenya. Ofrecemos, además, un artículo colectivo presentado por la Hermana Maria Stella Carta, SSM, Tibor Kauser, OFS, y por el Hermano Xavier Anthony, CMSF. Cada uno de ellos ha reflexionado sobre la importancia de la Espiritualidad Franciscana y sugieren formas nuevas para vivirla.
Mi más sincero gracias a todos cuantos han colaborado en la edición de propositum.
Paz y bien.
Hermana Daria Koottiyaniel, FCC
Hermana Nancy Celaschi, OFS
Al prepararnos para celebrar el 25 Aniversario de la Regla y Vida de los Hermanos y Hermanas de la Tercera Orden de San Francisco, es bueno examinar de nuevo el camino recorrido por nuestros antepasados a lo largo de los siglos así como el proceso en el que se ha implicado nuestra generación, hace unos años. Así como la Tercera Orden Regular es quizá única en su género en la historia de la vida religiosa, así lo es nuestra Regla y Vida.
Concilio Vaticano II pidió a los religiosos y religiosas la renovación de su forma de vida; tenían que hacerlo mediante la vuelta al carisma original de su instituto y adaptando su estilo de vida a las necesidades del mundo y de la iglesia de hoy. Todos entraron en este proceso, algunos algo reacios, algunos con más entusiasmo que otros. Los religiosos y religiosas de la Tercera Orden Regular, hombres y mujeres, se unieron al proceso.
La mayoría de las congregaciones de nuestra Orden llevaron a cabo una investigación histórica que los remitió a unos siglos atrás, a ese carisma fundante. Fue un tiempo de grandes hallazgos en la medida en que iban emergiendo admirables hombres y mujeres de las sombra o hasta del total anonimato. Cada una de estas figuras, sin embargo, se vio inspirada por Francisco de Asís y por una cierta idea de la espiritualidad franciscana condicionada, también, por el contexto social y eclesial en que él o ella vivió. Por consiguiente, los Franciscanos y Franciscanas de la Tercera Orden Franciscana se vieron en la necesidad de redescubrir, de alguna manera, dos carismas fundantes, el carisma de su propia congregación y el del movimiento franciscano al que pertenecían.
Algo que complicó más aún el asunto fue la entonces existente Regla de la Tercera Orden Regular de San Francisco, que había sido aprobada en 1927 por la expresa voluntad de ofrecer una Regla que permitiera los cambios en la vida religiosa que habían sido incorporados en el Código de Derecho Canónico de 1917. Como leemos en la introducción: “Por esto fue necesario que aquella ley de León X tuviera que adaptarse a estos nuestros tiempos y simultáneamente a los recientes decretos de la Iglesia, así los Terciarios Regulares y otros múltiples familias religiosas de votos simples, quienes por haber introducido en su propio Instituto, el espíritu de San Francisco y por usar el nombre de Franciscanos, tienen de alguna manera a Francisco como Padre, tomando nuevo impulso de esto, siguieran con mayor ardor a ser beneméritas de la sociedad cristiana y civil”. Este Código, por ejemplo, por primera vez sanciona oficialmente y regula la vida de una categoría conocida como “religiosa” en las congregaciones apostólicas. Estos religiosos y religiosas, harían votos perpetuos, conservando el derecho a guardar su propiedad, un derecho, al cual, incidentalmente, no podían renunciar.
La Regla de 1927 había substituido la Regla de León X, aprobada en 1521. En la introducción del documento se lee que el fin de la “nueva” Regla es el de adaptar la vida de la Tercera Orden Regular a las reformas decretadas por el V Concilio de Letrán.
La Regla de León X, sin embargo, fue la primera Regla destinada solo a los religiosos y religiosas de la Tercera Orden, y solamente para ellos reemplazaba la Regla de 1829, de Nicolás IV, es decir de Jerónimo de Ascoli, el primer Papa Franciscano, y ex Ministro General de los Hermanos. Esta Regla era, fundamentalmente, una modificación del Memoriale Propositi de 1221 y siguió siendo válida para todos los Hermanos y Hermanas de la Tercera Orden de Penitencia, es decir para los seglares como también para los grupos que ya en aquel tiempo vivían en comunidad. Lo que en nuestros días ha llegado a ser la Orden Franciscana Secular siguió viviendo la Regla de Nicolás IV, hasta el Concilio Vaticano II.
Otro factor que hay que tener en cuenta en nuestro breve estudio son los enormes adelantos hechos en los Estudios Franciscanos en los siglos XIX y XX. La investigación científica en las bibliotecas y colecciones de manuscritos en toda Europa dio al mundo franciscano un número de textos que han llevado a un movimiento intelectual. El descubrimiento de textos bien conocidos por nosotros, como por ejemplo, la Leyenda de Perusa, las obras de Tomás de Celano y el Espejo de Perfección, por no nombrar que algunos, han empezado a cuestionar algunas de las constantes imágenes de San Francisco popularizadas por Buenaventura o por las Florecillas. Cuando se publicaron las ediciones críticas de estas obras y se aplicaron la técnica de la exégesis bíblica a los textos franciscanos, empezaron a emerger nuevos conceptos. Al mismo tiempo historiadores y críticos nos dieron a conocer mejor la Edad Media en general y, en particular, la vida en Asís en el tiempo de Francisco.
Así que nuestros hermanos y hermanas que en los años ’70 han tenido el cometido de volver a escribir sus Constituciones y adaptar su estilo de vida al carisma original se vieron expuestos a una idea totalmente nueva y distinta de ese carisma. Muchos de ellos expresaron el deseo de una nueva Regla que substituyera la de Pío XI, es decir una Regla que expresara mejor el carisma fundacional y la idea que Francisco tenía de una Regla y Vida. Así que diversos grupos de religiosos terciarios franciscanos iniciaron a redactar una nueva regla, algunos individualmente y otros en grupos intercongregacionales a nivel regional o nacional.
La dificultad surgió cuando los diversos grupos empezaron a discutir sobre la presentación de los textos de su “Regla” para la aprobación eclesiástica. Discretas investigaciones hechas al respecto hicieron que todo el mundo se diera cuenta de que el magisterio universal de la Iglesia no miraría con buenos ojos toda una serie de documentos para un grupo que se suponía fuera una única Orden dentro de la Iglesia católica. Y a esto hay que añadir el que algunos de estos grupos con textos de una específica regla incluían el liderazgo de congregaciones internacionales y que la mezcla resultante de diversos textos de la regla TOR en una única zona geográfica iba a impactar no cierto favorablemente sobre la unidad. Así que los que investigaron se vieron animados a someter un único texto en nombre de toda la Tercera Orden Regular, texto que hubiera podido ser recibido favorablemente de Roma. A algunos de nosotros ésta nos pareció ser una tarea imposible, una demanda quizá inspirada en un cuento de los Hermanos Grimm o en las heroicas hazañas de la mitología griega.
Se dice que querer es poder y ciertamente se quería conseguirlo. La energía dedicada a adaptar y renovar la vida religiosa se dedicó también a lo que luego se conoció como el “Proyecto de la Regla”. Ayudó también el que los superiores y las superoras mayores se organizaron en conferencias nacionales e internacionales y, por primera vez, fue más fácil comunicar más allá de fronteras y océanos. Los superiores mayores que estuvieron de acuerdo en hacer el esfuerzo, se encontraron ante una tarea gigantesca, pero no se dejaron desalentar. Crearon una estructura en tres niveles, el Bureau Franciscano Internacional (el B.F.I. compuesto por superiores y superioras mayores en representación de varias partes del mundo), la Comisión Franciscana Internacional (la C.F.I. representantes de varios grupos nacionales e internacionales, ínter franciscanos) y el Grupo de Trabajo, hermanos y hermanas con profundo interés y algo de trasfondo en el campo, que se iban a encargar del borrador del texto. Se les pidió que prepararan un nuevo texto, y que no volvieran a trabajar ninguno de los textos ya elaborados. En ese momento se decidió, además, que para que el texto fuera lo más inmutable posible, se basaría sobre todo en los escritos de San Francisco, con la esperanza de que las futuras generaciones que se encontrarían con la adaptación encontraran en las palabras de Francisco la inspiración que necesitaban.
Una primera consulta internacional reveló que había cuatro elementos considerados esenciales a nuestro estilo de vida franciscano, aunque los varios grupos daban un nombre distinto a algunos de esos elementos: estos cuatro elementos esenciales era eran penitencia o metanoia, oración o contemplación, minoridad y pobreza. Estos elementos constituirían los pilares básicos de la nueva regla, y el material de construcción serían los escritos de Francisco y de la primera generación de Franciscanos.
El Grupo de Trabajo se encontró dos veces, una en Reute, Alemania, y la otra en Bruselas, Bélgica; tras cada sesión de trabajo se les unían los miembros del BFI, a quienes presentaban su trabajo. Estos borradores luego circulaban entre los miembros, siendo objeto de conversación también a nivel de organizaciones nacionales. Leemos que el primer borrador se distribuyó a 205 congregaciones, 16 provincias de congregaciones internacionales y a los comités de investigación de dos federaciones. Llegaron respuestas en 10 idiomas de treinta países. 105 congregaciones dieron su total aprobación al, algunas sugirieron cambios y solamente unas pocas rechazaron el texto, que fue presentado a los superiores y superioras mayores para su aprobación en el curso de una Asamblea General celebrada en Roma en 1981 y fue aceptado sin votos contrarios. Hay que notar también que dicha Asamblea concordó en continuar el proceso iniciado con la creación de la Regla y Vida, echando los cimientos de lo que llegó a ser la Conferencia Internacional de los Hermanos y Hermanas de la Tercera Orden Regular de San Francisco, la IFC-TOR.
Ya que la Regla y Vida estaba escrita, lo más posible, con las palabras de San Francisco no hubo un capítulo específico sobre la castidad, lo cual causó una subterránea tensión, hasta durante la Asamblea en Roma. Hay que tener presente que una de las más grandes intuiciones de la teología de la Vida Religiosa del Vaticano II fue que el elemento identificador y el voto central de los religiosos y religiosas es “la castidad por el Reino”. Las personas encargadas de obtener la aprobación oficial de la Regla y Vida, decidieron que era mejor tener un capítulo sobre la pobreza, y que tenía que escribirlo otra mano. Este capítulo, en el que se menciona también a la Bienaventurada Virgen María, se convirtió en el Cuarto Capítulo de la que llegó a ser nuestra Regla y Vida.
Cuando se presentó al Papa Juan Pablo II la Regla y Vida para su aprobación, se pidió como fecha para la misma el 8 de diciembre 1982, siendo el 8 de dicho mes la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, y 1982 el año en que la Familia Franciscana del mundo entero celebraba el 800 Aniversario del nacimiento de San Francisco de Asís.
Cuando la Regla fue aprobada por la Santa Sede, fue acompañada por el Breve Apostólico, cuyo incipit lee “Franciscanum vitae Propositum”, el ideal de vida franciscano que “sigue impulsando sin cesar, en nuestro tiempo no menos que en los pasados, a muchos hombres y mujeres que anhelan la perfección evangélica y desean la implantación del Reino de Dios.” El Breve sigue con la mención de la pública profesión de los consejos evangélicos, la actividad apostólica y la oración, el amor fraterno, la penitencia y la abnegación cristiana. El Breve, firmado por el Santo Padre, sigue mencionando las reglas anteriores de León X y Pío XI. La verdadera novedad del Breve, sin embargo, está en el tercer párrafo, donde se menciona que el pontífice sabe “muy bien con qué diligencia y cuidado se ha llevado a cabo su camino de ‘aggiornamento’ y de qué manera se ha llevado felizmente a la meta de un consenso, después de muchas discusiones e investigaciones, propuestas y redacciones.” No hay ningún intento de ocultar la historia de los diversos puntos de vista, como tampoco la discusión colegial y la consulta que fue pare integrante del proceso. Es significativo que este documento, nuestra Regla y Vida, inspirado por el Vaticano II y emprendido en obediencia a sus mandatos, debería de una manera única y novedosa encarnar la colegialidad y la subsidiariedad que fueron los hitos de aquel concilio. Juntamente con el Papa Juan Pablo II, nosotros también expresamos nuestra esperanza “de ver logrados los abundantes frutos de renovación que se esperan” mientras seguimos viviendo y profundizando en nuestro aprecio por la Regla y Vida de los Hermanos y Hermanas de la Tercera Orden Regular de San Francisco.
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La Hermana Nancy Celaschi es miembro del Consejo General de las Hermanas Educadoras de San Francisco, con sede en Roma. Obtuvo un master en Estudios Franciscanos de la Bonaventure University en U.S.A. Ha sido Secretaria general de la CFI-TOR de 1993 a 1997 y en 1997 fue nombrada primera directora del Departamento Espíritu y Vida. Ha traducido al inglés diversos libros sobre la historia de comunidades de la Tercera Orden Regular y ha enseñado Franciscanismo en Asia, África, Europa y Norte América.

Hermana Margaret Carney, OSF
En todo el Pontificado de Juan Pablo II, el llamado al diálogo interreligioso ha sido claro y continuo. Estuve presente en la primera Jornada Mundial de la Oración por la Paz en 1986, en Asís, y desde entonces la correspondencia entre nuestra vocación franciscana y el compromiso por la unidad ente los cristianos y la cooperación entre las religiones me ha parecido siempre tener una importancia extraordinaria. Mi presencia en 1986 fue posible gracias a que nuestros profesores en el Antonianum (estaba yo empezando mis estudios para el doctorado) nos consiguieron unos billetes y nos acompañaron, así pudimos asistir al estupendo abanico de expresiones orantes de aquel día. Antes de ese evento memorable, yo trabajé Thaddeus Horgan, fraile del Atonement, como miembro del Grupo Internacional de Trabajo. Este equipo estaba encargado de formular el texto de la Regla y Vida de los Hermanos y Hermanas de la Tercera Orden Regular. Thaddeus aportó al grupo una rica competencia teológica y una profunda conciencia ecuménica. Durante el periodo del Vaticano II, ayudó a dirigir el Centro para la Unidad de los Cristianos cuya sede se encontraba en el Palacio Pamphili en la Piazza Navona (Roma). Allí los observadores oficiales de las iglesias cristianas se reunían regularmente para dialogar, explorar juntos cuestiones teológicas, para acogerse mutuamente. En nuestros años de estrecha colaboración sobre el texto de la Regla, puede apreciar intensamente la fuerza con que un espíritu franciscano puede contribuir en este diálogo. Mis experiencias con un instituto moderno de la Tercera Orden Regular, totalmente dedicado a esta misión de unidad, los Hermanos y Hermanas del Atonement (Graymoor, Nueva York) consolidaron este aprecio que sigue creciendo.
En años recientes, he tenido el privilegio de asistir a dos encuentros ecuménicos franciscanos (uno en Roma y el otro en Canterbury, Inglaterra), organizados por el Ministro General de los Frailes Menores y por los Frailes del Atonement. Estos intercambios íntimos entre religiosos franciscanos de las afiliaciones romana, anglicana y luterana han sido momentos únicos para examinar la fuerza del carisma franciscano que cruza las fronteras jurisdiccionales que separan nuestras iglesias.
Si se me pregunta cómo el texto de nuestra Regla y Vida ha contribuido en la conversación, contestaría que no se trata de buscar “el texto prueba” (es decir un pasaje particular que demuestre explícitamente la conexión o el argumento), sino que más bien la aportación reside en los valores fundamentales en los que nuestra Regla encuentra su raigambre y que nos disponen a una manera de ser en la iglesia y en el mundo del intercambio interreligioso. En estas líneas, podemos pensar en el llamado a la toma de conciencia y a la acción ecuménicas.
Conversión
En tiempos anteriores, la finalidad de la obra misionera católica se podía resumir en la noción de conversión. Llevar a los no creyentes o a los cristianos de otras denominaciones a ser miembros de la Iglesia Católica Romana: era ésta la labor del misionero o evangelista. Hoy, en nuestro vocabulario TOR, este término encierra un profundo y rico significado bíblico. La conversión / metanoia es la honda orientación de nuestra plena humanidad hacia la voluntad que Dios tiene de empeñar nuestras mentes, nuestros corazones y nuestro ser entero en conocer, amar y servir. Es la llamada a estar dispuestos en cada momento de la existencia a “volverse”— volver a examinar y corregir los propios errores y la propia ignorancia prestando una atención existencial a la llamada de Dios. Promueve en nosotros una espiritualidad de atención, de prontitud al cambio y de humilde reconocimiento de que hay siempre algo incompleto en nuestro modo de conocer, amar y servir. Esta actitud, en la que se ahonda a lo largo de toda la vida, nos permite crecer constantemente en el aprecio de las verdades de otras expresiones de fe, del poder de convocar que tienen y que ejercen. Nos permite entrar en diálogo con una prontitud a dejarnos cuestionar y hasta desconcertar. Nos llama a estar dispuestos a examinar a fondo nuestro comportamiento y a modificar nuestras actitudes. Se trata de disposiciones fundamentales para el diálogo, afianzadas por nuestro compromiso franciscano hacia una vida de conversión continua. Aquí no hay relativismo. No entendemos estar preparados para renunciar o relativizar a nuestros compromisos fundamentales en el campo de la fe. Más bien, se trata de estar dispuestos, con prontitud, a encontrar caminos para comprometerse con el otro, precisamente como otro con amor y con valor. Y esto ayuda enormemente en el diálogo entre denominaciones diversas.
Contemplación
Nuestras vidas están centradas en el Dios revelado a través del Espíritu en Jesucristo. La contemplación del derrame de amor revelado por la Encarnación es la fuerza motriz de nuestra espiritualidad. Nuestra formación, tanto inicial como continua, nos impulsa a lo largo de la vida a encontrar niveles de significado cada vez más intensos en los eventos de la vida de Cristo, en las riquezas de nuestra herencia teológica, en la rica variedad de expresiones culturales y de vida que encontramos en el culto a los santos, en la devoción mariana. Todo esto abre nuestros corazones y nuestras mentes, arrojando sobre ellos una nueva luz, una fuerza nueva. Y para cuantos se toman el tiempo de comprometerse en el estudio, o cuya vida y trabajo ofrecen una adecuada oportunidad, el encuentro con las enseñanzas, las prácticas y expresiones culturales de otras tradiciones religiosas pueden ser también una invitación poderosa para contemplar la rica variedad de camino que el Espíritu sopla en medio de nosotros.
Escuchar la música que tanto sentido tiene para los Judíos en sus días santos, ser testimonio del ciclo de oración diario en una mezquita, quedarse un rato ante una antigua imagen de Buda y ver la reverencia que inspira, éstas y experiencias similares nos invitan a situarnos en una nueva óptica para considerar la variedad de formas por medio de las cuales hombres y mujeres encuentran el camino hacia lo divino. En momentos de profunda intuición unificadora podemos ver una hebra de los profundos hilos de conexión que hay. Y, si somos sinceros, admitiremos que a veces podemos quedarnos confundidos y desconcertados por costumbres que difieren radicalmente de las que nosotros consideramos sagradas. Sin embargo, este mismo encuentro con algo diferente y oscuro para nosotros nos llama a reconocer el que nuestras certezas suscitan igual desconcierto y confusión en quienes han sido criados en comunidades religiosas diferentes a la nuestra.
Esta combinación de experiencias de intuición consoladora y de desconcertante confusión nos impulsa más y más a una actitud de contemplativa, de respeto y de humildad.
Minoridad/Humildad
No es posible hoy ser ciudadanos del planeta sin sentir el dolor de los ultrajes cometidos en el nombre del fundamentalismo religioso o de la violencia sectaria. Debemos insistir una y otra vez en el educarnos y en educar a nuestros estudiantes al lado oscuro de un excesivo celo sectario. El complejo tejido de la identidad religiosa, el orgullo étnico y racial y las hostilidades en contra de los propios enemigos – reales o imaginarios – deberían inspirarnos una profunda humildad en todo lo que realmente nos importa acerca del desarrollo de una identidad religiosa madura. Al asegurarnos mutuamente que la naturaleza misma de nuestras creencias religiosas pide respeto, reverencia por la vida y formas pacíficas en el mundo, nosotros que pertenecemos a la fe abrahámica en sus diversas expresiones vemos que una continua espiral de violencia arrebata vidas humanas en nombre de una distorsionada versión de observancia e identidad religiosas. Hay que abandonar soluciones sencillas y enfoques simplistas y debe tomar consistencia en nosotros un compromiso para educarnos y formarnos más y más en el respeto, la tolerancia, la reciprocidad.
Pobreza
Francisco, Clara y sus primeros compañeros y compañeras sabían que en la vida todo es don y que la tarea principal de sus vidas consistía justamente en este devolver a Dios la alabanza y la perfección de estos dones. Sabemos que fue central para los primeros y las primeras franciscanos/as la insistencia en una vida con sólo lo mínimo esencial de apoyo para el proyecto franciscano, y sabemos también que el meollo de la pobreza interior fue asumido siempre por el alma de este ascetismo. El permanecer apegado a la propia opinión, al propio juicio, a presupuestos y deseos guiados por el propio yo, era una forma de amasar, acumular riqueza personal y sobre esto alertó constantemente Francisco. En nuestro llamado a la conversión y a la comunicación interreligiosas tenemos ampliamente la oportunidad de sacar provecho de este ejercicio para nuestra ventaja. Es difícil devenir parte de la comunidad de intercambio, o diálogo, sin la capacidad de poner de lado nuestro deseo de una zona personal de confort, por muy elevada que sea la naturaleza de esta zona de confort. (Por ejemplo, mi sentirme totalmente a gusto en mi comunidad religiosa, en mi parroquia o en mi círculo espiritual puede dificultar enormemente el entrar en diálogo con la necesaria humildad y disponibilidad para dejarme corregir o para reconocer límites y prejuicios.) Cuando el intercambio del diálogo sincero incluye, como debe, una mirada generosa hacia las formas en que nuestras diferencias han llevado a la discriminación y a veces hasta a la violencia unos con otros, debemos tener la pobreza interior que deja espacio a la verdad y al dolor del otro, por muy inconveniente que sea para nosotros.
Quizás el mismo Papa Juan Pablo II estaba expresando una profunda pobreza espiritual cuando, en 1986, invitó a los líderes de otras religiones mundiales a unirse con él en Asís. En definitiva, eligió Asís y no Roma para este encuentre. ¿Era su forma de reconocer que muchos actos de violencia perpetrados en el nombre de la iglesia institucional a lo largo de siglos estarían penosamente presentes en las memorias de los invitados a rezar en el esplendor imperial de la gran basílica vaticana? ¿Se dio cuenta de que el genio mítico y la universalidad de Francisco, después de siete siglos, seguirían ofreciendo aún “un punto tranquilo” para reunirse e intercambiar entre voces de musulmanes, hindúes, americanos nativos y voces de las religiones que han participado en la labor hacia la unidad de los cristianos en los dos últimos siglos? Sea cual fuere su razón, lo que hizo fue profético y eficaz. El día después de la reunión, los frailes del Sacro Convento pasaron horas en acompañar a los huéspedes a través de la basílica contándoles la historia de Francisco y sirviéndose para ello de la mayor propaganda visual: los frescos de Giotto. En esas horas, el reconocimiento de un terreno común reflejado en la historia de humildad, penitencia y minoridad de Francisco se repitió a menudo en las sagradas conversaciones de aquel día. Tenemos la oportunidad de continuar aquel momentum en el siglo XXI. Recemos para obtener la sabiduría de hacerlo.
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La Hermana Margaret Carney, OSF, es actualmente presidenta de la Universidad San Bonaventura. En el pasado ha sido Directora del Franciscan Institute y Decana del Departamento de Estudios Franciscanos. Por ocho años ha sido Superiora General de su Congregación y en 1982 ha sido miembro de una Comisión Internacional que ha compuesto una Regla Franciscana para la “Tercera Orden Regular” Franciscana. Es bien conocida en el mundo franciscano por su entrega a todo lo franciscano.
Hermano Elias D. Mallon, SA
Cuando durante la Segunda Guerra Mundial el Concilio Vaticano II, declaró, en el documento Nostra Aetate que “no rechaza nada de lo que de verdadero y santo” hay en las otras religiones, emprendió irrevocablemente la senda del diálogo interreligioso. La creación del Secretariado para los No Cristiano y más tarde Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso señaló la seriedad con que la Iglesia Católica Romana asumió su relación con las grandes religiones no cristianas del mundo.
El Papa Juan Pablo II, en sus incansables viajes, visitó muchos países hindúes, musulmanes y budistas, donde habló extensamente del diálogo entre las religiones. El gran “evento de Asís” vio reunidos, por voluntad del Papa, a los líderes de las más grandes religiones mundiales quienes rezaron, cada cual a su manera, por la paz y la mutua comprensión. Sus discursos a la juventud musulmana en Marruecos, a los Musulmanes en Turquía, en Sudán y en otros lugares, evidenciaron la importancia que el difunto Papa daba al diálogo activo y su deseo de ver a la Iglesia Católica Romana en ello implicada.
El viaje de hace no mucho de Papa Benedicto XVI a Turquía mostró que el compromiso de la Iglesia Católica en el diálogo interreligioso no ha disminuido en absoluto con el cambio de papas. La visita de Benedicto XVI a la mezquita de Estambul y su oración silenciosa han sido fuertes señales de su compromiso con el diálogo entre la Iglesia y el Islam. Los discursos que ha hecho tanto en Turquía como en Roma subrayan su interés por el diálogo interreligioso y su compromiso en este campo.
Sencillamente por formar parte del compromiso de la Iglesia, los religiosos y las religiosas participan en este compromiso de la Iglesia a favor del diálogo interreligioso. Al estar al servicio de la Iglesia y de su misión, los religiosos y las religiosas no pueden ignorar el impulso interreligioso que ha sido introducido por el Concilio Vaticano II. Hay además, ulteriores razones por las cuales los religiosos y las religiosas deberían encontrar particularmente atractivo el diálogo interreligioso. En el curso de los siglos, los religiosos han estado en primer plano del encuentro de la Iglesia con las grandes tradiciones religiosas del mundo. Recordemos por ejemplo a Francisco de Asís y su encuentro en Damieta con el Sultán Malik al-Kamal, probablemente en 1219 o alrededor de esa fecha. Al ocurrir, como así fue, durante la Cuarta Cruzada, el encuentro de Francisco con el Sultán iba en contra de las actitudes del tiempo y fue un símbolo de cómo dos personas de dos diversas religiones pueden encontrarse, en un clima de fidelidad y amabilidad. Los grandes proyectos de traducción de la Edad Media, que pusieron a disposición de estudiosos occidentales el Corán y las obras de muchos pensadores musulmanes, fueron obra de monjes, sobre todo de los de Cluny bajo el Abad Pedro, el Venerable (1094-1156). Los monjes emplearon el árabe hablado por los Musulmanes para asegurarse de que sus traducciones fueran fiables y precisas. No podemos pensar en el Cristianismo en China sin pensar en el jesuita Matteo Ricci (1552-1610). Al viajar como misionero a China, Ricci fue desarrollando un profundo respeto por la cultura y la religiosidad chinas. No hay duda de que conocía bien el Daoismo, la tradición religiosa dominante en China. Era muy respetado por los Chinos y ocupó un cargo de alto rango en el gobierno de China. Ricci se adelantó a su tiempo en sus intentos de inculturar el Evangelio a categorías que los Chinos pudiesen entender.
Hasta en los tiempos modernos, antes del Vaticano II los religiosos han sido líderes en el campo del diálogo interreligioso. Charles de Foucauld (1858-1916), el fundador de los Hermanos y de las Hermanitas de Jesús, dedicó su vida a vivir entre Musulmanes y en silencio testimonió el Evangelio. Los Misioneros de África, fundados en 1868 por el Cardenal Charles Levigerie (Arzobispo de Argel), han sido líderes en el diálogo entre Católicos y Musulmanes.
No es solamente el diálogo entre Católicos y Musulmanes lo que ha recibido la atención de monjes y monjas. Tanto durante como después del Concilio Vaticano II, el monje benedictino Bede Griffiths (1906-1993), conocido como Swami Dayananda, dedicó su vida al diálogo entre Hindúes y Católicos. En sus escritos dio a conocer la disciplina de meditación e yoga que los Hindúes habían desarrollado en el curso de milenios y las aplicó a la práctica cristiana. Asimismo, el monje cisterciense Thomas Merton (1915-1968) fue un líder en el diálogo entre Budistas y Católicos. Y murió justamente en Bangkok de vuelta de Asia, donde se había encontrado con líderes budistas. Las obras de Merton – especialmente las escritas al final de su vida – nos hacen ver lo mucho que Merton apreciaba y comprendía el Budismo y la disciplina de la meditación. Podemos realmente decir que el Diálogo Monástico Interreligioso, que se ha encontrado por más de dos décadas, ha continuado la obra de Merton. El “Encuentro de Getsemaní” se refiere a dos reuniones entre monjes budistas y católicos que tuvieron lugar en el monasterio cisterciense de Gethsemane (Kentucky, USA) en 1996 y en 2002.
El número de importantes y fructíferos encuentros entre religiosos y religiones no cristianas en África y en Asia podría multiplicarse al infinito. A todas luces de lo anterior se desprende que la implicación de religiosos y religiosas en el diálogo interreligioso no es algo nuevo. It is not even something which began with Vatican II. Según lo brevemente dicho anteriormente no hay duda de que religiosos y religiosas han estado implicados literalmente desde siglos en el diálogo interreligioso. El encuentro entre religiosos y religiosas no se milita tampoco a una comunidad religiosa. Jesuitas, Dominicos, Franciscanos de todos los tipos, las Hermanas de Sión y las Misioneras de África, y muchos otros grupos que no es posible aquí mencionar, por ser muy numerosos, han estado dialogando con Judíos, Musulmanes, Hindúes y otros y siguen dialogando con ellos. El diálogo forma parte del testimonio que religiosos y religiosas y todos los cristianos dan del incondicional y sobreabundante (sin fronteras) amor de Cristo.
En un mundo en que demasiados conflictos tienen como base la religión, el diálogo interreligioso no puede ser y no es opción reservada a unos cuantos. Como gente llamada a llevar la Paz de Cristo y ayudar a superar los conflictos en el mundo, los religiosos y las religiosas están llamados a aprender de las demás religiones de nuestro planeta. Los religiosos y las religiosas están llamados a afrontar los grandes interrogantes y problemas de nuestro tiempo y la religión, como fuente y solución del conflicto, es uno de estos grandes interrogantes. Ahora más que nunca, es preciso que gente de diversas creencias se entienda, promueva la cooperación y supere la violencia. El compromiso de religiosos y religiosas en este gran quehacer, no solo es parte de nuestra larga historia, es también aquello a lo que nos llama nuestro futuro.
ENDNOTES
1. Empleo, aquí, el término ‘monjes y monjas’ porque ambos, monjes y monjas Budistas y Católicos Romanos han tomado parte en el Evento del Gethsemane.
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Elias D. Mallon, un Fraile del Atonement (Graymoor), tiene una licenciatura en Estudios del Antiguo Testamentò y un doctorado en Lenguas Orientales obtenido en la Catholic University of America. Ha trabajado sobre su doctorado y disertación de su tesis doctoral en la Universidad de Eberhard Karls, en Tubinga, Alemania. Ha enseñado en la Universidad de Washington, Seattle, WA y ha trabajado por el Secretariado del Vaticano para la Promoción de la Unidad entre los Cristianos en el Instituto Ecuménico en Bossey, Suiza. El Padre Mallon ha dirigido el Graymoor Ecumenical & Interreligious Institute por once año, implicándose en el diálogo entre Católicos-Cristianos y Musulmanes desde 1985. Es autor de diversos libros y artículos sobre el Islam, el ultimo lleva el título: What Catholics Need to Know (Washington, DC: National Catholic Education Association, 2006) y “Shiite Muslims—The Party of Aly,” América, 6 de Febrero, 2006.
Hermana Violet Grennan, MFIC
El llamado implícito y explícito de nuestra Regla de la Tercera Orden a ser artífices de paz no es una simple invitación familiar u opcional a cada miembro y a la Tercera Orden Franciscana en su conjunto. Al celebrar el 25º aniversario de nuestra Regla y Vida, sea cual fuere el país, el continente o el hemisferio donde vivimos y servimos, el llamado renovado a ser artífices de paz en nuestro mundo de hoy nos brinda lanza la oportunidad de revisar ese llamado mismo y de volvernos a comprometer para responder a un desafío personal y comunitario, en el 2007 y más allá.
El llamado a ser artífices de paz encierra en sí un aspecto genérico y global, pero la expresión específica de vivir el llamado como Franciscanos y Franciscanas lo encontramos en nuestros mundos respectivos al intentar, individual y globalmente, seguir las huellas de Francisco de Asís, cuya vida ha tenido como modelo al Dios de la paz que se encarnó en la persona de Jesucristo. Concretamente, el contexto para la respuesta total a ese llamado es nuestra vida en misión. Es un llamado y un reto sin glosa que pide una respuesta medida y concreta.
Nuestra Vida en Comun
Las primeras líneas del Artículo 30 de la Regla de la Tercera Orden nos urgen a recordar que:
“La paz que anuncian de palabra, ténganla en mayor medida en sus corazones. Nadie por causa de ellos sea instigado a la ira o al escándalo, sino que todos sean estimulados, por su misma mansedumbre, a la paz y a la benignidad y a la Concordia.”
Francisco conocía a fondo al ser humano, se conocía a si mismo. Anunciar la paz con los propios labios puede ser un gesto relativamente fácil. Tenerla en nuestro corazón, lugar radical de paz y violencia en nuestra propia vida, y relacionarse desde el corazón, a veces constituye un enorme desafío, el mayor desafío. Y es en este mismo contexto en que experimentamos de una manera muy concreta el llamado a la conversión continua, al perdón, a la reconciliación y, en el arco de una vida, a ser la encarnación de la paz.
Lo fundamental para una respuesta auténtica y reconocible al llamado a ser artífices de paz, a ser la encarnación de la paz, es una manera de estar en relación con toda la creación de Dios que nos identifica como hermanos y hermanas que abrazan el evangelio como camino de vida tal y como lo vivieron Francisco y Clara de Asís. Esta manera de relacionarse está claramente indicada en el capítulo de nuestra regla que habla a nuestra experiencia de fraternidad y sororidad (Amor Fraterno).
“Si aconteciere que surgiera entre ellos algún motivo de disgusto, ya sea de palabra ya por gestos, enseguida, antes de presentar la ofrenda de su oración al Señor, pídanse perdón humildemente el uno al otro” (Art. 24).
Las palabras inmediata y humildemente añaden un acento concreto al llamado a relacionarnos de una forma particular con los hermanos y las hermanas con quienes compartimos nuestra vida en misión. Esta manera de relacionarnos, de ser una expresión viva de los valores y actitudes fundamentales de la experiencia franciscana, engendra, y en el tiempo desarrolla y sostiene una forma de vivir que identifica a una persona que es la encarnación de la paz, una persona que por medio del ejemplo y de la palabra, sigue las huellas de Dios en nuestro mundo. Es un camino que empieza con uno mismo.
La senda y el camino para llegar a ser un hombre de paz no fueron algo natural en Francisco, ni tampoco lo son para nosotros. En general, el ser hombre o mujer de paz nos viene a través del auto conocimiento, del sufrimiento, de la humildad, de una experiencia de pobreza personal y de oración que le lleva a uno a una objetiva percepción de la propia identidad en la medida en que va dándose cuenta de la verdad contenida en la admonición de Francisco “ Lo que una persona es ante Dios, esto es y nada más” (Adm XIV:2). Es éste el verdadero ser, bendecido y roto, dotado y vulnerable, pecador y redimido, que Dios llama a vivir en relación con otros hermanos y hermanas que comparten nuestra común identidad. A menudo, es en éste círculo de relaciones, dentro de las propias comunidades y fraternidades más que en relaciones que afectan al apostolado u otras relaciones interpersonales, donde se experimenta el mayor desafío a vivir el ideal evangélico presentado en nuestra Regla y Vida.
Como mujeres y hombres que están llamadas y llamados a ser la encarnación de la paz, en el Artículo 24 nos sentimos interpelados a recordar que
“… Si alguno descuidare gravemente la forma de vida que ha profesado, sea amonestado por el ministro o por los demás que hayan tenido conocimiento de su culpa. Y ellos no lo averguencen ni hablen mal de él, antes bien usen con él de gran misericordia. Todos deben guardarse de airarse y alterarse por causa del pecado de alguno, porque la ira y la alteración impiden la caridad en sí y en los demás” (Art. 24).
Implícitamente, en este pasaje se nos prescribe un camino para relacionarnos con cuantos, a veces, es posible que vivan la regla de vida diferentemente de cómo se prescribe. La manera de relacionarnos a la que se nos anima, evoca una respuesta humana compasiva y amorosa, que permita a alguien estar en paz con uno mismo y con el “otro” más que a una respuesta que contenga un juicio duro y creído que “impida la caridad.” Es éste “preparar una morada para el otro” incondicionalmente, por muy diferente que el otro se nos presente, lo que nos marca como seguidores de Jesucristo y de Francisco. En numerosos incidentes de su vida con sus hermanos, nos mostró esta manera de relacionarse. Experimentó su ser criatura, su vulnerabilidad, su pobreza y humildad al mirar el rostro de Dios y, a su vez, abrazó esa misma humanidad vulnerable, pobre, rota en sus hermanos. Claramente, el siglo, el lugar y las circunstancias particulares en las que vivimos difieren mucho de lo que Francisco vivió, sin embargo el llamado a “abrazar al otro” en las circunstancias concretas de nuestra vida de cada día da testimonio, por medio del ejemplo y de la palabra, de nuestra fidelidad a la visión evangélica de vida que Francisco vivió con tanta pasión, deseando ser una huella de Dios en el tiempo y en el lugar en que vivió.
Nuestra Vida en Mision
Los capítulos de nuestra regla que hablan de nuestra identidad Franciscana, de nuestra vida en común, del espíritu de oración, de pobreza, de cómo servir y trabajar y de nuestra vida apostólica prescriben un modelo de vida a los que libremente eligen y profesan seguir la visión de vida evangélica vivida por Francisco de Asís. Este modelo de vida, cuando se muestra por medio del ejemplo y de la palabra, nos identifica de una forma particular como seguidores de esta visión evangélica.
El llamado a ser Franciscanos, Franciscanas no es solamente un llamado a una relación personal con Jesucristo y a la comunión con nuestros hermanos y hermanas que comparten nuestra vida en comunidad, marcada por los votos. El llamado está inextricablemente unido a un llamado a la misión – a estar en relación con toda la creación de Dios, de una manera particular, que nos identifica como seguidores del Dios de paz y de Francisco de Asís. El llamado es a la comunión en misión.
El comentario sobre el Capítulo IX: Vida Apostólica, nos recuerda que los capítulos que preceden enfocan el fundamento de nuestro llamado, nuestra identidad Franciscana, nuestra oración, nuestras responsabilidades como hermanos y hermanas y nuestra actitud hacia el servicio y el trabajo. Nuestra misión y apostolado como artífices de paz se desprende, nace de la vivencia de los valores y actitudes presentados en estos capítulos. El mandato que se nos presenta es claro:
“Pues para esto han sido llamados los hermanos y las hermanas: para curar a los heridos, vendar a los quebrantados y volver al recto camino a los extraviados. Dondequiera que se hallen, recuerden que se entregaron a sí mismos y abandonaron sus cuerpos al Señor Jesucristo. Por amor suyo han de exponerse a los enemigos, así visibles como invisibles, porque dice el Señor: “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.” (Mt. 5:10).
El mandato de esta misión no es una simple opción para quienes quieren abrazar el ideal evangélico de Francisco de Asís, el hombre de paz. Este apartado de nuestra Regla y Vida, al igual que muchos otros, no es nada ambiguo. Independientemente de donde estemos, de cual sea el contexto cultural o el ministerio específico en el que nos encontramos, nuestra manera de relacionarnos con la gente en sus respectivas realidades nos pide una respuesta que de entrega total y que nos identifique como quienes tratan de ser una “huella de Dios” allí donde estemos en misión. Tal respuesta, se nos recuerda, supone entre otros desafíos, una preparación activa para exponernos “a los enemigos, visibles como invisibles… “ al “otro” fuese quien fuese. Concretamente, en nuestros lugares respectivos, en nuestras culturas y lugares de misión y ministerio, ¿a quién concientemente damos o no damos el nombre de “enemigos” y cómo nos relacionamos con ellos?
Esta opción para abrazar al “otro” no nace espontánea y naturalmente en Francisco como él nos recuerda en las primeras líneas de su Testamento donde se refiere a su primer encuentro con el leproso. Ni tampoco ocurre que el abrazo al “otro”, a los leprosos contemporáneos nuestros, nos sale espontáneo y natural. Tanto para Francisco como para los de nosotros que nos identificamos como seguidores suyos, la vida de Jesús tal y como se nos presenta en el evangelio es nuestro mapa. La entrega total de Jesús, concretamente evidenciada en su vida, pasión y muerte es el modelo de vida que abrazamos. Es el ejemplo y la enseñanza de una respuesta concreta y considerada.
Las palabras completa y totalmente en este paso de nuestra Regla y Vida sirven para recordarnos con fuerza que hemos abrazado queriéndolo este camino de vida y nos remiten a escuchar las palabras de Francisco a cuantos quieren seguir sus huellas: “No guardes nada de ti para ti mismo, de manera que Aquel que se te da completamente te reciba totalmente” (EpOrd 29). Para Francisco, así como experimentó el don total de Dios en la persona de Jesucristo en el sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo y en la cruz, nada menos que una respuesta total era suficiente, una entrega total de sí mismo al otro y por el otro. ¿Lo es para nosotros?
La manera particular en la que llevamos adelante nuestra misión, ir “entre la gente” ha sido descrita en el Capítulo 5 de la Regla de nuestra Tercera Orden “Modo de servir y trabajar”:
“Los hermanos y las hermanas sean mansos, pacíficos y modestos, apacibles y humildes, hablando con todos dignamente, como conviene. Y, dondequiera que estén y a cualquier parte que vayan por el mundo, no litiguen ni se traben en discusiones, ni juzguen a los demás, sino que han de mostrarse alegres en el Señor, jubilosos y oportunamente donairosos. Y saluden diciendo: “El Señor te de la paz” (Art 20).
Dicho sencillamente, un verdadero saludo de paz es creíble sólo cuando aquellos a quienes se da ven y experimentan nuestro gozo y nuestra paz al ir nosotros “entre ellos”. No importa cuales sean sus valores, actitudes, manera de vivir, o su fe: nosotros no juzgamos, no tratamos de imponer nuestras estructuras o creencias. Ni tampoco negamos nuestras creencias religiosas y nuestros valores; más bien, vamos al encuentro de las personas allí donde están, preparando para ellos una morada en nosotros, escuchando su palabra y dirigiéndoles nosotros una palabra de paz. El comentario a nuestra Regla TOR nos recuerda que “Francisco creía que no deberíamos juzgar a los demás aunque parezca que no estén tocados por el evangelio (cf. RB 2:17). Deberían estar tocados, de todos modos, por nuestro testimonio de alegría en el Señor. Esto sólo hace que nuestro saludo de paz sea creíble” (Comentario TOR , p. 37).
Conclusión
De estas reflexiones sobre la llamada a ser artífices de paz, que constituye un tema en nuestra Regla de la Tercera Orden, sobre todo en los capítulos V, VII y IX, emergen cinco valores fundamentales para nuestra Vida Franciscana en Misión:

Prof. Ricardo Antonio Rodríguez
En Suramérica, la carrera de un tiempo hacia el oro, la plata y los diamantes y una infinidad de metales, de minerales, etc. impusieron a nuestra cultura una tortura indecible, todavía presente en diversas regiones. No solamente por la devastación en sí, sino que además y sobre todo porque estos bienes no se ponen al servicio de la mejora de la vida de la gente del lugar. Pensemos en el Brasil, en el oro extraído de nuestro suelo: este oro ciertamente no ha mejorado la calidad de vida de las personas implicadas en el proceso de extracción, mientras que ha enriquecido, y de manera considerable, otras regiones del mundo, por ejemplo algunas regiones de Europa. Según el mismo capitalismo ha acentuado estas diferencias y ha propuesto una doctrina de expropiación y de dominio. Ante este escenario, es importante ver el papel del pensamiento franciscano como instrumento para la edificación de la paz y examinar la manera de actuar de Francisco ante los desafíos de su tiempo.
De San Francisco de Asís podemos aprender que los bienes materiales tendrían que ser un medio para promover la vida (Test 16, RnB 2,4), ya que estos bienes vienen de Dios (Ad 2,3 e RnB 17, 17) y son menos importantes que las personas (2Cel 80, 2). Es una lástima el que la humanidad no haya logrado todavía entender este principio. Y quizá no tanto por la mala voluntad de la gran masa de la población, sino por los gobernantes en general, porque les interesa mucho más servirse del poder, utilizarlo, junto con sus aliados, que hacer del poder una posibilidad para mejorar el bien común. (AP 11, 1.10).
La tesis franciscana de la pobreza está presente en la actitud de Francisco, cuando identifica a la humanidad con el leproso (1Cel 17,4). Trasciende, así, el concepto de ‘humanidad’ y percibe en aquel hombre en estado lamentable la presencia de Cristo (LM 1,6,2). Esta experiencia es fundamental para él. Así nos damos cuenta de que no basta guardar a las personas, sino que debemos ver más allá de la persona misma, percibiendo en ella una dimensión que nos une, que nos concierne (CA 64, 1ss), su dignidad o su ausencia, que nos responsabiliza y nos une. Es necesario ver más allá de lo que se ve, es necesario ver en el dolor de los seres humanos el dolor de Cristo.
En este caso, en un mundo dominado por el materialismo y por el dinero, en el que los medios tienden a convertirse en fines, las personas corren el riesgo de ser instrumentalizadas, es decir ser consideradas el instrumento y no el fin del proceso técnico-científico. Ante esta realidad, la actitud franciscana puede hacernos despertar de un sueño profundo. No basta discutir sobre la ecología en las escuelas o en las universidades: debemos tomar en cuenta también al ser humano olvidado (RB 4, 2; RnB 8, 3.7), sumergido en el universo de las posibilidades y de las determinaciones. Si para Goya el sueño de la razón produce monstruos, podemos deducir que también el sueño de la sensibilidad humana produce monstruos tan o más peligrosos. Por tanto, necesitamos recuperar nuestra dimensión ontológica relativa al cuidado de los que sufren (2Cel 22,2; 2Cel 85,8; RnB 8, 3), es decir volver a situar lo que es humano en el centro del proceso ecológico.
La reconquista de lo que es humano puede representar verdaderamente una nueva posibilidad de relación con el medio ambiente (Ad 1, 19-20; 5,1; 1Cel 82,1;3Cel 1,3).
La falta de acceso a los medios de vida como por ejemplo el trabajo y hasta la falta de una calificación convierten a los hombres y mujeres de hoy en los leprosos del tiempo de Francisco. Lo que ha disminuido notablemente estas exageraciones, es la creciente búsqueda de un nuevo espíritu, y esto empieza a volcar el proceso que daba prioridad solamente a la riqueza económica en menoscabo de las personas. Podemos contar incontables experiencias bien logradas de progreso económico en sintonía con la auto-sostenibilidad, en todas las regiones de nuestro continente y, principalmente en Brasil, el pensamiento franciscano ha llegado a ser la mística de la reconstrucción de una nueva ética, fundada en una nueva óptica.
La desnudez de Francisco (1Cel 15,1-3; 2Cel 194,1) ante una sociedad y ante un padre, ellos también perdidos en sus asuntos, enredados en la red de la productividad, nos hace pensar por un lado al ser humano disminuido, profundamente herido en su identidad humana, por otro vuelve a abrir ante nosotros la senda de la esperanza. Porque la cultura es el resultado de aquello que elegimos y que comprendemos.
En la manera de ser de San Francisco de Asís, hay una ruptura profunda con las sutilezas y los mecanismos que subyugan lo que es humano y si queremos construir una nueva sociedad necesitamos deshacernos de los viejos hábitos. Si queremos construir una nueva sociedad en la que el lobo y el cordero pastoreen juntos debemos cambiar nuestro modo de hacer. Hombres nuevos, mujeres nuevas capaces de dar vida a una manera nueva de afrontar la humana existencia.
Si en nuestro continente queremos intensificar el sentido de lo que es humano y construir una nueva sociedad, una sociedad de hombres y mujeres nuevos, como dice San Pablo (Ef 2, 11-22), debemos romper las cadenas que nos atan y que disminuyen la grandeza humana (RSC 6, 1).
Si, por un lado, no debemos reducir el Evangelio a una bandera socialista, por otro lado ante la actitud ecológica de Francisco, amar y servir el evangelio olvidando a los excluidos quiere decir ser irracionales desde el punto filosófico y herejes desde el punto de vista teológico.
En Francisco cielo y tierra se encuentran. Los ideales evangélicos del amor y de la paz, en contacto con lo humano, echan las bases de una manera de pensar, celebrar, actuar y vivir que, inevitablemente, transforma de una manera u otra la vida de la sociedad. Debemos aprender con Francisco una nueva y vieja forma de amar a los demás más que a nuestro propio saber. Sentir más la vida y sus lazos y conexiones.
En el tiempo de San Francisco de Asís, la lepra era una forma de exclusión, de desprecio para muchos que decían ser seguidores del evangelio. En el beso al leproso (2Cel 9,9-11) y al referirse a los leprosos (2EP 58, 1ss), San Francisco nos enseña que es necesario ver más allá de la inmanencia.
Al tratar de la ecología, no tiene sentido contemplar solamente el estado de los animales, de las plantas, de los ríos, de los bosques. Debemos partir del ser humano, elemento fundamental, integrador, responsable y mayormente interesado en el mantenimiento del ecosistema y en el respeto del mismo, ya que la calidad de vida depende del medio ambiente.
Francisco recomienda a sus frailes que no posean animales (RnB 15,1) y hasta les prohíbe cabalgar (RnB 15,2). Llega hasta el extremo de dar un vuelco a la lógica relacional, diciendo que deberíamos nosotros someternos a los animales y no subyugarlos. (SV 17).
En muchísimas obras de tipo social y comunitario, en proyectos educativos, ambientales y pastorales, etc., la Familia Franciscana ha apoyado, sostenido y construido perspectivas más humanas y solidarias, ayudando de Norte a Sur, de Oriente a Occidente, a dar vida a una sociedad más pacífica, más justa y más fraterna.
La mística de la creación, basada en la espiritualidad franciscana, puede llevarnos a la auto sostenibilidad de una manera nueva y sabia. Y todo esto dando a nuestra existencia un sentido lleno, enriquecedor similar a la expresión y a la idea contenidas en el Cántico del Hermano Sol. Mirando todo y todos con un deseo profundo de alabanza, dejándonos encantar.
Orientación Bibliográfica:
FUENTES FRANCISCANAS Y FUENTES DE SANTA CLARA. Presentación de Sergio M. Dal Moro; traducción de Celso Márcio Teixeira [et.al.], Petrópolis: RJ, Vozes, 2004
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Ricardo.Antonio.Rodrigues,.Profesor.del.Centro Universitário Franciscano y del Colegio Franciscano Sant Ana, Santa Maria, Rio Grande do Sur, Brasil
Lo que hicisteis al último de mis hermanos, a mí me lo hicisteis” (Mt.25:40)
Hermana Mello, FCC
Las discusiones y decisiones que tuvieron lugar en el año 1986, con ocasión del Capítulo General, llamaron a los miembros de nuestra Congregación a ir al rincón más oscuro del mundo. Las palabras de nuestro Señor resonaron en el corazón de muchas hermanas, inspirándolos, dándoles fuerzas para arriesgar su vida a favor de sus hermanos y hermanas menos privilegiados en Kenya.
Era el año 1989: una pequeña semilla de la Congregación Franciscana Clarisa había sido sembrado en la tierra de la Parroquia Mbiuni, diócesis de Machakos, Kenya. Cuatro Hermanas empezaron a responder a su llamado especial: ponerse al servicio del pueblo de Kenya en diversos campos apostólicos. La semilla echó rápidamente raíces, floreció y sigue creciendo: se ha convertido en un gran árbol cuyas ramas se extienden hacia amplias y remotas zonas de Kenya. Actualmente hay 48 Hermanas profesas (de la India) y 7 Hermanas junioras (de Kenya) que ofrecen su servicio en 5 diócesis, desempeñando diversas actividades apostólicas. Esperamos poder responder cada vez más ampliamente a las necesidades de la gente y llevarles la Buena Bueva de la liberación traída por nuestro Señor.
Los lugares donde trabajan las Hermanas
Cuando las Hermanas llegaron, el lugar donde actualmente se encuentran era una zona salvaje, habitada por animales de la selva. No había suministros de agua, electricidad, ni tampoco fáciles transportes para moverse de un lado a otro. Realmente: un rincón sumido en la oscuridad. En general, a las tierras se las clasifica según los siguientes parámetros: áridas y semi-áridas. El agricultura constituye la ocupación principal de los habitantes, en su mayoría campesinos, y como es sabido depende totalmente de las lluvias. Toda la zona está cubierta de matorrales y plantas que los campesinos aprovechan para el ganado.
Esta situación no ha bloqueado a las Hermanas en su deseo de servir con alegría a la gente. E impresionadas por lo que las Hermanas hacen, son muchas las personas que se les acercan para darles cuantiosas ‘ofertas’ de manera que puedan prestar sus servicios en diversos lugares para trabajar por el desarrollo integral de la gente. Hasta Obispos de otras diócesis han pedido nuestra presencia en sus parroquias. Ahora nuestras Hermanas están trabajando en los siguientes campos apostólicos: -
Condición socio-económica - dónde está radicada la .F.C.C
La mayoría de nuestros campos de actividad están al lado de zonas montañosas y subdesarrollada de Kenya. La gente a quienes servimos son en su mayoría campesinos muy pobres y marginados. En la zona hay también unos pocos hombres de negocios. La gente sufre a causa de las escasas cosechas y muchos se convierten en víctimas de enfermedades como la malaria, la fiebre amarilla, la tuberculosis y ahora el VIH/SIDA. El transporte constituye un gran problema. El medio más común para desplazarse de un lugar a otro es la bicicleta o la carreta de bueyes. No hay carreteras de cemento en las aldeas, solamente las hay hechas de tierra, que con la lluvia se convierte en barro, volviendo imposible el tránsito.
En Kenya la educación cuesta mucho dinero. Hay escuelas públicas y privadas, pero muchos niños no pueden atender las escuelas porque tienen que andar kilómetros antes de llegar. Con la introducción de la Ley de Enseñanza primaria gratuita, ahora muchos pueden ir pero la calidad de la educación desea aún mucho que desear. Varias Hermanas prestan un servicio voluntario en este campo de la educación, elevando el nivel desde la base. En algunas zonas nos han dado un pedazo de tierra para crear instituciones que ofrezcan una educación de calidad. Es una alegría mirar y ver la manera en que gente campesinos sin cultivar llegan lentamente a ser personas capaces de mejorar su nivel de vida y sus modales.
Peculiaridades y sus problemas
La poligamia aquí se acepta culturalmente y a menudo constituye un menosprecio para la dignidad de la familia y el matrimonio.
El resultado es que un a buen número de niños que nacen ni se los quiere, ni se los cuida. Los males sociales conectados con la vida de familia son muchos y variados. Los sistemas poligámicos, las madres solteras, la muerte prematura de niñas, nuevos matrimonios, todo esto arrastra muchos problemas, como por ejemplo niños huérfanos, a quienes nadie quiere y cuida en la sociedad.
Estos niños sufren mucho no por sus errores, sino por los botín errores de sus padres. Se convierten en una gran amenaza para sus familias, sociedades y para el país en sentido amplio. Al descuidarse su educación, se convierten en presa fácil para todo tipo de indeseables prácticas, enfermedades y malas tendencias como el robo, la bebida, el fumo, las violaciones, etc. Dicho en breve, su crecimiento físico, emocional, mental, moral, espiritual y cultural corre serios peligros.
Muchas organizaciones se hacen presentes en estas zonas para aliviar, en la medida de lo posible, los sufrimientos de estos seres abandonados y para que suba el nivel de vida de los menos afortunados. Y nuestra Congregación también se ha puesto al servicio. La fuerza que impulsa todos nuestros proyectos es el fomento del desarrollo socio-económico de todos estos afligidos, dándoles educación y formación que pueda asegurarles su crecimiento y desarrollo integrales. Hemos empezado ya a hacer funcionar centros de rehabilitación donde a niños abandonados, no queridos y abusados se les ofrece una estancia confortable, asistencia sanitaria, un ambiente que les facilite el aprendizaje y un crecimiento y desarrollo armoniosos.
Tampoco olvidamos a los ancianos de la sociedad. Las visitas a domicilio nos han hecho descubrir la lastimosa situación de las familias. Nuestros ojos han visto a muchas personas mayores en sus casas abandonadas y descuidadas. Muchos buscan realmente ‘Cariño y Luz’. Y nuestra residencia para ancianos es un verdadero refugio para mujeres.
Asistencia sanitaria
La malaria es la enfermedad tropical de Kenya. El número de casos de VIH/SIDA aumenta cada día. Las estadísticas gubernamentales lo atestiguan y se lleva a cabo una campaña publicitaria en contra de esta enfermedad que mata. Afluyen del extranjero fondos para estos enfermos particulares. Sin embargo la tasa de mortalidad sigue siendo alta. Para nosotras el problema no es conseguir el dinero para los pobres. Lo importante es pedirlo por el buen canal y pedirlo para la justa causa.
Muchas de las personas que viven en las zonas rurales no tienen un fácil acceso a hospitales y dispensarios. Además los medicamentos y los tratamientos son muy caros en los hospitales. Nuestros dispensarios en las zonas rurales son una verdadera bendición para muchas personas afligidas y heridas en esos oscuros rincones de la tierra. Agencias locales y extranjeras están dispuestas a conceder fondos a las organizaciones que llegan a ayudar con la determinación de trabajar por los pobres, como voluntarios.
Conclusión
Según el espíritu de nuestro Padre Francisco y de Madre Clara e imbuidas también del espíritu de nuestras madres, nuestras Hermanas trabajan con entusiasmo y entrega en estos campos. Ofrecen, con celo, su vida compartiéndola con los pobres abandonados y despreciados, débiles y oprimidos. Muchos sacerdotes locales, obispos y altos dignatarios aprecian nuestro estilo de vida. Muchos quieren conocer nuestro carisma, saber más. Están seguros de que las Hermanas de la C.F.C. están al servicio de la gente no por motivos comerciales, sino por razones desconocidas, interiores y escondidas. Esperamos que estamos cumpliendo la misión de Nuestro Señor Jesucristo, quien escogió el camino de ser pobre, humilde y crucificado. Nosotras estamos muy contentas cuando vemos con nuestros propios ojos que muchos de los últimos de nuestra sociedad se benefician especialmente de nuestros humildes servicios. El gran impacto positivo que nuestro trabajo tiene nos da fuerza para aumentar cada vez más nuestros servicios.
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La Hermana Mello FCC es miembro de la Congregación de las Hermanas Franciscanas Clarisas de Kerala, India. Desde el año 2000 ha sido nombrada por el Consejo General como coordinadora de la Congregación en Africa. Como misionera, ofrece sus servicios desde hace 15 años en Kenya. En años anteriores ha enseñado en escuelas secundarias y superiores y ha sido Superiora Provincial.
El Señor nos hace la gracia de celebrar el jubileo, el 25° aniversario de la promulgación de la Regla TOR: tempo de gracia, pero también de reflexión y de síntesis.
El deseo de seguir compartiendo el carisma franciscano nos lleva a interrogarnos sobre la relevancia de la espiritualidad franciscana en el futuro y sobre las posibles modalidades para que sea visible y concreta. Esto quiere decir que nos preguntamos si hay futuro para nuestra espiritualidad, cómo será y cuáles serán sus puntales.
Concientes de que nuestro carisma y, por consiguiente, su vitalidad y su supervivencia están en las manos del Señor, vamos a intentar dar una respuesta a esta reflexión.
La Regla TOR explicita un núcleo fundamental y que identifica toda nuestra espiritualidad:
“La regola e vita dei fratelli e delle sorelle del Terzo Ordine Regolare di San Francesco d’Assisi è questa: osservare il Santo Vangelo, del Signore nostro Gesù Cristo, vivendo in obbedienza, in povertà e in castità” (n. 1). Quizá no hay una espiritualidad más sencilla (en el sentido etimológico del término simplex = sin pliegues), que la espiritualidad franciscana que se propone, desde los orígenes, observar el Santo Evangelio. Es el corazón, el núcleo, el sentido, la finalidad del carisma franciscano, y es posible vivirlo en todo tiempo y lugar. Es don, pero al mismo tempo es tare, que el Espíritu ha confiado a Francisco y a cuantos lo han seguido y lo siguen, don en beneficio de toda la Iglesia. Por lo tanto es la posibilidad de esta observancia lo que nos permite poder pensar a la importancia de nuestra espiritualidad en un futuro inmediato, pero también lejano.
La esperanza insta, pues, a decirnos, en la verdad, que la presenzia y la incidencia de la espiritualidad francescana en la Iglesia y en la istoria estarán íntimamente enlazadas con el amor y la fidelidad al Evangelio, con la opción radical del Evangelio in toto e sine glossa.
¿Qué ha significado para Francisco observar el Santo Evangelio si no es el dejarse transformar en el cuerpo y en el espíritu en un alter Christus? Así, para nosotros, que compartimos este carisma, quiete decir acoger la llamada a conformarnos con el Señor Jesucristo, y esta transformación se da en la relación de vida y de salvación para mi y para los demás, con el Resucitado.
En esta observancia se desarrolla y vive la fidelidad a la Iglesia y encuentra manera de expresarse en el amor por los más pobres: “I fratelli e le sorelle sono chiamati a curare i feriti, risollevare gli abbattuti e richiamare gli smarriti” ( n. 30).
Un tal amor por el prójimo está incastonato en el amor por la Iglesia: “ I fratelli e le sorelle promettono obbedienza e riverenza al Papa e alla Chiesa Cattolica (…), promuovano sempre l’unità e la comunione con tutti i membri della famiglia francescana” (n. 3) y “sempre sudditi alla santa Chiesa e saldi nella fede cattolica, osservino la povertà, l’umiltà e il Santo Vangelo del Signore nostro Gesù Cristo” (n. 32). Probablemente la fidelidad a la Iglesia y el amor hacia los más pobres seguirán siendo los caminos privilegiados por medio de los cuales despuntarán nuevas modalidades para vivir y expresar nuestra espiritualidad.
En nuestro ser hermanos y hermanas, es decir personas llamadas a construir relaciones de comunión y de caridad, podemos curare i feriti, risollevare gli abbattuti, e richiamare gli smarriti. Justamente porque franciscanos/as no podemos permanecer insensibles o indiferentes ante una humanidad cada vez más desconcertada, herida, abatida, desorientada, que ha perdido el Camino guiado por la Verdad y qui ha perdido el valor de la Vida. Este “clamor” nos interpela a que dejemos que en nosotros, tantos hermanos y hermanas, pueden descubrir el camino de encuentro con Dios, puedan descubrirle a El. El cómo y el camino nos lo enseña el mismo Señor: es la lógica de la Encarnación, del amor que impulsa a compartir y a hacerse cargo. Mientras que la humanidad queda cada vez más marcada por la lógica del egoismo y del individualismo, el carisma franciscano está llamado a buscar modalidades, cada vez más auténticas, de comunión con y fidelidad a la Iglesia. Y esto empezando desde nuestras fraternidades: es preciso ponerse en una actitud de acogida del Espíritu que sopla y nos impulsa siempre hacia el bien de la Iglesia y de la humanidad.
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Hermana Maria Stella Carta, SSM, Hermanas de la Virgen Dolorosa De la Tercera Orden Regular de San Francisco de Asís
Mirando hacia el futuro... Ningún ser humano puede saber y ver cómo será la espiritualidad en el futuro. Pero en mi opinión es posible vislumbrar algunos puntos importantes. Enumero unos cuantos:
Ser humanos en el mundo, vivir como una de las billones de criaturas de Dios es el primer punto de nuestra vocación. Animo a todos, a todas a experimentar, vivir y mostrar el amor divino que nos ha creado y que nos sigue creando con su amor de padre. Se trata sencillamente de reconocer que Dios es Padre, y que cada uno de nosotros es un ser único, una persona irrepetible. Cada uno de nosotros debe reconocer esta dignidad, sentirse orgulloso de tenerla y respetarla en los demás.
Ser cristianos en el mundo significa para mí vivir el gozo de ser redimido, y hacer todo lo que puedo para que otros lo experimenten y lo vivan. Ya que hemos sido bautizado, esta parte de nuestra vida es la primera parte, la fase inicial de nuestra vida eterna. Al respecto, nada es más importante para nosotros en este mundo que el ser testigos del evangelio: en nuestra oración, en nuestro trabajo, en nuestra comunidad.
Ser Franciscanos en el mundo parece ser más evidente, ya que tenemos a un seráfico padre, que nos dio el ejemplo de cómo seguir las huellas de Cristo. Ahora bien, los Franciscanos hemos tenido siempre la tentación de seguir a Francisco. Quizá habría que prestar mucha atención a este punto. Sabemos que el mundo hoy en día está lejos de Dios: es pos ello que más que nunca debemos dirigir nuestra vocación hacia Cristo. Cuando miramos a Francisco, debemos recordar que nuestra atención debe centrarse en Cristo, y que nuestra vocación franciscana es un camino de vida, un medio, un punto de partida, no un fin. Como Francisco nos dijo: “Hermanos empecemos a amar....".
Bien, pero ¿cómo hacerlo? ¿Cuáles podrían ser las respuestas a las actuales exigencias del mundo que nos muestran el camino hacia el futuro? Trato de compartir algunas ideas, muy sencillas, que tengo al respecto.
Pensar globalmente – actuar localmente. El estado actual del mundo es diferente. Lo podemos ver a nuestro alrededor: pensar localmente, actual globalmente. Todo el sistema económica, y a veces hasta las religiones, parecen haber olvidado al individuo. Más las cosas son difundidas y mayor es la pérdida en las relaciones humanas. Sin negar la utilidad de las acciones globales, nuestra vocación tendría que responder más a las necesidades locales. Nuestros pequeños pasos son el óbolo de la viuda.
La manera de pensar de hoy hace que se pierdan los lazos fraternos y que nos separemos unos de otros y también de Dios. De aquí la importancia de la fraternidad: los lazos que fortalecen la relación entre la gente fortalecen también los lazos entre Dios y el hombre. Lo contrario también es verdad: cualquiera que está unido a Dios con su oración y contemplación, es un instrumento de Dios en la vida fraterna, en las relaciones humanas.
La manera liberal de pensar, el liberalismo a veces se viste con el traje de la libertad de Dios. Se dice que la libertad es siempre la misma. Pero ¿es cierto? La única verdadera verdad es que somos hijos de Dios, sus criaturas. ¿Quién está en el centro? ¿El Señor o yo? Ser libres significa que yo acepto el que es Dios quien me da su ley y su amor. No como el mundo dice hoy: tus propias leyes y tu propio amor. En lugar de centrarme en mí, Dios me da una perspectiva, un fin, una dirección. En vez de un callejón sin salida, tenemos un camino por el que merece la pena andar. Solamente este camino se abre hacia el futuro.
El Concilio Vaticano II ha animado los movimientos espirituales y las órdenes religiosas a redescubrir las raíces de su espiritualidad. Yo también invito a reconsiderar nuestra tan rica tradición, cómo es, lo mucho que podemos aprender de nuestros antepasados.
De Francisco: que nos hace descubrir que Dios es un padre y que todos somos hijos suyos, hijas suyas. Esta fraternidad, esta sororidad con todas las criaturas es la garantía de que tenemos un futuro.
De San Bernardino de Siena quien nos invita a dirigir nuestra mirada al nombre de Jesús y nos hace recordar que nuestra fe, nuestra religión es una Persona en el centro, t no una mera teoría. Solamente una persona puede amar, con un amor que dura por siempre.
De Santa Isabel de Hungría quien en todos las fases de su vida estuvo convencida de que Dios no abandona nunca.
Aprendamos del pasado, vivamos el presente, miremos hacia el futuro. Estos tres verbos nos pueden inspirar a tomar el barco. ¡Mar a dentro!
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Tibor Kauser OFS está viviendo en Hungría. Es Franciscano Seglar desde hace 18 años. De profesión: arquitecto.
En el caso de San Francisco, su ‘estar en relación’ fue evidente a lo largo de toda su vida. Sus escritos: Alabanzas al Dios Altísimo, las Admoniciones, el Cántico a las criaturas, las Reglas, el Testamento y hasta las Biografías nos ofrecen una clara visión de un hombre que estaba en profunda relación con Dios. La Paternidad de Dios y la Fraternidad (Amor Fraterno) de Jesús, hicieron que Francisco considerara todo el universo como una fraternidad, y hasta una familia de Hermanos y Hermanas. Las Características de la Fraternidad Franciscana, en las que es posible percibir abundantes rastros de la noción de relación, nos ayudan a entender el concepto de una relación imbuida de la Fraternidad y Sororidad Franciscana.
La Fraternidad Franciscana estaba arraigada en la Caridad Evangélica (RnbB9.13, RB.6, 10,1Cel.38). Había una Mutua Aceptación en la Fraternidad Franciscana que hasta Santa Clara adoptó en su propia comunidad (C.Assi.51, 1Test.). Respeto Mutuo y lealtad hacia todos fueron el sello de la Comunidad Franciscana (Am.15, RB.7). La Disponibilidad hacia todos es inherente cuando uno renuncia a todo y sigue al Señor. Una renuncia total nos hace disponibles para ayudar y colaborar con los demás. El dicho “la pobreza une y la riqueza divide y aliena” encuentra aquí su lugar (Rnb.9, 3,2Cel.180). La Total Igualdad que pide abandonar las distinciones entre personas cultivadas y no, mayores y pequeños, sabios e ignorantes, superiores e inferiores, es un hermoso concepto en la Fraternidad Franciscana (2Cel.191). Es aquí, en este sentido donde Francisco transmite la idea de que los superiores son siervos de todos (RnB.6,3). El Diálogo y el Encuentro Fraternos son las otras características principales que podemos encontrar tan señaladas en la Fraternidad Franciscana. Una personas que escucha la palabra de Dios y la medita está en diálogo con Dios y con los demás (1Cel.20, 30.RnB.18). T Este diálogo con Dios debería extenderse a personas de todas las creencias, religiones, denominaciones y a todas las criaturas. Y de hecho vemos que la Fraternidad Franciscana era abierta a todos: a ladrones, bandidos, amigos y extranjeros, enfermos (leprosos) y sanos, pobres y ricos (RnB.7, 15). San Francisco ordenó a sus Hermanos que fueran amables y respetuosos con todos, como son con sus fuerzas y debilidades (RB.3, 11-12). De aquí que encontramos una Fraternidad Franciscana abierta a todos y a todas las criaturas (1Cel.60, 61, 77-79).
Vivir estas características y vivir la Fraternidad y la Sororidad, que obviamente se basan en el Evangelio, (cfr. Jn15,12, Lc 6,27, Jn 17,21, Mt 18,22, Mt 5,41) es la mejor manera y quizás el nuevo camino de vivir la Espiritualidad Franciscana. El encarnar estos valores franciscanos en nuestras vidas seguramente nos convierte en verdaderos Franciscanos el vivir estos valores para que todo el pueblo de Dios los vea y experimente mostrará sin lugar a dudas la relevancia de la Espiritualidad Franciscana. En esta era nuclear sabemos cómo hacer para que hacer añicos a la humanidad, pero no sabemos ¡cómo recomponerla! Recomponer las piezas rotas es la finalidad de la Espiritualidad, de la Espiritualidad Franciscana.
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Xavier Antony CMSF cursa el último año de la Facultad de Espiritualidad Franciscana (Licenciatura) en la Pontificia Universidad Antonianum, Roma. Es miembro de la Congregación de los Hermanos Franciscanos Misioneros, fundada en 1901 para el desarrollo de la India. Es formador y en esa calidad ha ayudado en varias casas de formación de la congregación por varios años.

Los hermanos y las
hermanas sean
Mansos, Pacíficos y
Modestos, Apacibles y
Humildes, hablando
con todos Dignamente,
como Conviene.
(TOR Regle, 20)
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