![]() Nombre Publicación PROPOSITUM Vol. 11 - N. 1 - Junio 2008 |
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La Relación con Dios, como Base para la Fraternidad
Hermano Michael J. Higgins, TOR
“El Señor me Regaló Hermanos…”(Test 14)
Hermana Rossana Villablanca, OSF
La Fraternidad Franciscana Abierta a Todos
Hermana Daria Koottiyaniyil, FCC
La Fraternidad Franciscana: Comunión en la Diversidad
Hermana Mary Elizabeth Imler, OSF
Fraternidad– Una Perspectiva Franciscana Seglar
Joan Geiger, OFS
La Fraternidad Franciscana : Un Desafío
Hermano Andreas Müller, OFM

Alaben al Señor, rey del cielo y de la tierra,
los hermanos y las hermanas con todas
las criaturas, y denle gracias.
(TOR Regla,10).
“Los hermanos y las hermanas ámense entre sí por amor de Dios, come dice el Señor: este es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado” (Regla TOR 7,23)
Este número de propositum está dedicado a la Fraternidad Franciscana. Los autores miran desde distintos ángulos cómo podemos vivir hoy la fraternidad franciscana en un mundo donde la paz global está amenazada de muchas formas y en muchos lugares. La visión de fraternidad que tiene Francisco fue para él un reto, y lo sigue siendo para nosotros, en nuestro tiempo.
Este número contiene seis artículos que abordan diversos aspectos de la fraternidad franciscana. El padre Michael J. Higgins, TOR, nos habla de cómo Francisco abordó dos interrogantes que han tenido siempre una importancia capital en la discusión teológica cristiana a lo largo de los siglos: ¿Quién es Dios? y ¿Cuál es la respuesta humana adecuada que el hombre puede dar a Dios? La hermana Rossana, OFS, indica que la fraternidad es un don de Dios, y que la iniciativa divina arraiga en un corazón disponible, un corazón abierto. La hermana Daria Koottiyaniyil, FCC, nos ofrece un artículo que habla de la visión de fraternidad que tenía Francisco: una visión universal. El beato Francisco vio la bondad de Dios reflejada no solamente en su alma, sino en toda la creación.
Según la hermana Mary Elizabeth Imler, OFS, la vida franciscana es una comunión basada no sólo en una estructura o en el funcionamiento de la misma, sino también en la relación. La hermana Joan Geiger, OFS, comparte su experiencia de fraternidad a nivel local, regional, nacional e internacional desde una perspectiva franciscana seglar.
El padre Andreas Muller, OFM, en su artículo, “La fraternidad franciscana: un reto” hace hincapié en la necesidad de un vuelco revolucionario en la sociedad y en la Iglesia como en tiempos de Francisco, para crear hoy la Fraternidad franciscana.
Mi más sincero ‘gracias’ a todas las personas que han colaborado.
Hermana Daria Koottiyaniel, FCC
Hermano Michael J. Higgins, TOR
Introducción
Esta breve reflexión se centra en cómo san Francisco trató de entender los dos interrogantes principales que se han planteado en la discusión teológica a través de los siglos:
¿Quién es Dios?
¿Cuál es la respuesta que el ser humano debería dar a Dios?
Es importante considerar que Francisco no era teólogo, no nos ha dejado ninguna presentación sistemática de las cuestiones teológicas candentes de su tiempo, ni ha desarrollado a conciencia un paradigma teológico o un modelo de investigación teológica. No ha tratado de construir un sistema teológico para explicar la divinidad. Todo esto se queda corto ante la realidad divina que irrumpió en la vida de Francisco, de forma personal, con fuerza y claridad.
Para Francisco, Dios era el Creador inmanente, el Redentor, el Santificador que le amaba (y amaba a todos) y que deseaba implicarse activamente en su vida. Francisco hablaba y escribía siempre sobre una relación profundamente personal y mística con un Dios de amor. Esto se ve particularmente en sus Alabanzas al Dios Altísimo en las que Francisco usa la segunda persona del singular, la forma familial tu en su latín: “Tu es sanctus Dominus Deus solus, qui facis mirabilia” - “Tú eres el santo, Señor Dios único, el que haces maravillas” (AID 1). La distinción no es así de clara en otras lenguas, como por ejemplo en inglés, pero es significativo el que Francisco rezara como un niño que se dirige a su padre o a su madre, y probablemente como Jesús rezaba. Es evidente que a Francisco no le interesaba el Dios de los filósofos o de los teólogos, sino el Dios que toca su vida, el Dios de la revelación y del Verbo que se manifestó a la humanidad a través de toda la historia, y especialmente en Jesucristo. Este es el Dios del que Francisco tuvo experiencia: el Dios que lo amaba, el Dios interesado en su vida, el Dios que lo invitaba a una relación personal con él y que lo invitaba a amar de verdad a sus hermanos y hermanas.
¿Quién es Dios?
En años recientes, se ha discutido mucho sobre la oportunidad o no de llamar a Dios con el título de “Padre”. La crítica y el movimiento feminista insisten en un lenguaje más inclusivo que habría que usar en la espiritualidad y en la teología. Sin embargo, es importante ocuparnos de las figuras históricas como son y en el contexto de vida en que se formaron y crecieron. San Francisco pertenece al Siglo XIII italiano, nacido en una pequeña ciudad en el valle de Umbría. En ese tiempo, la cultura ponía mucho el acento en la familia. La unidad familiar ayudaba a plasmar la propia percepción, a tener un puesto en la sociedad, y daba respaldo y ayuda ante las duras condiciones de la vida. Cuando Francisco rompió con su padre, Pedro, y se puso bajo la protección de la Iglesia, se separó de la fuente de lo que la sociedad consideraba esencial para la vida, la seguridad y la felicidad. Las muchas veces que Francisco escribió sobre sus relaciones y su identidad indican que nunca cortó del todo los lazos familiares. Después de haber abandonado a su familia terrenal, como vemos claramente en la escena ante el obispo de Asís, el Santo se entrega a Dios. El Dios de bondad, el Altísimo, se convierte en su padre, Jesús es su hermano y toda la creación es vista por él como parte de su nueva familia alargada.
Francisco descubrió y experimentó otra dimensión de la bondad de Dios, cuya mejor expresión es paternidad. Experimentó a Dios como padre suyo, padre de los que le siguen, y no como a alguien distante y desinteresado. Fue una experiencia profundamente personal e íntima que le ayudó a reorientar toda su vida. En sus escritos, el Santo se refiere a Dios como Padre, ¡por lo menos ochenta y nueve veces! La paternidad de Dios fue experimentada por el Santo, o por lo menos la afirma, al comienzo de su conversión, durante la dramática escena ante el obispo de Asís. En ese momento Francisco se desnudó, devolvió todos sus bienes terrenales al padre, y afirmó públicamente “pero de aquí en adelante puedo decir con absoluta confianza, ‘Padre nuestro que estás en los cielos,’ en quien he depositado todo mi tesoro y toda la seguridad de mi esperanza” (LMj II,4). Más tarde en su camino espiritual dirá a sus seguidores lo que Jesús dijo a sus discípulos: “y no llaméis a nadie padre sobre la tierra, pues uno es vuestro Padre, el que está en los cielos” (1 R XXII,34).
El término “padre” pone de relieve la especial intimidad que Francisco creyó que Dios deseaba tener con todos. Como explicó en la Primera exhortación a los hermanos y hermanas que hacen penitencia, son dichosos y benditos todos aquellos que aman al Señor u a sus prójimos como a sí mismos, y reciben la Eucaristía, y aborrecen el pecado y hacen frutos dignos de penitencia:
...porque se posará sobre ellos el Espíritu del Señor y hará en ellos habitación y morada y son hijos del Padre celestial, cuyas obras realizan; y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jescucristo. (1CtaF 5-7)
Muchas veces Francisco añade los términos de “Padre santo”, “Padre mío” y “Santísimo Padre” a los títulos con que se dirige a Dios.
Poco después la aprobación verbal recibida por Francisco y sus primeros seguidores de vivir y predicar penitencia, él dice a sus seguidores que cuando rezan tendrían que decir sencillamente el Padre Nuestro y luego alabar a Cristo. Más tarde, después que la fraternidad adoptara el salterio como norma para los hermanos, el Santo prescribió el Credo y decir una serie de oraciones del Padre Nuestro en varios momentos a los hermanos que no sabían leer (cf. 1 R III,9-10). Además invitó a todos los fieles a que rezaran juntos la siguiente oración:
Amemos, pues, a Dios y adorémosle con puro corazón y mente pura, porque esto es lo que sobre todo desea cuando dice: Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad... Y dirijámosle alabanzas y oraciones día y noche, diciendo: Padre nuestro, que estás en los cielos... porque es preciso oremos siempre y no desfallezcamos. (2Cta F 19-21)
Francisco, movido profundamente por el entrañable amor de Dios, y lleno de un amor sobreabundante, resume así su gratitud:
¡Oh, cuán glorioso es tener en el cielo un padre santo y grande! ¡Oh, cuán santo es tener un esposo consolador, hermoso y admirable! ¡Oh, cuán santo y cuán amado es tener a un tal hermano e hijo agradable, humilde, pacífico, dulce y amable y más que todas las cosas deseable, nuestro Señor Jesucristo! (2Cta F 55-56)
La experiencia que Francisco tiene de Dios como Padre tuvo un impacto profundo en su manera de referirse a Dios, en su manera de sentirse hijo, criatura de Dios y en su relación con sus hermanos y hermanas y con toda la creación. Y allí donde esto se nota con más claridad es, naturalmente, en el Cántico de las Criaturas.
Según Francisco, el amor divino de Dios donde mejor se expresa es en el asombroso, inspirador don de la Encarnación. A menudo habla del amor de Dios que se manifiesta en la mortificación o en el anonadamiento de Cristo en este evento. Manifiesta que hay que alabar a Dios que ha creado todas las cosas “espirituales y corporales y habiéndonos hecho a Su imagen nos puso en el paraíso”(1 R XXll1, l). Cuando hombres y mujeres cayeron en el pecado, este Dios de amor “nos dio a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre” (1 R XIII, 3) para nuestra redención. El Hijo entonces, “se humilla, como cuando desde el trono real descendió al seno de la Virgen” (Adm I,16) en el pan sagrado y en el vino sagrado de la Eucaristía…Este acto del anonadamiento de Cristo que continúa en el tiempo tuvo tal impacto sobre Francisco que a menudo no pudo pensar en nada más. El hecho que Cristo asumiera la carne de la humanidad y la fragilidad humana de la Virgen María y se hiciera hombre – y el hecho que siga haciendo esto cada vez que se celebra la Eucaristía- sorprendió y deleitó al santo de Asís.
Por la intensa devoción que Francisco tenía por Jesús, la espiritualidad franciscana ha sido a menudo descrita como profundamente cristocéntrica, es decir, basada en la persona y en el ejemplo de Jesucristo más que en otra cosa. Francisco encontró en Jesús la expresión más total de la anchura y profundidad con que Dios estaba y está dispuesto a encontrar a todas las mujeres y a todos los hombres, y a entrar en relación con ellos. Los momentos clave de esta irrupción divina son para Francisco la Encarnación, la Pasión y la Eucaristía, o como algunos quieren decir: el pesebre la cruz y el cáliz. “No hay nada que indique más gráficamente la pobreza, la humildad que el Verbo Divino aceptó al encarnarse que la impotencia de la infancia, el estado indefenso de la crucifixión y el silencio de la Eucaristía.”
Ahora bien, una vez más, estos elementos del poder salvífico de Dios fueron experimentados por Francisco en primer lugar en una forma muy personal. Vio en Cristo un modelo de amor fiel y de adhesión a la voluntad de Dios, el paradigma par excellence de cómo la pobreza y la obediencia son expresiones de una relación de amor con el amor divino. Dios había tocado tan profundamente su vida que él añoraba vivir como Cristo había vivido y así llegar a ser un digno hijo de “tan noble Padre”. El recrear la primera escena navideña en Greccio, el amor intenso por la Eucaristía y los eventos místicos de un retiro solitario en La Verna como también el recibir los estigmas todo es testimonio elocuente de la enorme devoción de Francisco por Cristo. Ahora bien, los eventos ordinarios de la vida del Santo nos ayudan a hondar más aún en su espiritualidad.
Varios relatos de las primeras biografías ponen de manifiesto que lo que separaba a Francisco de quienes eran inspirados por un estupendo atardecer es que Francisco encontró belleza y sentido en los aspectos menos estéticamente agradables del mundo físico. Un gusano le indicaba a Cristo porque en el Salmo 22, David, antepasado y prefiguración de Cristo, proclamó: “Soy gusano, y no hombre.” En un leproso, Francisco descubrió la imagen de Cristo en el siervo sufriente del canto de Isaías. Cuando Francisco vio dos palos cruzados en el suelo, se sintió impulsado a meditar sobre Cristo y su cruz.
El don de Francisco, tan bien expresado en este pasaje, es que fue capaz de ver de forma distinta gracias a la experiencia que tuvo de Cristo y del amor de Dios. Cuando se tiene una relación significativa con Dios, el Misterio de todo lo que es, vemos toda la creación como imbuida de la presencia misma de la divinidad. Todo se ve como participando en la fraternidad de la creación, como hermano y hermana.
¿Cuál es la respuesta que el ser humano debería dar a Dios?
El ejemplo y el desafío que Francisco dejó a sus seguidores indica muy claramente que una vida que quiera ser realmente humana necesita de la relación íntima con Dios. Esto no hace sino que confirmar la intuición que muchos santos y místicos expresaron tan a menudo: hombres y mujeres encuentran su identidad solamente en una relación o amistad mutua y continua con el Creador de todo. Esta convicción de Francisco le llevará a afirmar en la Admonición XX que una persona es lo que es ante Dios y nada más. Por consiguiente, la relación con Dios nos apremia a entrar en una relación hecha de amor y de atención con los demás. El amor y la relación con Dios y una apertura a entrar en relación con los demás son dos elementos no negociables y constituyen el fundamento de cualquier tipo de fraternidad franciscana.
La premisa de base es que Dios ha creado a los hombres y a las mujeres para la relación: relación unos con otros y con Dios, que es plenitud, con la Trinidad. Dios es el divino creador y los hombres y las mujeres somos criaturas. Y justamente en esta criaturidad Francisco vio la grandeza y la dignidad de la humanidad. De la experiencia de Francisco se desprendió la intuición según la cual la santidad nace de abrazar la condición humana en todas sus dimensiones. La espiritualidad franciscana no es una huida del mundo o de su propia humanidad sino una implicación y participación activas en estos campos.
La respuesta de Francisco a la pregunta sobre la respuesta que el ser humana tiene que dar a Dios está resumida en el primer versículo de la Primera Carta a los Fieles. Es sencillamente una llamada a todos a “amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con todas sus fuerzas, y a sus prójimos como a sí mismos” (1CtaF 1). Esta frase repite la enseñanza de Cristo sobre los dos grandes mandamientos (Mt 22,37) y manifiesta que el fundamento esencial de la espiritualidad cristiana se basa en la relación y en el amor, los elementos esenciales de la fraternidad.
ENDNOTES
1. Eric Doyle, “St. Francis of Assisi and the Christocentric Character of Franciscan Life and Doctrine,” en Kenan Osborne, ed., Franciscan Christology (St. Bonaventure, N.Y.: The Franciscan Institute of St. Bonaventure University, 1980) 10.
2. William R. Cook. Francis of Assisi (Wilmington, Delaware: Michael Glazier, 1989) 54-55.
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El padre Michael J. Higgins, TOR, es actualmente ministro general de los hermanos de la Tercera Orden Regular y reside en la Basílica de los santos Cosme y Damián en Roma. Anteriormente, y por seis años, ha sido Asistente Espiritual General de la OFS y ocho años maestro de novicios de la Provincia del Sagrado Corazón en Estados Unidos. Cursó estudios en el Antonianum donde obtuvo el doctorado en espiritualidad franciscana que luego enseñó en la Universidad de San Francisco, Loreto, en Pennsylvania y en la Universidad franciscana de Steubenville, en Ohio.
Hermana Rossana Villablanca ,OSF
A diferencia de otras grandes figuras del cristianismo Francisco de Asís, no fue un gran escritor, su mensaje fue sobre todo su vida entera, una llamada profética a anclar la Iglesia en la vida del Evangelio.
El Testamento es uno de los escritos (el cual ciertamente no fue escrito por él, sino por sus contemporáneos) donde podemos mejor dimensionar su profundidad y riqueza espiritual, en el encontramos su revisión de vida, y al mismo tiempo de como trató de ser fiel a los valores del Evangelio, siguiendo un proyecto de vida, enraizado en los valores del Reino, que aún se nos desafía a vivir.
“ Y después que el Señor me regaló hermanos, nadie me enseñaba qué debería hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo Evangelio”(Test. Nº 14). Sin duda en este párrafo podemos encontrar el testimonio del origen de la fraternidad como un regalo de Dios, donde se destaca la absoluta iniciativa divina en un corazón disponible, cada hermano, hermana, es un gran don de Dios y por tal motivo debemos cuidarlo, respetarlo por lo que es, regalo de Dios.
Francisco en cada segundo y minuto de su vida vivió buscando la voluntad de Dios, su único guía fue el mismo Señor, tal como él lo dice en repetidas ocasiones “nadie me enseñaba que debería hacer sino que el Altísimo…” deja claramente manifestado que la fraternidad tiene su origen en Dios mismo y que el mismo Dios la dirigía, por lo tanto cada hermana, hermano es sagrado y así lo sintió y lo vivió Francisco, y como él mismo repetía innumerables veces “ no busco otra cosa que hacer la voluntad de Nuestro Señor Jesucristo, que es vivir según el Santo Evangelio”. Francisco no deseaba una nueva orden religiosa, como nos lo señalan los escritos de grandes biógrafos del santo, sino que nada más ni nada menos que seguir a Cristo, como se le reveló en el evangelio.
Cuando reflexionamos su Testamento Nº 14 , para muchos tal vez esto no es de una gran originalidad ya que grandes santos de la época vivieron según el evangelio, pero ciertamente su singularidad radica en querer vivir esto dentro de la Iglesia, y conocedores somos ya del contexto histórico social y de las estructuras eclesiales en el cual Francisco vivió, y desde ya, esto suponía un gran desafío. Cuando Francisco dice “ el Señor me regaló hermanos…” nos señala el paso de la experiencia individual a la fraterna , él no buscó seguidores o discípulos sino que sus hermanos fueron dados por Dios.
Este fragmento es sin duda un autotestimonio de como vivió Francisco y sus seguidores, en él subyace el origen de la fraternidad, la cual se fue dando con la presencia de los hermanos y que solo el Señor es el que le puede dar las pautas a seguir , que es vivir según el Santo Evangelio.
Ciertamente los hermanos son un regalo de Dios, como ya lo hemos dicho al inicio de este artículo, porque Francisco no los busco sino que le fueron dados y este es el hecho que marca toda la naturaleza de su espiritualidad en la fraternidad, por lo que marcó una gran diferencia de la vida religiosa monacal de su tiempo, de vivir el evangelio según la forma apostólica.
Toda la experiencia de vida de Francisco está ahí, en la fraternidad, como don gratuito de Dios y vivir según el evangelio supone realizar el proyecto de vida en el espíritu de las bienaventuranzas, que él mismo vivió en plenitud.
Este proyecto de vivir en el espíritu de las bienaventuranzas (Mt5), encierra toda una regla de vida, Francisco supo descubrir lo esencial de este sermón, se sintió interpelado a tal modo que no quiso hacer otra cosa sino que vivir según el evangelio. En las bienaventuranzas encontró la luz, lo esencial de todo creyente, y en este proyecto de vida se encaminó, sintiéndose pobre ante Dios, reconoció que Dios es el primero , que es el creador, minoridad ante Dios, reconoció su pequeñez , su humildad, su realidad.
Así, como él experimentó la misericordia de Dios, también debemos ser misericordiosos con los hermanos/as, y por esta experiencia vivida es lo que lo lleva a ser portador de paz, y de denunciar todo tipo de injusticia, que es lo que destruye la vida fraterna.
En este espíritu de las bienaventuranzas es de donde brota la dinámica que vivifica la fraternidad y hace de ella un lugar perfecto en el crecimiento humano y espiritual para todos los hermanos. Es en la comunión y en el intercambio de los dones del Espíritu, y en la gratuidad para con Dios por el don del hermano, son el centro de la fraternidad y por sobre todo la fuente de las relaciones interpersonales. Es en esta nueva mirada sobre la fraternidad que constituyó una nueva forma de vida evangélica y que dio una nueva visión del mundo, es decir su mirada y la de sus seguidores se volvieron más humanos, experimentaron que las personas, las cosas, son criaturas de Dios, son un gran regalo y dignas de amistad, de fraternidad y desde esta visión brota la auténtica común unión (comunión). Francisco vivenció que una auténtica fraternidad evangélica es el lugar donde brota y surge la vida nueva en Cristo.
La vivencia personal de Francisco de Asís se constituyó en la vivencia de un grupo, dando así el origen a la fraternidad franciscana, teniendo el evangelio como el centro de toda forma de vida. Estamos llamados/as a vivir una espiritualidad Cristo céntrica , Cristo en el Evangelio, Cristo en la Eucaristía, y Cristo en todos nuestros hermanos y hermanas, lo que, sin duda sigue siendo, aún hoy para nosotros/as, un desafío.
La apertura de Francisco al espíritu y su fidelidad al evangelio como proyecto de vida realizable, es sin duda uno de los grandes desafíos para nosotras/os hoy. Vivimos en un mundo globalizado e individualista, así también lo señalaba el padre Giacomo Bini OFM (ex ministro general en la carta a toda la orden del año 2.000) “El mensaje franciscano de la fraternidad universal como invitación al respeto, a la «reconciliación de lo distinto», a la búsqueda de comunión, se presenta con toda su fuerza como palabra de esperanza y como valor evangélico alternativo en este momento preciso en que se advierte el poder destructivo del individualismo”, porque vivimos en un mundo que avanza a pasos vertiginosos es que la vida fraterna se hace cada vez más difícil, y nos interpela hoy, y lo seguirá haciendo mañana, para quienes queremos y buscamos en la vida fraterna un lugar vivo, centrada en los valores del reino , en que no se busca otra cosa sino que ser un signo de la vida nueva en Cristo, teniendo como base el mandamiento del amor “Amaos unos a otros como yo os he amado”, viviendo en fraternidad y en humildad, esto es en minoridad, entonces seremos así una auténtica fraternidad franciscana.
Nuestra Iglesia de hoy tiene muchas y diversas necesidades pero una de las más urgente e importante es la que tenemos que dar como seguidores/as de Francisco, es ofrecer al mundo una auténtica respuesta a su sed de espiritualidad, a su sed de trascendencia.
Entonces actualicemos hoy las palabras de Francisco, revisemos nuestras fraternidades, preguntémonos si estas son:
“¿espacios de encuentro en donde damos y recibimos amor?,¿dónde ubicamos en nuestras relaciones fraternas el mandamiento del amor?,¿podemos decir que nuestras fraternidades son un signo de la nueva vida en Cristo?, ¿son fraternidades evangélicas y apostólicas?, ¿siguen estando nuestras fraternidades atentas a la escucha de la palabra de Dios?,¿nos dejamos interpelar por Francisco y por el espíritu que movía a sus seguidores?, ¿nuestras fraternidades son aún significativas para las personas y para las comunidades de cristianos que nos circundan?”.
Hoy nos sigue interpelando el crucifijo de San Damián, junto con Francisco preguntémonos “Señor ¿que quieres que haga?”, y podremos interpretar las palabras de Cristo “Ve, repara mi Iglesia”.
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La hermana Rosana Villablanca Escobar, OFS, es actualmente miembro del Consejo General de la Hermanas Educadoras de San Francisco, y reside en Roma. Nació en la ciudad de Viña del Mar, en Chile. Tiene un master en sociología. La hermana Rosana ha enseñado en colegios de Chile, y ha estado implicada en la formación continua.
Hermana Daria Koottiyaniyil, FCC
Introducción
Vivimos hoy en un mundo azotado por falta de armonía e integridad de vida. Nos hemos dado cuenta de que nuestro poder creativo lo usamos más para destruir que para construir. En un mundo de tecnología y materialismo, donde las relaciones humanas están amenazadas por organizaciones y estructuras impersonales, es más importante que nunca hacer crecer con fuerza la llama de amor. “Así reconocerán todos que ustedes son mis discípulos: si se tienen amor unos a otros”(Jn 13:35). En este contexto, la fraternidad que Francisco vivió en la Edad Media, es hoy muy válida. Supera las fronteras nacionales. Francisco buscó un nuevo estilo de vida, con una nueva sensibilidad hacia los demás, que le llevó a besar las heridas de un leproso, a identificarse con los mendigos, a tejer amistad con gente de otras religiones, a reconciliar entre ellas las autoridades civiles y religiosas de Asís y a aceptar todas las criaturas como ‘hermanos y hermanas’ nacidos/as del mismo amor creativo.
La fraternidad de Francisco abierta a todos lanza un reto a la sociedad ambiciosa, individualista, impersonal y autoritaria de su tiempo. Y justamente en un contexto de pobreza es donde Francisco encuentra el problema de fraternidad. Se dio cuenta de que podía ser un hermano tanto para los majores como para los minores sólo en la medida en que se fuera alejando de los seguros confines de su hogar para ir hacia la ‘plaza del mercado’. Cuando Francisco habla del profundo misterio de hermandad y unidad indica siempre a Cristo como nuestro hermano que dio la vida por sus ovejas y que rezó por nosotros al Padre. Su relación personal con Jesús lo llevó a solidarizarse con todos los seres creados. Enteramente invadido por el amor de Dios, el Beato Francisco vio la bondad de Dios reflejada no sólo en su alma, sino también en todas las criaturas.
Fraternidad abierta a todos los seres humanos
En los escritos de Francisco, la palabra hermano (frater) es la más usada: precisamente 242 veces. La palabra “hermanos” se repite constantemente en las dos Reglas y en el Testamento, con frecuencia acompañada por adjetivos llenos de cariño entrañable: mis hermanos, mis bendecidos hermanos, mis muy queridos hermanos. El Papa Pablo VI dijo: “La capacidad de descubrir a un hermano en cada hombre, sin tener en cuenta su origen, estado, condición o méritos, es una característica esencial y exquisita de la enseñanza evangélica”. En su fraternidad, percibimos un profundo sentido de igualdad. En la medida de lo posible, Francisco rechazó cualquier jerarquía, clericalismo y autoritarismo en su fraternidad para salvaguardar el sentido de unidad y de igualdad entre los hermanos.
En sus escritos, se describe a sí mismo como “vuestro pequeñuelo, vuestro siervo” (Test 41). El la Carta a los Fieles se presenta como “el siervo de todos,” que desea “servir a todos” (2 Cta F 2). Llama siempre hermanos y nunca siervos a sus seguidores. Entre los hermanos no puede haber menores, porque esto iría en contra de la identidad misma del grupo fraterno. Pero Francisco se describe a sí mismo como siervo en relación a Dios y a sus hermanos. Con su humildad fue capaz de considerar a todos como iguales y de considerarse a sí mismo como “hombre vil y caduco, vuestro pequeñuelo siervo” (Cta O 3-4). Tomás de Celano presenta un retrato ideal de la primera fraternidad:
Amor que se manifestaba en los castos abrazos, en tiernos afectos, en el ósculo santo, en la conversación agradable, en la risa modesta, en el rostro festivo, en el ojo sencillo, en la actitud humilde, en la lengua benigna, en la respuesta serena…..En todas partes se sentían seguros, sin temor que los inquietase ni afán que los distrajese….Y así muchas veces padecían afrenta y oprobios, fueron insultados, desnudados, maniatados y encarcelados, sin que buscasen la protección de nadie; y tan virilmente lo sobrellevaban, que de su boca no salían sino cánticos de alabanza y gratitud (1C 38-41).
Francisco considera a todo ser humano, hasta el más bajo y marginal, como memoria especial de Dios mismo, su don inefable, su icono amado. Según Francisco, toda criatura es obra personal de Dios. Así que tenemos la obligación de respetarnos unos a otros. En su primera regla, Francisco dice: “y todo aquel que venga a ellos, amigo o adversario, ladrón o bandido, sea acogido benignamente” (1 R VII,14). De nuevo dice: “Los hermanos deben tratarse espiritualmente y con amor y honrarse mutuamente sin murmuración” (1 R VII, 15).
Insiste en que sus hermanos deberían seguir de forma especial en su vida al Señor Jesús. Deberían dedicarse al trabajo manual, llevar una vida de pobreza, ser uno con la clase trabajadora y con los sectores más pobres de la sociedad (cf. 1 R c.7; LR c.5). Francisco enseña que éste es un medio muy poderoso para crear relaciones fuertes y permanentes entre la gente. “Es a través de nuestro trabajo que no solamente los frutos de nuestra actividad, sino también la dignidad humana, la fraternidad y la libertad pueden propagarse sobre la tierra” (GS 39,2).
“Hermanos cristianos” fue el nombre que Francisco dio a los leprosos. “Mi penitencia será comer con mis hermanos cristianos y de su mismo plato”(LP 22). A pesar de su repugnancia natural hacia ellos “se fue donde moraban los leprosos, y tras haber dado a cada leproso algo de dinero, les besó la mano y la boca. Y aquello que le pareció amargo, se le tornó en dulzura” (2C 9). Los contactos de San Francisco con los pobres y con los leprosos humanizaron la miseria, devolvieron a los pobres el sentido de su propia dignidad humana. Francisco creó una fraternidad de hermanos abierta al mundo de los pobres.
Es admirable ver con qué actitud de pacificación Francisco se acerca a gente de otras religiones. Nos muestra cómo debe ser la relación, algo particularmente relevante hoy, y nos hace ver cómo deseaba ser un ‘hermano’ para todos. En el treceavo año de su conversión (1219), Francisco se dirige rumbo a Siria para predicar a los musulmanes. En aquel tiempo duras batallas diarias estallaban entre cristianos y musulmanes. Trató de que los militares y el Cardenal Pelayo Galván, jefe de la armada cruzada, declarasen un armisticio y aceptaran la oferta de paz del Sultán. Pero los poderes políticos de los cristianos no podían tolerar ningún retroceso, siendo su meta principal la victoria total sobre los musulmanes. El ejército musulmán atacó a los cruzados y mató a más de 6.000. Y fue solamente después de la derrota que el Cardenal permitió a Francisco que visitara al Sultán, pero a su propio riesgo y peligro. Como observa Francis Beer: “En Damietta es imposible irse al otro campamento sin poner en peligro la propia vida y cualquier sarraceno que corta la cabeza a un cristiano recibe un bisonte de oro” Antes de que Francisco llegara donde el Sultán, fue cogido por los soldados de éste, insultado y golpeado. Pero no tuvo miedo. A pesar de que muchos le trataron muy mal, fue recibido con todos los honores por el Sultán. La manera en que Francisco se acercó al Sultán nos dice mucho de cara a Francisco: es la señal profética de una nueva relación (cf. 1C 57; LMj 9:7).
De las primeras Fuentes sacamos la idea de que Francisco tuvo una sana actitud hacia toda la realidad, inclusive hacia las mujeres. Debido a su conversión y a las costumbres de su tiempo se mantuvo siempre a una cierta distancia de las mujeres. Pero esto no le impidió profundizar en su relación espiritual con algunas de ellas, como por ejemplo con Santa Clara y Jacoba de Settesoli (cf. 1 R c.23; LR c.11).
Fraternidad abierta a todas
En la primera parte del Cántico de las Criaturas san Francisco invita toda la creación a alabar al Creador, y llama hermano y hermana a todas las criaturas. El Cántico señala la unidad de la creación como unidad fraterna. El 29 de noviembre de 1979, el Papa Juan Pablo II declaró san Francisco Santo Patrono de la ecología, porque ofrece al mundo un ejemplo de verdadero y profundo respeto por la integridad de la creación. Su deseo era el de ser un hermano menor “sujeto y sometido a todos los hombres que hay en el mundo; y no sólo a los hombres, sino aun a todas las bestias y fieras” (SalV 16-17). En su Cántico de las Criaturas, Francisco invita toda la creación a unirse a él en una liturgia cósmica de alabanza y acción de gracias a Dios quien crea esta variedad enorme de belleza y de esplendor. Francisco ve todas las criaturas no solamente como objetos del poder creador de Dios, sino también como hermanos y hermanas suyos. El cántico muestra su fraternidad con todos los seres creados. Su biógrafo Celano explica: “En fin, a todas las criaturas las llamaba hermanas, como quien había llegado a la gloriosa libertad de los hijos de Dios, y con la agudeza de su corazón penetraba, de modo eminente y desconocido a los demás, los secretos de las criaturas” (1C 81).
La crisis medioambiental de nuestro tiempo es para nosotros un verdadero llamado a la conversión. Como individuos, como Institutos, como pueblo, necesitamos un cambio de corazón. Necesitamos volvernos a Dios de todo corazón, y hacerlo en profundidad. Hoy la Tierra y sus ecosistemas se ven amenazados por grandes desastres. Cuando nos miramos alrededor, bebemos, olemos, respiramos y vemos contaminación.
El medioambiente está contaminado y envenenado por los desastres sociales, económicos, políticos, culturales y morales. El egoísmo del proceso de modernización nos hace pensar que los seres humanos tenemos el poder absoluto de controlar, doblegar a nuestra voluntad la naturaleza, y hasta destruirla y aniquilarla, para satisfacer las fantasías y los caprichos de los seres humanos. En este tiempo de crisis ecológica, debemos afianzar la visión de fraternidad de Francisco abierta a toda la creación. Francisco posee un sentido inusitado de solidaridad con las cosas naturales, un sentido de amistad que le permitió usarlas y al mismo tiempo seguir respetando su integridad. Para él el cosmos es la bendición creativa que Dios ha confiado a los seres humanos. Se vio a si mismo como un centro de amor en solidaridad universal y lo expresó en el Cántico. Francisco creyó que “todas las cosas están vivas y tienen su propia personalidad; viven en la misma casa del padre, como la humanidad” en opinión de Leonardo Boff “la comunión mística de Francisco con la naturaleza no consiste en un respeto sencillamente pasivo, en un respeto por la belleza y la vida, sino que sabe descubrir lo que hay de vida en todas las criaturas”.
Eso muestra que Francisco tenía una relación personal con todas las cosas creadas, un lazo amistoso, íntimo, fuerte e inquebrantable. Hay muchos ejemplos que vemos en su vida, y que muestran su compasión y afecto fraterno hacia todas las cosas creadas.
“Recogía los gusanillos del camino y los colocaba en lugar seguro para que no los escachasen con sus pies los transeúntes” (1C 80). “Dejando su propia túnica, rescató dos corderillos que un pastor iba a matar.” (1C 77). “Otro día ordenó que dejaran libre a un pequeño y tembloroso conejillo que alguien le había dado”, o “que fuera devuelto a su elemento algún pequeño pez” LMj 8,8).
Otro ejemplo es el lobo de Gubbio. Como indicado en las Florecillas de San Francisco, en Gubbio apareció un lobo feroz que estaba aterrorizando a la gente del lugar. Se lo dijeron a Francisco. Pero Francisco no le temía al lobo, por el contrario lo comprendía y le tenía simpatía. Amonestó al lobo con ternura, llamándole “Hermano lobo”, pero también amonestó a la gente. El lobo estaba hambriento y por ello comía cualquier cosa, gente incluida. Francisco estipuló con él un pacto y la gente del lugar dio de comer al lobo, así que el lobo dejó de matar a la gente (cf. LFI 21).
Mostró este mismo amor compasivo por las cosas inanimadas. Por su amor y compasión, caminó con respeto sobre las rocas. (LP 5) .Cuando los hermanos se iban al bosque para cortar leña, les pedía que cortaran los árboles en el punto en que podían volver a crecer. Se entristecía viendo arar el jardín para plantar legumbres, y ordenaba que una parte se dejara sin tocar para que las hermanas flores pudiesen florecer libremente (LP 51). Ni siquiera quería apagar el fuego que le estaba quemando la túnica: cuando un hermano corre para liberarle del grave peligro, dice “hermano, no hagas daño al hermano fuego” (LP 49). Francisco se acercó a la naturaleza y al medioambiente con apertura, amor y amabilidad.
Francisco respetó todas las criaturas. Cuando los grillos interrumpían su oración les pedía que se callasen, se iban y una vez que había terminado sus oraciones les decía que cantaran de nuevo sus alabanzas a Dios, y ellos lo hacían. Los pájaros, las abejas, los peces, los lobos todos escuchaban a Francisco porque le tenían confianza. Francisco sabía que los seres humanos, animales y naturaleza, tenían algo en común: todos somos creados por Dios y es El quien nos da vida.
Ser franciscano/a es un reto: el reto a ser una fraternidad abierta a todos. En los escritos y en la vida de Francisco vemos que Francisco comprendió bien lo que significa vivir en fraternidad. Se dio cuenta de que estaba llamado a relacionarse con todos y con todo. En su exhortación Francisco escribe: “Somos hermanos en El” (LFI 9), y “el Señor me dio hermanos” (Test 14). Francisco comprendió claramente que la relación fraterna no nace de nuestra virtud, sino del don de Dios. Lo que hay entre todos los hermanos no es sencillamente un vínculo de fraternidad, es mucho más, porque Jesús, al hacerse hombre, se hizo hermano de todos, y por estos debemos ser hermanos y hermanas unos con otro. Francisco fue un libro abierto, un evangelio vivo.
ENDNOTES
1. Papa Pablo VI, L’Osservatore Romano (Italia: Albano 103,196 Agosto 26-27,1963),1.
2. Francis De Beer, “St. Francis and Islam”, Concilium 149(1981),14.
3. Hermana Daria Koottiyaniel, Brother Fire, Sister Water: A Pilgrim Path to Solidarity (Kerala:Alwaye Press, 2003), 68.
4 Leonardo Boff, San Francisco: Un modelo de liberación humana (1984).
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La hermana Daria Koottiyaniyil, FCC, es miembro de la Congregación Franciscan Clarist en la India, y actualmente es directora de “Espíritu y Vida” en la Conferencia Franciscana Internacional de la TOR (IFC-TOR), Roma. Obtuvo un master en Teología espiritual en Universidad de Santo Tomás (Angelicum) en Rome y tiene un doctorado en Espiritualidad franciscana e indiana de la Universidad de Madras, India. Es autora de varios artículos y de un libro: Brother Fire Sister Water- A Pilgrim Path to solidarity (India, 2003) y de St. Elizabeth of Hungary: A Franciscan Mystic and Model for Charity (India, 2007).
Hermana Mary Elizabeth Imler, OFS
La declaración de la CFI-TOR, de los años 2005-2009, nos llama a “integrar nuestra espiritualidad, nuestra misión y fraternitas para expresar más intensamente la comunidad de amor Trinitaria.” Comparto el fruto de mi reflexión, más concretamente, de mi “Contemplación,” como decimos en nuestro 3er objetivo: “la contemplación en la armonía de la Trinidad nos impulsa a realizar la comunión, la inclusión y la reciprocidad.” Creo que esto nos interpela a testimoniar realmente, hoy, la Buena Noticia encarnando más a fondo la relación principal por medio de la cual vivimos nuestro carisma TOR, es decir: la Fraternidad franciscana. Quizá sea importante precisar la interpretación, a veces limitada, de este término “fraternidad”, pero más importante aún es afirmar su significado profundo respecto de nuestra misión.
La vida franciscana es una comunión basada no en una estructura o función, sino en una relación de fraternidad. Esta es la buena noticia que estamos llamados/as a predicar con nuestras vidas. Damos testimonio profético de una comunidad de amor en un mundo de paz frágil donde Jesús nos une alrededor de una mesa terrenal. En la tradición evangélica, la relación justa es una relación profunda que va más allá del lenguaje religioso de la comunidad y de los lazos familiares. Ofrece un cambio paradigmático tan necesario en este nuevo milenio donde la alienación y la codicia causan sufrimiento a la especie humana y la naturaleza. Jesús habló de esperanza en su visión “que todos sean no.” Voy a analizar esta potencialidad a través de una consideración sobre el desarrollo del lenguaje de Jesús en el evangelio de Juan, la espiritualidad de Francisco y por último una respuesta franciscana que ofrece su visión del mundo a una época de concientización global, para encarnar y ser el “Cuerpo de Cristo.”
La Era Cristiana
Si alguien sigue el lenguaje que Jesús usa en el evangelio de Juan descubre una evolución en el rasgo humano que marca su relación con los discípulos. Primero son llamados por su nombre (Jn 1,42s), luego “discípulos” (Jn 13,35). En el último discurso, citado en el Capítulo VII de nuestra Regla y Vida, donde somos llamados a “amarnos unos a otros” (Jn 15,12), Jesús acrecienta la intimidad de la relación y los llama “amigos” (Jn 15,14), dando así un paso más.
El significado de ser “llamados por el propio nombre” es éste: el otro nos conoce. Supone que el individuo es considerado como único, que es conocido, que nos ocupamos de él/ella. Este ser llamado desde el principio con el propio nombre significa tener relación con alguien, una relación que respeta lo que es particular (individuo) y que al mismo tiempo supone intercambio (atención a, cuidado de).
Luego Jesús usa el término “discípulo.” Claramente la relación apunta a que haya una continuidad, la idea de ser digno de y capacitado para recibir instrucciones, capaz de recibir la “buena noticia.” Un discípulo es alguien que tiene la fuerza de seguir una disciplina, como ocurre con empleados escogidos a los que se les confía la receta ‘secreta’ de una empresa, incluso mientras se les dice que han de difundir la palabra, para dar a conocer el “producto”. A esto hay que añadir el compañerismo de pertenecer a un grupo, el creer en una misión común, el comprometerse a favor de un bien común.
Al llamar a sus seguidores “amigos”, Jesús añade a la relación la dimensión del interés unos por otros, más allá de lo que puede ser la lealtad de un mero deber. Esto añade el matiz de la aceptación de la obra: ocuparse no sólo del mensaje sino también del mensajero. Supone verdadera solicitud por el otro, ocuparse unos de otros. El sentido de pertenencia florece en una relación más profunda, en la que se da un paso más: ocuparse del quién y del qué.
¡Pero la historia no acaba con esto! Después de Su muerte y de Su resurrección, el lenguaje de nuevo cambia, así como va cambiando una vez más la relación. Jesús le dice a María de Mágdala que vaya a buscar a sus amigos, y por primera vez usa el término ‘hermanos’: “Anda, ve a decirles a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre, que es vuestro Padre; a mi Dios, que es vuestro Dios.” (Jn 20,17b). Jesús, después de su resurrección, habla de su relación fundamental. No da a la palabra ‘amigos’ el significado que se le da en general en nuestra cultura, se trata más bien del acto salvífico que nos libera para ser en Jesús, con él y por él: “hermanos/hermanas”. Esta identificación significativa nos llama a vivir el más del evangelio. Somos ‘únicos’, y al mismo tiempo estamos unidos por un sistema de creencias comunes y somos totalmente libres de amar aquello que se desprende de esa unidad. Pero además nos hacemos plenamente responsables, porque llevamos el nombre de familia. Es algo más que conocer el bien común, que realizar la misión común, que compartir la vida común: es una comunión.
Para explicar esto me sirvo del ejemplo de mis dos sobrinos. Cada cual es llamado por su nombre. Sus maestros les piden que sigan, acepten mensajes de información y de aprendizaje. Tienen amigos con quienes comparten intereses, con quienes juegan, y de quienes sencillamente gozan la compañía, compañeros que conocen sus sentimientos, sus debilidades. Pero el hecho de ser hermanos añade la dimensión de relación fraterna a cualquier situación de la que son responsables. Aunque haya momentos de choque entre el uno y el otro, siguen siendo hermanos y no pueden negar esa relación. Son responsables el uno del otro, del bien y de la seguridad del otro; tienen la obligación de protegerse mutuamente y de proteger el nombre de familia. Lo que el uno hace, afecta toda la familia, su historia y su futuro. Así es cuando Jesús nos llama hermano/hermana. Quiere decir proximidad, cercanía pero al mismo tiempo amor que supera todos los demás amores, haciéndonos responsables unos de otros y de todo el Cuerpo de Cristo.
Hemos heredado esa relación de hermandad por la encarnación y resurrección de Jesús, no por nacimiento, sino por adopción. Hemos recibido “un espíritu de adopción que nos permite gritar: ‘¡Abba!, ¡Padre!’” (Rom 8,15). Y por esto no podemos seguir tolerando las diferencias. La buena noticia es que todos hemos sido adoptados y a un precio muy alto. Cada ser humano puede exclamar “Padre nuestro.” No hay rango privilegiado o linaje de adopción en la era cristiana. Solamente Jesús, el “primer nacido” (Col 1,14), tiene el privilegio de heredar el reino de Dios. Todos los demás somos sencillamente hermanos adoptados, y entre nosotros no hay rangos privilegiados, sino que lo único que podemos tener es gratitud, agradecimiento por lo que recibimos que es ser ‘herederos’. “Con su sangre nos ha obtenido la liberación” (Ef 1,5-7). La resurrección de Jesús nos coloca en la era cristiana en la que todos somos hermanos/hermanas adoptados. “Ya no hay más ni judío ni griego, esclavo ni libre, varón y hembra, pues vosotros hacéis todos uno, mediante el Mesías Jesús.” (Gal 3,28) Cristo, que nos ha redimido, dice incondicionalmente a cada persona: “Yo soy tu hermano.” Por consiguiente, es sólo a través de Jesucristo que estamos en relación como hermanos y hermanas y formamos parte de la fraternidad en Jesucristo, hermano de todos.
El Segundo Milenio de la Era Cristiana
Sugiero que Francisco (y por consiguiente los Franciscanos) emplea deliberadamente el término “fraternidad” no para excluir a las mujeres, al hablar solamente “de los hermanos” por ejemplo en “De Vita Fraterna” (Cap. VII), sino más bien para indicar esta relación fundamental que nace de la acción redentora de Jesús. Así como Jesús se dirige a Pedro con el término de “hermano”, y como probablemente hubiera llamado a María de Mágdala “hermana”, así pues Francisco hace lo mismo con sus seguidores, llamándolos Hermano León y Hermana Clara, abrazando así la fraternidad masculina y femenina: “mucha gente del pueblo, nobles y plebeyos, clérigos y legos… ”(1C37). Francisco se refiere siempre a sus seguidores como hermanos y a la relación colectiva como fraternidad, aún cuando incluye a su hermana Clara. Es interesante ver que no encontramos el término fraternidad en los escritos de Clara. Ella también se refiere a sus compañeras como hermanas aunque no hable nunca de ‘sororidad’ porque yo creo que esto eliminaría el núcleo mismo y el sello de la relación, nuestro hermano fraterno: Jesús.
Creo que Francisco descubre este poderoso vínculo (1CtaF 9,13). Por la pasión y la resurrección de Cristo somos hermanos y hermanas unos con otros. Y tanto es así que Francisco alarga todo esto más aún afirmando que la relación fraterna a través de nuestro hermano Jesús ha de incluir a todas las criaturas de Dios, es decir la Hermana Agua y el Hermano Fuego. El corazón de Francisco se ensancha para abrazar en la fraternidad no solamente a la humanidad, sino que también a toda la creación. Francisco creyó que Jesús, por su muerte y resurrección, había obtenido la plenitud de vida hasta para el sol y el gusano, con privilegios preferenciales para los más débiles y últimos. En su Cántico de las Criaturas Francisco nos llama a vivir relaciones justas con toda la creación. Estamos llamados a tener relaciones Justas con los demás, con todas las criaturas y con el medio-ambiente. En Cristo, con él y por él, Francisco nos llama a un nuevo tipo de solidaridad como hermano/hermana. Esta fraternidad ‘ensanchada’ ofrece una forma de testimonio a la Trinidad tanto en el signo como en el servicio.
Francisco recupera el círculo de relaciones creado por Jesús que derriba a los poderosos y levanta a los humildes, abrazando a minores y majores en una respetuosa mutualidad atrayendo a todos hacia la fraternidad. Pero esto le viene del Señor como lo afirma en su Testamento (14): “El Señor me dio hermanos”. Francisco ejemplifica así el valor de la reciprocidad. No todo está reducido a un común denominador o a una uniformidad irrespetuosa de las diferencias, por el contrario todo es respetado en su particularidad. Cada persona, cada criatura tiene un valor con el que puede contribuir, por grande o pequeño que sea. Francisco predicó a los pájaros pero también aprendió de ellos cómo responsabilizarse de los demás. Del gusano aprendió la humildad, las palomas le enseñaron a ser vulnerable, las abejas a vivir en comunidad.
Ya que toda la creación está imbuida de una bondad intrínseca, nos sentimos llamados a ir más allá del simple reciclaje y a vivir una vida responsable y respetuosa. No nos atreveríamos a tirar basura a la cara de una Hermana o a destruir los pulmones de un Hermano como estamos haciendo con los bosques tropicales. Y tendríamos que quedarnos asombrados ante la belleza de un simple granito de arena, íntegro en su ser. La historia de la creación descrita en el Génesis, mirada desde una visión franciscana del mundo, asume en Francisco un significado más verdadero del ‘dominio’ enmarcado en la fraternidad. Francisco conoció el dominio pero prefirió la vida de familia de un Dueño bueno y fiel. Francisco trató de vivir su visión poética de la creación responsabilizándose de aquello que Dios ama. Francisco nos invita a una espiritualidad de reciprocidad en la que cada cual aporta su reflejo único de Dios, de forma que cada cual sea valorado como ¡“de tal palo tal astilla”! Para Francisco la especie humana y toda la creación no tienen una simple relación de jerarquía, sino que todo está interconectado por los lazos de amor que comportan una integridad sacramental, un intercambio mutuo de dar y recibir, hasta el punto de ofrecer al otro la propia vida.
El Tercer Milenio de la Era Cristiana
Ahora que hemos entrado ya en un nuevo milenio, y que estamos empezando a comprender lo que significa relacionarse en la fraternidad, teniendo en cuenta el medio-ambiente, creo que la relación de la fraternidad nos desafía una vez más. Los/las franciscanos/as deseamos vivir una comunidad de amor al igual que la Trinidad, reunidos/as in fraternitas (Artículo 20) diferentes, con un vínculo comunitario que es más fuerte, yo creo, que el vínculo monástico o apostólico. Se nos ha dado la gracia de tener una visión más amplia del mundo natural y de la humanidad en el Cuerpo de Cristo, como hemos sugerido antes. Pero debemos saber percibir otra dimensión, que nos llama a trascender no solamente el espacio constituido por fronteras, sino también fronteras fijadas por el tiempo. Estamos llamados a reconciliarnos con toda la creación (Artículo 12) en una relación de mutualidad primero en nuestro tiempo, pero también de forma responsable y reflexionada hacia la “séptima generación.” La profundidad de Francisco, proclamado Patrono de la Ecología se despliega en el tiempo para sus seguidores en una comunión consciente de hermanos y hermanas adoptados que se asumen la responsabilidad del hoy y del ahora y de nuestro futuro compartido. La fraternidad se reúne alrededor de la mesa terrenal como alrededor de la mesa eucarística en un claro espíritu de invitación e inclusión, respetando la reciprocidad, donde no hay lados para defender y botines de guerra para dividir, sino solo hermanas y hermanos, llamados/as a conocer, comprender y amar en las diferencias. Hay partes de la fraternidad en cada lado de cualquier conflicto. Las diferencias no son eliminadas, sino que respetuosamente gestionadas desde el punto de vista político, económico y ecológico buscando la paz, con Jesús (cf Lc 19,41-44).
Tomemos como ejemplo, la preocupación por nuestros institutos religiosos. Hoy esto se alarga a nuestra vida común de la TOR, creando federaciones y dando apoyo a la Conferencia Franciscana Internacional. Y más aún, ¿podemos alargar todo esto a la gran Familia Franciscana (Artículo 3), la familia humana, una familia global? Nos estamos volviendo más incluyentes y respetuosos del don de la diversidad, pero me pregunto si somos más conscientes de la responsabilidad global para asegurar para todos un futuro sano y santo. Por ello escribimos sobre la necesidad de “crear y promover comunión y colaboración con los Franciscanos de otras tradiciones cristianas.” (Recomendación 5 de la Asamblea General de la CFI-TOR 2005-2009). Nuestro amor tiene que empezar con los más cercanos, aquellos con quienes compartimos nuestra vida, nuestros valores, nuestra visión del mundo, pero estamos llamados a abrazar al “otro” con quien quizás no compartimos cosas en común y con quien quizá competimos o a quien ignorantemente llamamos ‘enemigo’. Seguramente es ésta la buena noticia que es la señal del reino de Dios ¡aquí y ahora!
Nuestra vida no puede ser sencillamente una vida centrada en el seguimiento de Jesús, sino que tiene que ser una vida que manifieste a Cristo vivo en el mundo. Como seguidores de Francisco y Clara, estamos llamados/as a amar, a celebrar y a dar gracias y a vivir la reciprocidad como nos dice el Artículo 23: “Cada uno manifieste confiadamente a los demás su propia necesidad, a fin de ser ayudado y servido por ellos en lo que necesita. Pensando en la admonición de Francisco: “predica el Evangelio en todo momento y, de ser necesario, usa palabras” (1R XVII, 3), debemos pasar de hablar de nuestro amor por los demás a “manifestar [nuestro] amor con hechos.” (Artículo 12) No basta amar la paz, debemos a propósito ser artífices de paz por el nombre que llevamos (cf Lc 21, 17). Estamos llamados/as a participar plenamente en el intento de ser portadores de paz y de reconciliación (cf Col 1,20). Benedicto XVI nota en su encíclica Spe Salvi, que el cristianismo no puede limitar su atención sólo al individuo y a su salvación; la realidad transformadora del cristianismo incluye a la sociedad en su sentido más amplio. Y añade todo el cosmos.
Conclusión
Hay una parábola moderna, de dos hermanos adoptados que a través de una serie de circunstancias terminan con ganar un premio que consiste en comprar a lo loco durante quince minutos. Llega el día del premio. Después de haber estudiado durante días dónde ir a comprar lo que más cuesta, cuánto tiempo se necesita para llegar, qué zapatos ponerse para correr más de un sitio a otro, los dos hermanos empiezan la aventura empujando un carrito. En medio de los gritos de quienes los están observando, los hermanos consiguen solamente serpentear por la tienda agarrando tan sólo unas pocas cosas. Y todo se reduce a una miseria entre el disgusto de la multitud. Cuando al final se les pregunta cómo es que no han conseguido aprovechar más la ocasión, contestan: “Pero, ¿es que no lo entienden? ¡La tienda pertenece a nuestro padre!”
Atreveros a imaginar esta actitud para los habitantes de nuestra hermana, la Madre Tierra como seguidores del santo patrono de la ecología. ¿Por qué no podemos aprender a vivir en relación con todo, de forma sacramental? Considerar la gracia de una mesa global donde estamos llamados, como Jesús, a crear un espacio para todos (inclusión) y a la que todos aportamos algo (reciprocidad), y a la que vamos no solamente para recibir. Y añadamos a esto ahora la dimensión más nueva que nos llama a respetar este tiempo y lo que vendrá (comunión reconciliada). Debemos ser conscientes de toda la historia, atreviéndonos a cuidar del futuro de la mesa así como de las necesidades de los que están reunidos a su alrededor. Debemos aprender a no excluir, y tampoco a ser meros consumidores, sino que debemos ser concientes de las implicaciones del común almacén de cara al futuro que compartimos. Seguramente nos damos cuenta de que nuestro sentido de inclusión acoge a todos los que llevan el nombre de cristianos, tanto a María de Mágdala como al Judas de nuestra experiencia vivida. Estamos ensanchando el espacio de nuestras tiendas para acoger a todos los descendientes de Abrahán: judíos, musulmanes y cristianos aprendiendo de ellos cómo Francisco se convirtió después de su encuentro con el Sultán. Que el Evangelio siga ensanchando nuestros corazones para abrazar a toda la creación de manera que podamos percibir conscientemente los misterios y anhelar el cumplimiento del cosmos con relación a la eternidad.
Vivamos con todo nuestro ser (Prólogo, Artículo 29) esta vida de fraternidad franciscana por el amor de Jesús, nuestro hermano mayor. Que nuestros corazones se ensanchen, se iluminen para abrazar en su interior nuestra verdadera identidad y para extender externamente ese amor a nuestros amigos y familias, y más allá, en nuestros lugares de trabajo y comunidades, a nuestra nación e internacionalmente en este momento, construyendo sobre el fundamento del pasado y con un compromiso hacia un futuro compartido. Que al igual que Jesús, no tengamos miedo ni vergüenza en llamar a los demás: “Hermano/[hermana]” (Heb 2,11). Que las palabras proféticas de Jesús en el evangelio de Juan y la poesía de Francisco nos conviertan para que sepamos encarnar la bondad de nuestra espiritualidad franciscana para este tiempo y para seguir dando sentido a la vida, la muerte y la resurrección de Jesús. Y seamos audaces en nuestra vida TOR, para seguir dando esperanza a futuras generaciones con una visión basada en la igualad, en la reciprocidad respetuosa y en la comunión reconciliada. El reino de Dios, verdadera fraternidad, hermanos y hermanas que crean juntos armonía de amor, está a nuestro alcance; que Jesús venga y nos transforme en buena noticia, en verdaderos hermanos y hermanas de Cristo Jesús.
ENDNOTES
1. Vita Consecrata 41-71.
2. Referencias numeradas a Artículos particulares de la Regla y Vida TOR, 1997.
3. De la Gran Ley de la Confederación Iroquois, “En cada decisión debemos considerar el impacto de nuestras decisiones sobre las siete futuras generaciones.”
4. El Papa Juan Pablo II proclamó en 1979 a San Francisco como Patrono de la Ecología por ser “un ejemplo de verdadero y profundo respeto por la integridad de la creación.” Francisco, al dirigirse a las criaturas como hermanos/hermanas, las consideró como iguales, no como sujetos para dominar. Se vio como parte del ecosistema.
5. La ecología es el estudio de las reglas que gobiernan las relaciones de la creación. Ilia Delio aborda este tema en profundidad en su artículo “Living in the Ecological Christ” en Vita Evangelica: Essays in Honor of Margaret Carney, O.S.F. Franciscan Studies 64, 2006.
6. La Regla TOR y el Capítulo VII expresa el realismo del corazón humano abierto de par en par para acoger a todos. En dos breves artículos (23 y 24) la Regla expresa cómo vivir la vida fraterna, sea cuando todo ocurre según la visión de nuestro Creador, sea cuando debido a nuestra condición humana, no logramos amar y vivir como deberíamos.
7. Padre Bryan Massingale: “Healing a Divided World”. Este artículo ofrece algunas valiosas intuiciones que superan el ámbito de esta reflexión. A disposición en CNS Documentary Service in August 16, 2007 Origins, Volumen 37, Número 11 p 162-168.
8. En 2C87 Francisco nos amonesta a no tener más que lo necesario, para que no se nos impute ‘a hurto si no lo diéramos a otro más necesitado”.
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Ex profesora de ciencias y ex directora,Hermana Mary Elizabeth,OSF es Ministra General de las Hermanas Franciscanas del Sagrado Corazón, Frankfort, Illinois, USA. La hermana ha participado en la redacción de los objetivos de la CFI-TOR en la Asamblea General de Asís en el 2004. Participa activamente en la Federación franciscana TOR de Estados Unidos y ofrece su tiempo para dar retiros y conferencias en el ámbito de la formación, en particular a novicias de congregaciones de nuestra Regla y
Vida TOR.
Joan Geiger, OFS
“La Orden Franciscana Seglar se distingue de otras asociaciones laicales en la Iglesia porque su objetivo prioritario es vivir la vida evangélica…Como Orden laical, la Orden Franciscana Seglar hace hincapié en la vida fraterna, en la búsqueda de la santidad personal y de apostolados fraternos para vivir la justicia social y la paz entre los pueblos.”1Como seguidores de San Francisco, los/las Franciscanos/as Seglares están llamados/as a la fraternidad, es decir a ser una comunidad de hermanos y hermanas de Jesús, con Francisco. Es una fraternidad que:
La región de la Cruz Tau es la más joven de las regiones de Estados Unidos (nacional). En Estados Unidos hay treinta y una fraternidades regionales.
La fraternidad San Miguel se encuentra el cuarto domingo de cada mes en la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en Ozone Park, NY. La componen 30 miembros profesos, pero la mayoría de sus miembros son ancianos y les es imposible salir de casa. Unos 10-12 miembros solamente asisten a las reuniones mensuales. Hay cuatro candidatos en formación y una persona en búsqueda. El ministro ha sido elegido por los miembros profesos para un periodo de tres años, y es él quien dirige la reunión. La reunión empieza y termina con una oración del Ritual de la OFS y con un himno. En cada reunión de la fraternidad se lee un pasaje de la Escritura, se hace formación continua (con referencia al tiempo litúrgico, temas relativos a la Iglesia, al calendario franciscano, etc.), se comparte y reflexiona sobre las lecturas. El asistente espiritual (un franciscano capuchino) dirige unas palabras al grupo, luego se recitan las preces de intercesión/intenciones y el grupo se pone al día sobre eventos futuros relativos a la Orden Franciscana. La reunión termina con un rato de encuentro informal, ante una taza de té o de café. El encargado de la formación guía a los candidatos en sus estudios sobre la espiritualidad franciscana. La fraternidad San Miguel ofrece cada mes una cantidad de dinero al Apostolado de la Familia Franciscana. Este don ayuda a una familia en necesidad que se encuentra en la India. La fraternidad recibe regularmente noticias de esta familia que la informa sobre lo que ha podido y puede hacer gracias a esta ayuda. La fraternidad sostiene además la parroquia local, que tiene dificultades financieras. La fraternidad se dedica sobre todo a recoger comida para un comedor gestionado por la parroquia e indumentos para madres solteras y sus hijos, acogidos en un centro. Además los miembros de la fraternidad están muy implicados en diversos ministerios en sus parroquias respectivas. Todos los miembros reciben un boletín de noticias cada dos meses. .
El Consejo Regional de la Cruz TAU (Ministro, Vice Ministro, Secretario, Tesorero, Director de la Formación, Consejero y Asistente espiritual) se encuentran cada mes por algunas horas, el sábado por la mañana. El ministro regional dirige la reunión que inicia y termina con oraciones del Ritual de la OFS. Un miembro del Consejo lee un pasaje de la Escritura y los miembros presentes comparten sobre el pasaje, anunciado con antelación. Se dedica un cierto tiempo a la formación continua, leyendo y reflexionando sobre las Constituciones/Regla/Estatutos y sobre su importancia y aplicación a la región y a las fraternidades locales. Se revisan las actas de la sesión del mes anterior para aprobarlas y cada miembro del consejo presenta un informe. A menudo en la reunión se aborda un punto concreto relativo a la reunión anterior que pide continuidad. Se discuten, asimismo, puntos nuevos. Entre las reuniones y con bastante regularidad, los miembros del Consejo Ejecutivo Regional, comunican por medio del correo electrónico sobre problemas que necesitan una atención inmediata o que pueden esperar y ser tratados en la reunión siguiente. Entre otras responsabilidades del Consejo Ejecutivo Regional destacamos la preparación de una reunión para los miembros de todas las fraternidades hacia el otoño, luego un Capítulo en primavera y un retiro anual.
La Región Cruz TAU sostiene las fraternidades regionales e internacionales mediante el comercio justo y los que más tienen dan a lo que tienen menos. La región ha enviado fondos para ayudar a los afectados por el huracán Katrina y por el terremoto en Perú. Las fraternidades trabajan juntas, y un ejemplo de ello es el Proyecto H 20. Durante la cuaresma, a los miembros se les pide que se abstengan de beber alcohol. El dinero recogido de esta campaña sirve para contribuir a la erogación de agua potable a jóvenes y familias necesitadas. La Región Cruz TAU se ha unido con otras fraternidades en una Novena Perpetua en favor de Darfur, para que cesen de una vez la violencia, el sufrimiento, la opresión y para que la población pueda conocer el camino de la sanación, del perdón, de la compasión y reciba ayuda material. Cada año, durante la reunión que se celebra en otoño, se otorgan dos premios: Familia y Paz a los miembros nominados y elegidos por el servicio ofrecido a la Iglesia y a la comunidad. Además, la Región Cruz TAU publica un boletín trimestral. Los ministros del Consejo regional se encuentran anualmente con el Consejo nacional para informar sobre el estado de sus regiones.
En julio pasado, la Fraternidad Nacional (NAFRA) ha sido promotora de un evento que ha tenido lugar en Pittsburg, Pensilvana. Se ha celebrado el 17° Congreso Quinquenal (que tiene lugar cada cinco años). Fue una ocasión espléndida para encontrarse y compartir con otros Franciscanos Seglares de Estados Unidos. El hecho de llevar la Cruz TAU no sólo identificó a cada uno de los participantes dándoles la posibilidad de ser inmediatamente reconocidos, sino que además creó inmediatamente un clima de fraternidad y amistad con los otros, en camino. Había más de 500 Franciscanos Seglares – hombres, mujeres y jóvenes – reunidos para orar, escuchar, reflexionar, compartir y celebrar la diversidad cultural. Este encuentro permitió a los Franciscanos Seglares aprender unos de otros y darse cuenta del rico patrimonio de las diversas culturas presentes (tema del Congreso). Un miembro de NAFRA es consejero internacional.
En este artículo he tratado de compartir sobre la fraternidad a nivel local, regional, nacional e internacional, desde una perspectiva franciscana seglar. El carisma franciscano de fraternidad da energía y sostiene nuestro compromiso. Para concluir quisiera citar el Artículo 30 de las Constituciones de la OFS que encierra la esencia de la vida en fraternidad:
Los hermanos son corresponsables de la vida de la Fraternidad a la que pertenecen y de la OFS, como unión orgánica de todas las Fraternidades esparcidas por el mundo. El sentido de corresponsabilidad de los miembros exige la presencia personal, el testimonio, la oración, la colaboración activa según las posibilidades de cada uno y los eventuales compromisos para la animación de la Fraternidad.
Franciscanos seglares están llamados, juntamente con todos los hombres de buena voluntad, a construir un mundo más fraterno y evangélico para edificar el Reino de Dios (Regla OFS 14)
ENDNOTES
1. To Live As Francis Lived, Foley, Leonard OFM, Weigel, Jovian OFM, Normile, Patti SFO, St. Anthony Messenger Press, 2000, p. 8.
2. Ibid. p. 177.
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Joan Geiger, OFS, es ministra de la fraternidad San Miguel y consejera de la Región Tau Cross. Es vice-directora en una escuela pública de la ciudad de Nueva York.
Hermano Andreas Müller, OFM
Nos encontramos hoy en una época de cambio cuyo alcance sigue siendo desconocido y poco claro. Sabemos que existe una enorme brecha entre ricos y pobres con todas sus consecuencias: por un lado el hambre, la miseria y la muerte prematura y por otro un lujo desenfrenado. Deploramos la injusta distribución de bienes y poderes sobre nuestra Madre Tierra. Hay desprecio por los derechos humanos fundamentales, como la participación, la autodeterminación y la dignidad, y sin embargo nos causa extrañeza el que el terror y la guerra sean utilizados como instrumentos de solución del problema. Observamos signos apocalípticos de destrucción del medioambiente, pero no queremos modificar nuestro estilo de vida. Faltan visiones políticas que señalan un cambio en positivo. El cambio tiene que ver con la conversión y, para citar una expresión de Michael Gorbatschow, el cambio es posible sólo si se tiene espiritualidad. Necesitamos además figuras proféticas que nos hagan de guía, que nos muestren el camino.
Un cambio revolucionario en la sociedad y en la Iglesia
Francisco de Asís fue una figura guía. En un tiempo en que la sociedad feudal estaba constituida por nobles y gente de a pie y estructurada de forma piramidal por “orden divina” Francisco introdujo una idea innovadora. Si Dios bajó del cielo y se unió a los más pequeños, en la familia humana no puede haber diferencias entre personas porque somos todos hijos e hijas de Dios, hermanos y hermanas de Jesús de Nazaret, en quien Dios mismo se hizo hermano nuestro. Con esta idea de fraternidad, Francisco aportó un cambio revolucionario a las ideas que la Iglesia y la sociedad de su tiempo tenían respecto de la constitución de la sociedad. No tenían que existir señores y siervos y tampoco tenía que existir alguna distinción de estados o clases.
Se trata de la tríada de derechos y deberes humanos: “Libertad, igualdad, fraternidad”. Francisco apuntaba justamente a esta fraternidad y, sin duda, es uno de los padres espirituales de esta visión de la humanidad de origen cristiano. Por consiguiente, Francisco excluye para él y para su comunidad todo lo que podría definirse como jerárquico. Figuras que estaban presentes en las comunidades religiosas de su tiempo, como por ejemplo el abad para los benedictinos, no tenían que existir. Francisco mismo quiso ser siervo de todos, y ciertamente no sólo de palabra. Quiso vivir entre los demás no de forma patriarcal, sino fraterna. “Igualmente, a este propósito, ninguno de los hermanos tenga potestad o dominio, y menos entre ellos (1 R V,9) “Y nadie sea llamado prior, mas todos sin excepción llámense hermanos menores. Y lávense los pies el uno al otro,” (1 R VI,3).
Se trata de una forma de comunicación que no está sujeta al dominio, sino que nace de una auténtica fraternidad e igualdad. Además, Francisco añade que “todos deben voluntariamente servir y obedecerse mutuamente mediante el amor del Espíritu”. Concretamente esto significa escuchar la exigencias del otro, de la vida de comunidad, de la llamada de Dios aquí y ahora. También en esto reconocemos las huellas de Jesús, huellas que Francisco siguió con determinación: dejar de aplastar a los débiles, dejar de luchar por obtener los mejores puestos, dejar de temer el perder importancia, y fracasar. Y esto porque Dios existe y toda persona está hecha a su imagen y semejanza; por consiguiente posee su propia dignidad, es alguien único y es Dios quien le da esta singularidad. “Empéñense todos los hermanos en seguir la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo” (1 R, IX, 1).
Es obvio que en la vida de una comunidad se necesitan reglas y acuerdos, pero han de ser lo más posible directos y sencillos. Así que ninguna posición dominante, ningún patrimonio, ningún control: ésta es la visión de Francisco de Asís, la visión de una humanidad fraterna y unida por la conciencia de haber sido creada. Francisco mismo experimentó lo difícil que es convertir esta idea en realidad: en su tiempo en algunas órdenes religiosas había luchas de poder y en las comunidades a veces despuntaban formas y modalidades de relaciones muy parecidas a las de la estructura secular. La visión de Francisco sigue siendo un reto también para nuestro tiempo. Con su idea de amistad universal entre criador y criatura y entre criatura y criatura él entendía afirmar que otro mundo es posible, un mundo libre de violencia y lleno de paz.
La idea franciscana de vida fraterna sobre esta tierra ¿nos fascina tanto porque la consideramos poco realista y porque al mismo tiempo reconocemos su urgencia? Francisco de Asís había percibido con lucidez que una vida basada en posesiones destruye la solidaridad y el amor hacia el prójimo, y pone en peligro la idea de que todos somos criaturas. Es por ello que no quería poseer nada, es por ello que quería que todo se compartiera y distribuyera fraternamente, es por ello que criticaba el poder establecido y sospechaba de los que detenían el poder tanto en la Iglesia como en el Estado. En nuestro tiempo de gran movilidad social y de gran frialdad, la visión franciscana de Dios y de la humanidad es más que nunca actual.
El testimonio franciscano hoy
Hoy el mundo secularizado se distingue de forma esencial del mundo en el que vivió san Francisco, pero las actitudes de fondo que él experimentó, tienen en nuestro tiempo un significado extraordinario. De aquí la importancia de que los hermanos y las hermanas del movimiento franciscano vivan y experimenten esas realidades, como por ejemplo la libertad y el gozo, la confianza en cada persona, el sentido de fraternidad hacia todas las personas y todas las criaturas, la toma de conciencia del amor de Dios que abraza el mundo entero, la capacidad de reconocer el rostro de Cristo en los pobres, la idea de ser responsables de la misión universal. Deseo explicar, en particular, algunos de estos aspectos.
a) Ser hermanos y hermanas: un reto
Hoy para los franciscanos y las franciscanas la convicción de encontrar realmente al otro como hermano y hermana forma parte del seguimiento de Jesús. Debemos familiarizarnos con la realidad y las condiciones de vida que plasman la fe y la identidad de aquellos con quienes vivimos y de aquellos a quienes servimos. Debemos comprender sus miedos y su amargura, las humillaciones sufridas y su marginación como lo hizo Francisco que se unió a los que la sociedad de Asís marginaba. Y así podremos ayudar a sanar las divisiones entre géneros. Es importante recordar que como lo hicieron Francisco y Clara, nosotros también, en la familia franciscana en el mundo, podemos testimoniar que es posible que hombres y mujeres aporten su propio toque de creatividad a la vida, y que juntos somos más fuertes que si las comunidades femeninas y masculinas emprenden cada cual su propio camino.
b) La comunión fraterna con los pobres
“El padre de los pobres, el pobrecillo Francisco, identificado con todos los pobres, no se sentía tranquilo si veía otro más pobre que él; no era por deseo de vanagloria, sino por afecto de verdadera compasión” (1 C 76).
Francisco no se dedicó sólo a la solidaridad con los pobres, sino que quiso vivir para y con los pobres, quiso ser uno de ellos, su hermano. Por consiguiente, el profundo deseo de seguir las huellas de Jesús lo llevó hacia los pobres y hacia los leprosos. Quiso vivir con ellos, en comunión fraterna. Así que quiso que cada uno de sus hermanos pasara el tiempo del noviciado entre los leprosos para quienes significó una auténtica liberación, algo que les devolvía dignidad y autoestima. Desde el comienzo, el movimiento franciscano no quiso ser una asociación caritativa para los pobres que satisficiera sólo las necesidades del momento. Quiere ser una liberación de los pobres, cree en los pobres y se une a ellos.
c) La solidaridad franciscana con los pobres
En el curso de la historia, pues, los franciscanos nunca han retrocedido ante proyectos e iniciativas realmente útiles para los pobres. Han creado pues ‘los montes frumentarios’ es decir ‘bancos de cereales’ para paliar las necesidades en tiempo de carestía. Se han fundado fraternidades que sostenían a los pobres y visitaban a enfermos. Sí, a los franciscanos y las franciscanas, se deben los primeros ‘bancos populares’ los llamados ‘montes de piedad’ ampliamente difundidos en Italia, España, Francia y Alemania. Gracias a estos bancos, quienes pertenecían a las capas más pobres de la población podían tomar dinero en préstamo. Y han sido justamente las numerosas comunidades femeninas de la Tercera Orden las más sensibles a las necesidades del momento. Fueron estas comunidades las que llevaron a cabo una auténtica obra pionera en el sector de la escuela, de la sanidad, de la solidaridad con las mujeres y la gente en general. Hoy debemos seguir promoviendo estas formas, y debemos vivirlas proféticamente como formas alternativas a la economía dominada sólo por criterios de rentabilidad y de ganancia y cuyo sistema reemplaza a las personas según su conveniencia.
d) Francisco y Clara y la ética de la compasión
En sus Reglas Francisco y Clara exponen no solamente una ética de justicia sino que también una ética de compasión. La capacidad de ambos de considerar la vida desde una ‘óptica materna’, los llevó a insistir no sólo en la justa reciprocidad y en la igualdad de derechos (justicia) sino que también en la mutua responsabilidad y en la mutua asistencia (compasión) (Cf. 1R 4; 2R 10). Por esto valoraron sumamente las relaciones entre hermanos y hermanas. Instituciones y estructuras eran importantes para ellos, pero lo eran mucho más la solicitud y la atención (Cf. 1R 5; 2R 10). Según como la entendía Francisco la fraternidad no depende de la buena o mala conducta de un hermano o de una hermana (Cf. 2R 11). Para Francisco, en la vida comunitaria, la tan amada fraternidad era más importante que una mera conducta según las reglas (Cf. Adm 3, Lm 4). Y además, la fraternidad no sirve en primer lugar para el “bienestar” de los miembros de una comunidad, sino que es más que todo una señal vital de la fuerza libertadora del Evangelio en un mundo donde es difícil instaurar buenas relaciones.
Si hoy reflexionamos sobre el significado de una “ética de compasión” debemos ampliarla más allá de nuestra comunidad, incluyendo en ella los grupos de oración, a los leprosos y los grupos marginados de nuestro tiempo e incluyendo asimismo a las mujeres. La solidaridad con las mujeres y “el vivir entre ellas” (Cf. 1R 9, 2; 16, 3) plantea hoy un interrogante crucial: ¿qué significa para la familia franciscana que las mujeres, no por una libre opción, sino por estructuras de represión, tienen que desempeñar en la Iglesia y en la sociedad el papel de “Minores”? Como hermanos y hermanas tenemos la posibilidad de darles ánimo e indicar válidas alternativas mediante la ética de la justicia y de la compasión.
e) El Cántico de las Criaturas
Si hoy hablamos de fraternidad, debemos hablar también de la creación maltratada, de nuestros hermanos y hermanas de la Creación a quienes Francisco cantó con tanto amor en su Cántico de las Criaturas. Este himno a la belleza y a la fuerza libertadora de una creación querida por Dios es la confesión de un ‘hombre paradisíaco”; libera al hombre de si mismo, le enseña a reconocer y amar como criaturas la naturaleza y el medioambiente, es decir a las personas, los animales, las estrellas y… la Tierra toda. Sólo si tenemos esta actitud seremos capaces de cambiar nuestro estilo de vida para no explotar de forma indiscriminada la creación de Dios, por el contrario, tutelarla con amor.
Hoy el mundo necesita de esta espiritualidad de la creación, si quiere evitar las catástrofes climáticas que se ciernen sobre él. Todos los expertos sostienen que podemos evitar todavía lo peor, pero sólo si reflexionamos realmente y si volvemos a un estilo de vida que responda más a las reglas de la naturaleza. Pero para esto no bastan nuevas tecnologías. Necesitamos una actitud nueva. Francisco nos dio el ejemplo y nosotros, sus hermanos y hermanas de la familia franciscana, tenemos el deber de mostrarlo y transmitirlo al mundo.
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P. Andreas Müller OFM, es miembro de la Provincia de Turingia, Alemania, y es fundador de Missionszentrale der Fanziskaner (MZF) en Bonn, de la que fue director de 1969 a 2002. Desde 1982 se ocupa de la coordinación y de la promoción internacional del CCFMC (Curso de Carisma misionero franciscano). Tras haber dirigido la MFZ, y desde 2002 se ocupa del Centro del CCFMC en Würzburg. Desde hace 40 años se dedica a estudiar y profundizar en temas relativos a Teología contextual, misión, espiritualidad franciscana y problemáticas Norte-Sur.

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